Rafaela Cortés: la mujer que convirtió el dolor en propósito
Por Adriana Bernal – Kién es Kién
Hay personas que llegan a la política porque siempre soñaron con ocupar un cargo público. Otras llegan porque entienden que desde allí pueden transformar una región. Escuchando a Rafaela Cortés durante esta conversación, queda la sensación de que su historia pertenece a una categoría distinta. La política apareció muy temprano en su vida, es verdad, pero siempre estuvo acompañada por otras cosas que para ella parecen mucho más importantes: la familia, los amigos, la lealtad, el trabajo y esa costumbre de estar cerca de la gente.
Nació en Campoalegre, Huila, aunque prácticamente toda su historia está ligada al Meta. Allí creció viendo a su padre trabajar en el campo, sembrando arroz y recorriendo una región que le enseñó desde muy pequeña el valor de la palabra empeñada. Mientras habla de esos años vuelve constantemente a una idea: siempre le gustó liderar. No importa si se trataba de un equipo de voleibol, una actividad cultural, una obra de teatro o cualquier proyecto del colegio. Había algo en ella que la llevaba naturalmente a ponerse al frente.
Lo cuenta entre risas, como quien mira hacia atrás y descubre que las señales siempre estuvieron ahí.
Esa niña inquieta terminó estudiando Derecho en Bogotá cuando apenas tenía 17 años. Llegó desde Villavicencio con los nervios y las ilusiones de cualquier joven de provincia que aterriza en una ciudad inmensa. Aprendió a moverse sola, a construir su camino y a descubrir una independencia que más adelante le sería útil para enfrentar momentos mucho más difíciles. También recuerda esos años con alegría. Habla de las amistades, de las fiestas y de una etapa en la que la vida parecía avanzar sin demasiadas preocupaciones.
Por esa misma época comenzó a consolidarse su vocación por el servicio público. Su paso por diferentes cargos le permitió entender algo que sigue repitiendo hoy: detrás de cualquier decisión siempre hay personas. Familias enteras. Historias concretas. Problemas reales. Quizás por eso la política nunca fue para ella un ejercicio de escritorio.
Y fue justamente en esos años cuando apareció Felipe Carreño.
La manera en que habla de él permite entender que buena parte de esta historia no puede contarse sin mencionarlo. Se conocieron trabajando, compartiendo escenarios públicos y responsabilidades similares. Ella reconoce que al principio no le llamó particularmente la atención. Con el tiempo descubrió que detrás de ese hombre tranquilo y prudente había alguien con quien podía construir una vida.
La relación fue creciendo al mismo tiempo que crecían los proyectos. Llegaron los hijos, llegaron las campañas, llegaron las responsabilidades y también una forma muy particular de entender la política. Escuchándola hablar, uno entiende que Felipe y Rafaela funcionaban como un equipo. No aparece la imagen de una mujer acompañando a un político ni la de un político acompañado por su esposa. Lo que aparece es una pareja construyendo juntos un mismo camino.
Por eso, cuando recuerda aquellos años, habla de las campañas como si fueran una empresa familiar donde todos tenían una tarea. Mientras Felipe aparecía como candidato, ella organizaba equipos, recorría barrios, tocaba puertas, coordinaba estrategias y ayudaba a construir las bases de un proyecto político que fue creciendo con el tiempo. Durante más de dos décadas caminaron juntos convencidos de que todavía faltaban muchas cosas por hacer.
En 2019 ese proyecto parecía acercarse a uno de sus momentos más importantes. Felipe había decidido aspirar a la Gobernación del Meta y el ambiente era de optimismo. Habían recorrido municipios, recogido firmas y construido una candidatura que despertaba entusiasmo. La campaña avanzaba y, como siempre, Rafaela estaba detrás de cada detalle. Así había sido durante años.
Lo que ocurrió después cambió el rumbo de su vida.
La mañana del accidente de la avioneta en la que viajaba Felipe sigue estando presente en su memoria. No recuerda grandes discursos ni escenas heroicas. Recuerda llamadas telefónicas, preguntas que iban y venían y una necesidad urgente de encontrar a sus hijos. Había que decirles algo para lo que ninguna madre está preparada.
Mientras muchas personas intentaban entender lo que había ocurrido, ella buscaba a Laura, a Ivana y a Jesús. Todavía habla de ese momento con la serenidad de quien ha aprendido a convivir con el dolor, aunque reconoce que hay heridas que nunca terminan de cerrar. Lo primero era ellos. Lo primero era la familia.
Durante la conversación vuelve varias veces sobre esos días. No desde el drama, sino desde la memoria. Recuerda que había pasado más de veinte años construyendo una vida junto a Felipe. Una vida hecha de campañas, reuniones, hijos, sueños, desacuerdos, aprendizajes y proyectos compartidos. Por eso la pregunta que apareció después no era solamente qué iba a pasar con ella. También era qué iba a pasar con todo aquello que habían construido juntos.
Los días siguientes estuvieron llenos de personas que se acercaban a darle un abrazo, acompañarla o simplemente escucharla. También comenzaron las conversaciones sobre el futuro. Muchos le pedían que continuara. Que no dejara morir un proyecto político que llevaba más de dos décadas construyéndose. Ella no estaba pensando en eso. Estaba pensando en sus hijos, en su familia y en cómo levantarse cada mañana después de una pérdida que todavía parecía imposible de entender.
Sin embargo, la idea empezó a rondar. No porque estuviera buscando un cargo. Escuchándola, uno entiende que esa nunca fue la motivación. Lo que aparece es una mujer preguntándose qué hacer con una historia que llevaba veintitrés años construyéndose y que de repente parecía haberse quedado sin protagonista.
Fue entonces cuando decidió dar un paso al frente.
No para convertirse en Felipe ni para reemplazarlo. Eso nunca estuvo sobre la mesa. Lo hizo porque conocía cada rincón de ese proyecto, porque había estado allí desde el principio y porque entendió que también era suyo.
Hoy, cuando habla de la Gobernación del Meta, lo hace con la misma naturalidad con la que habla de su infancia, de sus hijos o de los años de universidad. No parece haber una frontera entre la mujer y la gobernadora. Tal vez porque para ella las dos son la misma persona. La niña que quería participar en todo, la joven que llegó a Bogotá a estudiar Derecho, la mamá que tuvo que sacar adelante a tres hijos en medio del dolor y la mujer que terminó liderando uno de los departamentos más importantes del país.
Escuchándola durante esta conversación queda la sensación de que, más allá de los cargos, hay algo que nunca cambió. Sigue siendo una mujer profundamente conectada con la gente, con la familia y con ese sentido de servicio que aprendió desde muy pequeña viendo a su padre recorrer el campo y trabajar la tierra.
Cuando habla de Felipe todavía lo hace con la tranquilidad de quien sabe que hay personas que nunca terminan de irse. Permanecen en los hijos, en los recuerdos, en las conversaciones cotidianas y en las decisiones importantes. Quizás por eso resulta imposible entender a la gobernadora sin conocer primero a la mujer que construyó una vida junto a él.
Quizás la mayor prueba no fue asumir una candidatura ni gobernar un departamento. Fue entender que los sueños que durante años construyó junto a Felipe ahora le correspondía honrarlos sola.
Tal vez no sea casualidad que se llame Rafaela. Su nombre significa “Dios ha sanado”. Y aunque la vida le puso una prueba que todavía la emociona cuando la recuerda, ha pasado los últimos años haciendo precisamente eso: sanar, reconstruir y seguir adelante.
Porque hay historias que se escriben desde los cargos. Y hay otras que se escriben desde la vida.
La de Rafaela Cortés pertenece a las segundas.
