Crónicas de violaciones:la escalera de la infamia

11 de agosto del 2011

Jamás se negó a subir. O eso es lo que está en sus recuerdos.  A veces-me dice-, cuando sube escaleras la memoria le juega esas malas pasadas y se ve así mismo: un niño de 7, 8 o 9 años esperando en el descanso de las mismas, a que el adolescente que sus papás cuidaban […]

Jamás se negó a subir. O eso es lo que está en sus recuerdos.  A veces-me dice-, cuando sube escaleras la memoria le juega esas malas pasadas y se ve así mismo: un niño de 7, 8 o 9 años esperando en el descanso de las mismas, a que el adolescente que sus papás cuidaban y también protegían, lo obligara a practicarle sexo oral y otras cosas más mientras la noche cubría los cielos de su ciudad natal.

Julián Mantilla* no es una estadística más. Se presume que en Colombia cada 14 minutos se presenta un caso de abuso sexual contra un menor; en números claros y concisos en el 2010, 12.246 niñas y 2593 niños fueron abusados sexualmente, según los datos registrados por medicina legal. Eso sin saberse aquellos que nunca son denunciados y registrados. Julián está entre estos últimos. Durante varias noches; no se sabe cuántas, esparcidas en tres años se arrodilló en frente de un miembro sexual masculino para darle placer a su joven dueño y recibir su semen y orina.

EL CALVARIO

“Nunca me obligó o amenazó con un cuchillo –dice Julián sin ninguna emoción-, tampoco le escuche decir que si no aceptaba subir las escaleras con él, algo les haría a mis papas. Era muy simple -y ahora se ríe-, el me esperaba en el descanso de las escaleras, me llamaba y yo iba. El terminaba feliz y yo me devolvía a mi habitación a llorar toda la noche, rogándole a Dios que a la mañana siguiente no me despertara”.

Según estudios realizados por medicina legal, en el 85% de los casos de abuso sexual contra menores, estos son cometidos por  un conocido de las víctimas. En el 90% de lasveces el agresor es un familiar. Un ser que se ha ganado la confianza de la familia y del menor. Un ser muy normal.

Para García Márquez “la historia no es cómo una la vivió si no cómo una la recuerda”. Julián solo ha logrado retener trozos de esa época. Evoca a su violador como el menor de más o menos 14 años al que sus padres criaban por ser hijo de unos amigos; un chico trabajador que colaboraba en la empresa familiar. Un chico que ni le hablaba cuando el llegaba del colegio o se sentaba a hacer sus tareas. Un adolescente que luego de violarlo lo castigaba con la indiferencia. Y así como jamás se negó a subir con él, nunca le contó a alguien en esos años por todo el infierno que estaba pasando. Y nadie, tampoco,se dio cuenta. “Así es como lo recuerdo-me dice-, volviendo a reír. Tal vez este melodramatizando las situaciones. No lo sé. Pero mi vergüenza y culpabilidad después de tantos años a veces aún la siento”.

Un niño violado sexualmente se siente menos que los demás y estigmatiza en forma
física y emocional su abuso. Es retraído o violento. Juicioso o bajo en su rendimiento escolar. No le gustan las visitas familiares y tiende a sobreponerse ropa; además tiene problemas a la hora de dormir, de controlar sus esfínteres y de lograr relaciones sociales. Y en casos extremos es portador de enfermedades venéreas. Un niño abusado lleva una pesada carga. Soporta  a su abusador, las burlas de sus compañeros de colegio por esos raros comportamientos y a su familia que lo contempla como un niño extraño al que es necesario obligar a que tenga una conducta normal

LA  REDENCIÓN

Julián no recibió terapia psicológica por el hecho de haber sido abusado. Hasta los años fue introvertido, huidizo y hasta un poco montaraz. Su fuerte afición a
los libros le permitió sobrellevar su situación, fueron su fuente de defensa
contra el mundo real. Las oraciones, la religión o los intentos de suicidio no
lograron calmar su dolor. Las letras y sus personajes le forjaron su propio paraíso
de los sueños; en ellos y con ellos se reinventó y un buen día salió a la vida.

“los libros me salvaron y la risa me redimió, dice otra vez  con una sonora carcajada.. Los dedos de su mano derecha acarician su mentón como gesto típico al empezar a hablar con entonación poética: Los libros me dieron la oportunidad de conocer el darme cuenta que sabía más que el común de la gente. De formarme una opinión
diferente a la tradicional. Y en un momento dado quise confrontarme con la vida
verdadera. Fue duro y complicado. Muchos traumas soporto aún con tantos años ya
a cuestas. Siempre busco ser complaciente con los demás a costa de mis propias
satisfacciones. Me es complicado decir no y eso me ha acarreado un sinfín de
problemas. En mis relaciones afectivas he sido un desastre. Soy un depresivo
compulsivo y tiendo a culparme de todo lo que pasa a mí alrededor. A los 30
años entendí que debía sonreír frente a todo aquello por lo que había pasado.
Ahora me burlo de mi mismo. Aunque un día en que sentado en un transporte
urbano oí la voz de aquel que me había violado no fui capaz de reírme. Me baje sintiéndome de nuevo asqueado conmigo mismo. Ese día no me burle”.

EL AGRAVANTE DE LA CULTURA MACHISTA

Por eso para intentar erradicar estos fenómenos no sólo basta con aumentar las
penas para los violadores o poner sus caras en vallas publicitarias. Se hacen
necesarias cátedras para padres e hijos donde logremos cambiar los patrones
culturales en donde la víctima no sea un ser débil carente de credibilidad o un
actor en un drama donde él sea el único inculpado. Cambiar el imaginario
popular sobre las consecuencias de una violación en las que premisas como:” un
niño violado es un homosexual en potencia” ó “todo  violador fue víctima de abuso sexual en su niñez” sean los puntos de referencia para seguir con terapias y tratamientos.
Existe tanto vacio en esta materia que la educación  machista generalizada
de nuestro país lleva a concluir por parte de jueces y sociedad que las victimas sedujeron a sus victimarios en muchos de los casos. “No es la primera vez que escucho tal bestialidad -afirma Julián; cuando cuento mi historia no falta quien me indique que tal vez yo busque al chico aquel para que se orinara dentro de mi o dejara resbalar su esperma en mi cara. Que yo no me haya rebelado es una cuestión de mi educación católica que me obligaba a resignarme o a pedir perdón por lo que me estaba sucediendo y no porque en mis genes estuviera escrito que deseara eso”

*Nombre cambiado por petición expresa del entrevistado

Alberto Salazar castellanos

Salazarycastellanostecomunica@hotmail.com

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