Un gran momento en el periodismo colombiano se vive en los ojos del lector. Un gran momento no está constituido por los ratings, ni por el número de impresiones, click-throughs, visitas únicas o por la cantidad de anunciantes. Un hito periodístico es cuando se ejerce la vigilancia crítica de las fuerzas de la sociedad, una descripción clara, franca, objetiva y completa de la realidad. Después de todo el periodismo es precisamente la forma en que la sociedad civil se vigila a si misma. El periodismo es el veedor público del mundo moderno a los ojos de la población, uno con un gran poder asociado, el de encontrar la información en el mar de datos; organizarla, aclararla, verificarla y transmitirla.
Este poder ha sido ejercido con desafortunadas consecuencias en todos los medios de transmisión, la radio ha sufrido el desafortunado flagelo de las agendas políticas, la televisión se ha convertido en una pasarela, con noticieros que entrenan a sus presentadores y presentadoras para sonreír con demasiados casos para que valga la pena nombrar y los medios escritos se han convertido en ventanas de publicidad con poca seriedad editorial y lo que es aún peor, con reducida credibilidad.
Claramente en una sociedad de libre mercado es necesario generar operaciones de mercadeo que hagan la actividad del periodismo sostenible. Para ello se ha de escoger blancos demográficos y en el ámbito de publicaciones en línea es necesario dar preferencia a aquellos grupos que proveerán atractivos números de visitas únicas, suculentos números de impresiones de avisos, llamativas cantidades de clicks en los avisos. Sin embargo esta es un arma de doble filo, pues ha obligado a algunos medios a jugar al mercadeo y apostarle a columnistas aparentemente irreverentes que tocan los temas que se suponen tabú y escriben muchos sweet nothings al respecto que son devorados por algunos lectores desesperadamente. Lastimosamente ese periodismo hipster no aporta al lector nada más que un pasajero tema para llenar silencios incómodos en conversaciones meniales, de esas que uno tiene con gente que no vale la pena recordar.
En Colombia el lenguaje del periodismo se podría poner al lado del Arameo o el Sanscrito, porque parece una lengua muerta. Aún así hay algunos que todavía lo hablan y lo hacen muy bien. Son aquellos periodistas que entienden que la veeduría debe hacerse primero en casa, para poder tener la cara limpia cuando se necesite mostrarla. Son esos periodistas que pertenecen a una raza extraña y casi extinta en Colombia, que comprenden la clara necesidad de ser objetivos con respecto al medio de publicación, incluso si es el propio.
Algunos pueden argumentar que no es ético aceptar anunciantes de ciertas características, que tienen un historial cuestionable o cuyos fondos son de origen sospechoso. Yo no estoy de acuerdo. Los anunciantes en nuestro libre mercado son lo que permite el oficio del periodismo y todos deberían ser bienvenidos. Sin embargo debe haber una clara distinción entre los anunciantes y la política editorial, una barrera infranqueable que al final construye el respeto y credibilidad del medio de publicación. La intención de recaudar no puede sobre-determinar el objetivo primario de un medio periodístico de evaluar la sociedad con una perspectiva crítica y arrojar la atención del segmento demográfico escogido sobre aquellos temas que tienen efecto transversal en la sociedad.
Es muy preocupante que hoy el mejor periodismo y el más necesario hoy, el auto-crítico, sea tajado por los caprichos de aquellos que se dicen periodistas pero realmente son publicistas de intereses políticos y personales.
@mojitoking
El lenguaje perdido del periodismo
Lun, 29/10/2012 - 04:41
Un gran momento en el periodismo colombiano se vive en los ojos del lector. Un gran momento no está constituido por los ratings, ni por el número de impresiones, click-throughs, visitas únicas o po
