Historias cáusticas

7 de agosto del 2011

La primera historia es sobre una casa en duelo. El padre ha muerto, lo velan, lo entierran y la madre se encierra en la casa junto con sus hijas y sus criadas. Se encierran por la imposición de la madre y este encierro es el caldo de cultivo de una trama de conspiraciones e intrigas […]

La primera historia es sobre una casa en duelo. El padre ha muerto, lo velan, lo entierran y la madre se encierra en la casa junto con sus hijas y sus criadas. Se encierran por la imposición de la madre y este encierro es el caldo de cultivo de una trama de conspiraciones e intrigas que llevan inevitablemente a la tragedia. No son conspiraciones espectaculares, sino conspiraciones reales, simples y dolorosas. Son habladurías a las espaldas sobre nimiedades cotidianas y banales, sobre envidias familiares, sobre adulterios y perdidas. Y luego de un momento a otro, pum, la tragedia, como si una puerta se cerrara de golpe por efecto del viento, del viendo castellano.

La segunda historia es sobre una iglesia de barrio. Con su cura, con sus cocineras, con su jorobado. Toda iglesia debe tener un jorobado. Las cocineras cocinan y el jorobado organiza los almuerzos caritativos que el padre le ordena. El padre da misa, el jorobado lidia con mendigos y prostitutas. Y viven casi encerrados como las mujeres de la primera historia. Encerrados en medio de una trama de envidias y recelos que se van armando lentamente; acomulándose con una paciencia poco sana. Se acumulan hasta que explotan y la tragedia llega de manera inevitable.

La primera historia es una obra de teatro de García Lorca, “La casa de Bernarda Alba”. La segunda historia es una novela de Evilio Rosero, “Los almuerzos”. Entre una obra y otra hay casi setenta años de diferencia, pero las dos comparten una similitud asombrosa. El primer parecido es su lenguaje cáustico y preciso. De pocas palabras, pero de palabras necesarias. Luego está su escenario común y corriente, casi pobre y aburrido. No hay un gran escenario, no hay una guerra ni una ciudad que se come vivos a los personajes. No hay fiestas ni sexo ni drogas ni rock and roll. Tampoco hay viajes y misterios por resolver. Las dos obras comparten un escenario cáustico: un casa española de principios de siglo XX, una iglesia bogotana de un barrio pobre a finales del siglo XX. Son escenarios aburridos los dos. Son escenarios monótonos que le dejan campo absoluto a los personajes. Éstos con vidas aburridas y sin sentido, en un juego perfecto con el lugar que habitan. Pero es su condición humana la que florece a partir de esta combinación. Es la naturaleza humana, que muchas veces no muestra su mejor lado y que lleva por un camino seguro a la tragedia. Las dos obras comparten esta característica. Abandonan las espectaculatidad y se ahondan en el alma humana a tal punto remecen ciertas fibras en el lector. Es esta característica lo que le da genialidad a las dos obras. La capacidad de explorar los rincones más oscuros de sus personajes a partir de situaciones simples y concretas. Sin la necesidad de una gran historia de fondo, sin necesidad de espectacularidad o morbo ajeno. Las dos obras son una muestra de sencillez y genialidad que uno que otro escritor debería tomar como ejemplo, sobre todo en estos tiempos de banalidad literaria en exceso.

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