Un pueblo intacto desde la Segunda Guerra Mundial

Un pueblo intacto desde la Segunda Guerra Mundial

8 de enero del 2011

Fotos: Daniel Salazar

El  día en que vinieron a matarlos había hecho un calor insoportable. Entraron armados y eran más de 150. No les importaron las labores cotidianas del pueblo, ni que los niños salieran  en ese momento de la escuela: sacaron una a una a las familias de sus casas y sin hacer más preguntas empezaron la matanza.

No. No es una escena de cualquiera de los tantos pueblos víctimas de la guerra en Colombia. Fue lo vivido en Oradour-sur-Glane, un pueblo perdido del centro de Francia que en la Segunda Guerra Mundial, pasó a la historia por uno de los peores crímenes cometidos por los Nazis. Ahí, poco o nada deben saber de nuestra guerra de trópico y cocaína. Pero su pasado trágico encuentra similitudes con una tragedia nuestra cuya reparación aún aparece como asignatura pendiente: la de El Salado.

¿En qué podrían parecerse El Salado y Oradour-sur-Glane?  En que los dos tenían alcalde, un loco, una escuela, un panadero, un parque y sobre todo, una plaza. En que desaparecieron bajo el odio inminente de una guerra que no esperaban que los tocara directamente. Y en que hoy, a pesar del paso del tiempo, los dos luchan contra la peor de las masacres: el olvido y su impunidad.

67 años han pasado desde que Oradour fue víctima de aquella matanza. 640 personas torturadas y asesinadas en menos de doce horas. Aún permanece el recuerdo de los soldados entrando por cada una de sus calles, rompiendo puertas, sacando familias, ráfagas, llantos, gritos, fuego y después, la zozobra. El silencio.

“Mi abuela me contaba que al salir de su refugio, sintió el olor a quemado y un hedor que flotó en el aire durante días”, dice con un acento típico de la región Julie Gourinat, de 24 años, la tercera generación de los sobrevivientes. Durante su infancia escuchaba, entre incrédula y horrorizada, los relatos de sus abuelos.

Como ella, muchos han tenido que visitar las ruinas de ese pueblo que hoy se mantiene intacto, tal como lo dejó el Ejército de la S.S. en 1944.  Tras varios debates y juicios, el gobierno francés decidió dejarlo como símbolo y recordatorio de lo sucedido; una huella física para dejar un mensaje contundente: “Nunca más”.

Al visitarlo, sin importar la época del año, el aire siempre es más pesado en Oradour. Sólo un epígrafe da la bienvenida: “Souviens-toi” (Recuerda). No hay nada más que decir. Se pueden ver los esqueletos de las ollas, las chimeneas, las máquinas de coser, los coches de bebé, los automóviles. En ciertas partes un letrero dice cuáles fueron los muros donde los hombres recibieron los tiros de gracia y en la iglesia se ven las marcas de las balas. Silencio absoluto. Se observan las líneas del tranvía que esa noche de verano trajo a los primeros testigos de la masacre, cuando ya sólo quedaba el resplandor del fuego a lo lejos.

Y entonces mientras se devela la historia. Se ven también las coincidencias con un pueblo que también sufrió lo inimaginable. Porque esta es una historia de casualidades, o quizá de las similitudes absurdas de la guerra.

Así como en El Salado, la plaza principal de Oradour fue utilizada para engañar y llevar lentamente a cada una de las familias para asesinarlas después. La excusa fue una revisión de tarjetas de identidad y distribución de tabaco. En El Salado una lotería que utilizaron para escoger a sus víctimas.

Pero las coincidencias pueden ser aún más escalofriantes. Tanto en Oradour como en El Salado la población fue dividida. Las mujeres llevadas a la iglesia, los hombres al otro extremo. Algunos esposos pudieron despedirse de sus familias antes de morir, y ciertas mujeres vieron el asesinato de sus hijos. En ambas masacres hubo torturas, robo de animales, saqueo y quema de casas.

Después de las horas terribles los sobrevivientes se dispersaron durante un tiempo. Desplazados, fueron buscando futuro en otras ciudades. Pero para algunos el arraigo era más fuerte. El retorno se llevó a cabo a los pocos meses. En Oradour fueron bastantes, en El Salado sólo seis familias llegaron primero a reconocer, entre la maleza, los rastros de su pueblo.

El apoyo económico y social para la reconstrucción después de la Segunda Guerra le permitió a Oradour recuperarse. Hoy todavía es un pueblo pequeño, estable y tranquilo, que ha logrado limpiar las heridas gracias a un trabajo muy fuerte de memoria y reconciliación. El Centro de la Memoria muestra en cientos de muros todas y cada una de las familias que desaparecieron.

“Aunque he venido muchas veces todavía me estremezco cuando veo esto”, dice Julie mientras camina por las ruinas en pleno invierno. Oradour necesitó muchos de esos setenta años para recuperarse, para guardar el recuerdo y seguir avanzando.

Dicen que las masacres son la mejor manera de acabar con los lazos sociales, los proyectos de vida y la cultura de un pueblo. Puede ser cierto. No obstante, siempre hay palabras que muestran la excepción: “somos capaces de volver a seguir el camino que nos truncaron, los sueños que se perdieron”, decía uno de los sobrevivientes de El Salado. Esa es la mayor de las coincidencias frente a las masacres de la guerra.

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