Un triciclo escuela: el profesor Lalito pedalea por la educación en Guatemala

Publicado por: michell.figueroa el Sáb, 10/10/2020 - 09:36
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Sputnik
El profesor Lalito recorre a diario los caminos de Santa Cruz del Quiché, Guatamela, para dar clase a sus alumnos.
Profesor Lalito
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Captura de video Telemundo

El profesor Lalito recorre a diario los caminos de Santa Cruz del Quiché para dar clase a sus alumnos. Ninguno tiene ordenador e Internet, por lo que no pueden seguir las lecciones virtualmente, obligatorias desde el inicio de la pandemia. Su maestro se las lleva a la puerta de casa, a lomos de una bicicleta.

El sol comienza a despuntar entre las cumbres de la Sierra de Cuchumatanes. Son casi las 6:00 de la mañana y la luz inunda Santa Cruz del Quiché, situada al norte de la ciudad de Guatemala. Siempre que una nube no decida cubrir el día. Septiembre y octubre son meses lluviosos y puede ser que el despertar venga acompañado por el agua matutina. Moja los árboles, abundantes en el departamento. No es de extrañar que Quiché signifique en lengua maya "muchos árboles". La lluvia también empapa las carreteras. Algunas, sin asfaltar, se convierten en auténticos barrizales.

Independientemente de lo que dicten los cielos, a las 6:00 de la mañana también se incorpora de la cama Lalito Gerardo Amílcar Ixcoy. Se arregla, desayuna y se va. Se monta en su triciclo y pone rumbo a la calle. Lentamente avanza por los caminos que separan las aldeas de Santa Cruz del Quiché. Cuando se aproxima a su primer destino, toca una campana. Al rato, se detiene. Lo hace frente a una niña recién salida a la acerca. Le espera sentada en un pupitre, plantado delante de su casa. Su profesor ha llegado.

Lo primero, se recoloca su mascarilla, se lava las manos con gel hidroalcohólico y saluda a la menor. Utiliza una vara que mide un metro y medio y que sirve para marcar la distancia mínima de seguridad. La herramienta está coronada por el dibujo de una mano en el que se indican distintos saludos que no exigen el uso de las manos. Entre las opciones, el japonés, el militar o uno típico guatemalteco, en el que se inclina la cabeza. Superado este ritual, comienza la clase.

Así trabaja este maestro de educación primaria de 27 años. Método que implementó desde que el 16 de marzo, tres días después de detectarse el primer caso de coronavirus en Guatemala, las autoridades suspendieran las clases presenciales en todos los niveles educativos. La enseñanza virtual fue la opción seleccionada por el Gobierno. Decisión tomada en un país donde solo el 17,3% de la población tiene acceso a Internet según los datos del censo de población y vivienda del país centroamericano. La cifra todavía es menor en áreas rurales como el departamento de Quiché.

Conocedor de la situación, Lalito se preocupó al ser informado de la medida gubernamental. "Tras anunciarse que las clases iban a ser virtuales, comencé a mandar tarea a los niños. Pero, al ver que no me respondían por medios tecnológicos, decidí hablar con sus padres. Vi que la mayoría no contaba con un ordenador, una impresora o un teléfono celular. Menos aún con Internet".

"Es más, de mis diez alumnos, solo tres tenían un celular. Pero, no tenían Internet y se les hacía muy difícil recargar su teléfono. Lo importante era la comida, no recargar los datos de su teléfono", confiesa el profesor a Sputnik Mundo.

Las carencias tecnológicas de sus pupilos hicieron que Lalito, maestro en una escuela privada de Santa Cruz del Quiché, tomará una decisión: si la clase no se podía dar en el aula, la lección iría a cada uno de los domicilios de sus estudiantes.

Un aula a pedales

El primer paso fue comprar una bicicleta de segunda mano. Las llantas no tenían aire y la pintura estaba deteriorada. Lalito invirtió unos ahorros familiares para convertirla en un aula rodante. "Se alicató y se le agregaron vidrios para los lados un techo hecho con una manta vinílica y una base de metal. Además, se le añadió un pizarrón y una vara, hecha con un trapeador, para mantener la distancia de seguridad. Lo último que le pusimos fue un panel solar. Este sirve para activar una bocina con la que intentó hacer que los niños hagan ejercicio físico. Así, se desestresan y se mueven tras pasar tanto tiempo en casa por el confinamiento", señala el maestro.

