¿Qué tanto habla de Colombia su arte rupestre?

¿Qué tanto habla de Colombia su arte rupestre?

14 de marzo del 2014

La primera noticia que se conoce de arte rupestre en Colombia fue concretamente en territorio de lo que hoy es el departamento de Cundinamarca, data de la época de la conquista en las Noticias historiales de conquistas de tierra firme en las indias occidentales de Fray Pedro Simón, en esta y otras menciones de algunos cronistas de indias aparecen algunas descripciones sobre pinturas y grabados indígenas realizados sobre rocas. La siguiente referencia figura en las acuarelas del Álbum pintoresco de la Nueva Granada, publicado a partir del trabajo realizado a mediados del siglo XIX por la Comisión Corográfica que dedicó sus esfuerzos a documentar e inventariar el territorio nacional -en aquél entonces de la Nueva Granada-, desconocido prácticamente por aquella época.

A finales del mismo siglo estudiosos como Liborio Zerda (1883) y Vicente Restrepo (1895) registraron en sus estudios algunas pinturas y grabados reportando su localización. En adelante se emprendieron relativamente pocas investigaciones.

A pesar de la existencia de un régimen especial de salvaguardia, protección, sostenibilidad, divulgación y estímulo para los bienes del patrimonio cultural de la Nación, y de los esfuerzos de distintas instituciones a nivel nacional, departamental y distrital en llevar a cabo esta tarea, y de fomentar el conocimiento de estos lugares mediante la promoción del turismo responsable, actualmente en Colombia existe una baja apropiación social de estos bienes, lugares y saberes. Esta situación tiene varias implicaciones de distinta índole.

Pasado borroso

La primera y la más preocupante, tiene que ver con el hecho de que a la fecha desconocemos a ciencia cierta la historia del poblamiento del territorio que hoy ocupamos. El estudio y las reflexiones sobre nuestro pasado no pueden seguir siendo recreadas desde la época de la conquista española en 1492, como tradicionalmente se ha venido haciendo. Existen estudios arqueológicos para Colombia que permiten evidenciar una ocupación hacia los años 12.500 a.p.

En riesgo de pérdida

Una segunda implicación de la falta de apropiación social por desconocimiento generalizado del valor que encierran estos yacimientos, es la amenaza en que se encuentran, en algunos casos por la falta de reportes y registros rigurosos, lo que deja el camino abierto al avance de la urbanización sobre estos lugares, y otras formas de destrucción de dichos contextos arqueológicos.

Para el caso de Cundinamarca, los antecedentes que existen sobre la investigación del arte rupestre abarcan un área que rebasa los límites administrativos actuales, por eso se habla de un área que se enmarca parcialmente en el territorio de la altiplanicie Cundiboyacense. En la actualidad existen registros de este tipo de yacimientos en los municipios de Facatativá, Zipaquirá, Suesca,  Bojacá, Madrid, Mosquera, San Antonio del Tequendama, Soacha, Sibaté, Subachoque, Sutatenza, Tenjo, La Calera, Chía, Une, La Mesa, Pandi, Tibacuy, Cucunubá, Sasaima, Sesquilé, Vianí, Mesitas del Colegio, Tocancipá, Nemocón, Zipacón, Cota, Chipaque, Manta, Tiribita, Tausa, Sutatausa, Guachetá, San Francisco, La Vega, Albán, Guasca, Guatavita, Nilo, Tocaima, Guayabal de Síquima, Anolaima, Tena, Anapoima, Apulo y Viotá, y se encuentran en curso iniciativas para inventariar, registrar y proteger algunos más dentro de la misma zona.

El  gran conjunto de piedras grabadas y pintadas de que se tiene registro, junto con las que no han sido registradas y probablemente halladas, dan cuenta de la magnitud del trabajo que se necesita para llevar a cabo la tarea de proteger, recuperar y avanzar en la investigación de nuestro pasado. Aun así, vale resaltar el esfuerzo que se ha hecho desde el gobierno departamental por recopilar la mayor cantidad de sitios con arte rupestre en Cundinamarca, y en trabajo conjunto con el ICANH, editaron y publicaron en 2000 Arte rupestre en Cundinamarca: Patrimonio cultural de la nación, una obra que compendia por provincias y municipios, los grabados y pictogramas que se encuentran en gran número en nuestro departamento.

Arte rupestre, Kienyke

¿Qué dicen estos sitios sobre nuestra identidad?

Respecto del significado de dichos dibujos, en muchas oportunidades se ha tratado de llegar a alguna generalidad categorizándolos de dibujos esquemáticos, simbólicos, lingüísticos y hasta figurativos. Se ha hablado de la posibilidad de que estos constituyeran representaciones artísticas, o santuarios, o que marcaran lugares de desagüe de lagos andinos, linderos, sitios de intercambio, que fueran signos de una proto-escritura, o una forma de “registro” de ceremonias de sacrificio “escritas con sangre” entre las piedras, entre otras. Pero –la verdad sea dicha- no se tiene certeza de absolutamente ninguna de las interpretaciones que se han propuesto y por ende, a este punto, aún se encuentran en el campo de la especulación.