Un triciclo con el que Lalito recorre a diario aproximadamente cinco kilómetros. Cada jornada intenta atender a tres o cuatro de sus 10 alumnos. Los jóvenes, de 11 a 13 años, reciben entre una hora y media y dos de clase. El profesor imparte Matemáticas, Comunicación y Lenguaje y Educación Física. Sin embargo, intenta tocar todo tipo de disciplinas. "Mi objetivo es integrar varias áreas para poder aprender de distintas materias. Por ejemplo, las unidades de Matemáticas intento unirlas con Música. Quiero hacer de todo, para que puedan tener varios conocimientos que puedan aplicar en su vida", comenta Lalito.

Una iniciativa que cuando empezó a rodar provocó miedo en el guatemalteco. No por la distancia. Tampoco por el tiempo. Temía que fuese rechazado el proyecto al estar prohibidas las clases presenciales. Sin embargo, sucedió todo lo contrario. El director del colegio en el que trabaja lo aceptó y le aplaudió por la creatividad de la idea. Por su parte, las autoridades educativas no le han dado ningún problema hasta la fecha.

Nerviosismo que no tenía por la reacción de sus alumnos. "Es increíble ver cómo me reciben los niños. Recuerdo el primer día con la primera niña. Iba muy motivado y ella se alegró mucho de verme. Tenía los ojos vidriosos y me dijo que mi clase estaba muy bonita. Me comentó que era muy gustoso dar las clases conmigo, porque ella no tenía la oportunidad de recibir las clases virtualmente. Sin duda, esa es una de las mayores satisfacciones que he tenido como profesor", explica entusiasmado Lalito.

Problema de abandono escolar

Alegría que comparten con sus padres. Y es que la clase móvil del profesor Lalito permite que sus hijos sigan estudiando. "Los padres también estaban muy felices, porque ya estaban pensando en tomar decisiones para que sus hijos abandonaran los estudios. Eso no conviene, hay que apostar por la educación", admite el maestro.

El abandono escolar es uno de los males que afecta a los niños y niñas de Guatemala. El Ministerio de Educación advertía que la tasa de deserción se situaba en torno a un 7% en 2019 y no descarta que esta pueda aumentar a causa de los efectos de la pandemia, especialmente en áreas rurales.

La maltrecha economía de los hogares guatemaltecos podría acabar con la salida de centenares de alumnos del sistema educativo. Según las previsiones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, el PIB caerá un 4,1%. Un descenso que golpeará a un país donde la pobreza alcanza aproximadamente a un 60% de la población y la extrema pobreza a un 24%. Combinación de factores que puede abocar en la entrada de menores en el mundo laboral.

En Guatemala, el trabajo infantil está prohibido, pero no erradicado. Una realidad que se hace más patente lejos de las grandes ciudades. En lugares como el departamento de Quiché. Razón por la que Lalito no quiere dejar de dar clase a sus alumnos. "Lamentablemente en Guatemala, sobre todo en las áreas rurales, hay muchos niños que no van a la escuela. Sus padres no apuestan por ella. Los niños se acaban dedicando a la agricultura o a empleos informales, como lustrando zapatos, albañilería o vendiendo periódicos. Sin una base de conocimientos básicos, en un futuro no se van a poder defender", lamenta el profesor.

"Apostar por la educación" es una de las frases favoritas de Lalito. Según él, el futuro de Guatemala depende de las aulas.

"Yo tengo a 10 niños. Algunas personas dicen que son pocos, pero una única persona es importante. Puede marcar la diferencia y cambiar el rumbo de nuestro país que tanto lo necesita", sentencia el maestro.

Días atrás, la ministra de Educación, Claudia Ruiz, anunció en una entrevista que para el siguiente curso las clases se iban a impartir de forma híbrida. Mitad presencial, mitad virtual. Todo pasaba por el desarrollo de la pandemia. Si lo permite, los estudiantes volverán a las escuelas. Si no, Lalito seguirá pedaleando. Su triciclo no se detendrá, brille el sol en el cielo o llueva sobre los tejados de Santa Cruz del Quiché.