Las investigaciones han avanzado sobre los tipos de pigmentos utilizados en el caso de los pictogramas, de las herramientas utilizadas en el caso de los grabados y un poco menos sobre el análisis estilístico de los diseños plasmados. En ocasiones se ha llegado a pensar que un pictograma es más reciente que otro al dar cuenta de la brillantez de sus colores, pero de un análisis más exhaustivo resulta que es anterior a otros pictogramas que lucen más “desteñidos” y la explicación del fenómeno se halla al descubrir que existió un tipo de tecnología en la fabricación de los pigmentos, hechos a base de metales y cuya oxidación hace que se tornen más rojizos con el paso del tiempo, por ejemplo. Otra incógnita al respecto tiene que ver con el análisis de las figuras.

En un principio, analizándolas desde un enfoque evolucionista, se llegó a establecer que las figuras más elaboradas, como las que mostraban figuras realistas de animales, evidenciaban una etapa tardía y que se relacionaban con un desarrollo en las capacidades de representar lo observado. Mientras que las figuras geométricas o abstractas suponían una etapa anterior, en que los seres humanos aún no desarrollaban la habilidad de representar el mundo que observaban. Pero esta perspectiva se derrumba cuando estudiosos descubren que el arte rupestre más antiguo de Europa se sitúa en la cueva cántabra El Castillo, con más de 40.000 años de antigüedad y corresponde a pictografías con figuras de bisontes perfectamente representados. Esto desdibuja la interpretación evolucionista y obliga a pensar estas expresiones de otra forma: si las expresiones geométricas y abstractas fueron hechas cuando los seres humanos tenían la plena capacidad y habilidad de representar la realidad que observaban, entonces las figuras abstractas tal vez no buscaran representar lo observado sino lo pensado, y esto nos remite a otro tipo de indagaciones, más en relación a la estética pero en el sentido de la percepción, o tal vez nos remita a otro tipo de lenguaje.

Para el caso de Cundinamarca, resultados de las indagaciones que se han hecho, también dejan más preguntas: se ha podido establecer que en hallazgos de un mismo tipo ubicados en un área cercana, se encuentran yacimientos que corresponden a épocas bien diferenciadas. Es decir que se abre aún más la visión en el campo de lo temporal y por lo tanto la certidumbre acerca de una única autoría de estos pictogramas.

Arte rupestre, Kienyke

Lo que esto dice de nuestro pasado, es que cada vez tenemos más indicios para defender la idea de que nuestro territorio es poseedor de una historia muy amplia, que habla de una diversidad en términos de grupos étnicos, y con ello de formas de pensamiento y de conocimiento de la realidad, así como de distintas etapas de poblamiento que marcaron épocas en que se fueron gestando distintos sistemas socio-culturales.

Esto lo que significa para nosotros, es que lo que nos falta por conocer, rebasa por completo lo que por tanto tiempo se ha querido enseñar en las escuelas, donde se ha pretendido evocar la identidad nacional a partir de la influencia de la época colonial y como gran final: una guerra por la emancipación del yugo español, cuyo lugar más sagrado ocupan los héroes de la independencia, que pretendieron adaptar sistemas de pensamiento europeos que justificaran el predominio de su clase –criollos- como el ethos nacional.

En este punto vale aclarar que la diatriba no es en contra de los consabidos héroes de la patria, que tuvieron su lugar y valor histórico. La mira en realidad debe estar puesta sobre las perspectivas miopes, que pretenden enseñarnos una identidad nacional que silencia de manera violenta y arbitraria una continuidad histórica como son los sistemas de pensamiento ancestrales. Éstos, después de muchos atropellos aún prevalecen y hacen parte de lo que nos construye como nación. Saberes relacionados con el respeto y el uso sostenible del territorio y de los recursos, de sistemas médicos complejos que encierran procesos efectivos de salud y enfermedad, de lenguas y con ellas formas de nombrar y explicar la realidad, de expresiones artísticas –muchas veces reducidas a la mercancía artesanal, o al etnoturismo- que han producido otros lenguajes para explicar la vida.

El reconocimiento del valor que encierran estos lugares nos está dando la pauta para ser coherentes con la construcción de una verdadera democracia. De eso se trata el reconocimiento de Colombia como un país diverso, pluriétnico y multicultural. De construir un mundo donde sean posibles muchos mundos, allí está gran parte de nuestra riqueza.

Referencias

ARDILA, Gerardo Ignacio. “Nuevos datos para un viejo problema. Investigación y discusiones entorno del poblamiento de América del Sur”. En Boletín del Museo del Oro. No. 23. Enero – Abril 1989.

CORREAL, Gonzalo, y VAN DER HAMMEN, Thomas. Investigaciones arqueológicas en los abrigos rocosos del Tequendama. 12.000 años de historia del hombre y su medio ambiente en la altiplanicie de Bogotá. Bogotá, Banco Popular, 1977, p. 16).

HERRERA, Marta. “Transición entre el ordenamiento territorial prehispánico y el colonial en la Nueva Granada” En Revista Historia Crítica. Universidad de los Andes. Diciembre de 2006. Pág. 118-153.

MELO, Jorge Orlando. Historiografía colombiana: realidades y perspectivas. Medellín, Colección de Autores Antioqueños, 1990.

TOVAR, Bernardo (ed.), La historia al final del milenio. Ensayos de historiografía colombiana y latinoamericana, 2 Vols., Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1994.