La desigualdad no es inevitable

La desigualdad no es inevitable

19 de enero del 2018

El Laboratorio sobre la Desigualdad Global publicó su informe sobre esa materia y las conclusiones son escandalosas. Allí plantean la conjunción de fenómenos macroeconómicos con fenómenos microeconómicos respecto a la desigualdad de ingresos. También que se precisa de políticas impositivas nacionales y globales para enfrentarla, de la mano de reformulaciones en los campos educativo y salarial.

En otras palabras, se trata de encontrar el hilo conductor entre procesos de nacionalización y privatización con los ingresos de las personas, la acumulación de capital con la riqueza, la deuda pública con las deudas personales.

Y una gran conclusión, que podría parecer obvia, es que la evolución de la desigualdad está imbuida por decisiones de carácter político. Así, las variables institucionales se materializan a la hora de estimar la evolución de las desigualdades de ingreso en el mundo.

Los indicadores son variados. Por ejemplo, en el conjunto de la riqueza nacional cuanto corresponde a riqueza privada y cuanto a riqueza pública. La tendencia que se encuentra es que, mientras aumenta la riqueza privada neta y disminuye la riqueza pública neta como parte de la riqueza nacional, los gobiernos se debilitan y disminuyen sus capacidades para combatir la desigualdad.

Otro indicador es la transferencia de riqueza del sector público al sector privado, es decir, las privatizaciones, que traen como consecuencia el aumento de la concentración de ingresos.

Las distintas velocidades en la variación de la desigualdad sustentan el factor crucial que juegan las variables políticas e institucionales.

Mientras en los países de Europa en su conjunto el 10% de las personas más ricas se hicieron con el 37%  de los ingresos en el año 2016, en el Medio Oriente, la región más desigual del planeta, esa misma proporción de personas se hacen con el 61% de los ingresos. Entre otros, Estados Unidos el 47%, Brasil el 55%.

El caso estadounidense sirve para ilustrar el declive de la riqueza pública. De acuerdo con cálculos de los economistas Thomas Piketty, Li Yang y Gabriel Zucman, en el año 1980 la participación de la riqueza pública en los ingresos era del 13%. En 2015 fue de menos 3,6%. En el mismo periodo, la riqueza privada como proporción de la riqueza nacional pasó de 15 a menos de 4%.

Entre 1970 y 2015, la proporción de la riqueza privada neta (sin deuda) como porcentaje del ingreso nacional neto (sin deuda pública y privada), pasó de 326% a 500%. Esto significa que antes la riqueza privada equivalía a 3,26 años de ingresos nacionales y hoy equivale a 5 años.

Durante las décadas de 1970 y 1980 las políticas previas de asistencia social, estatización de los renglones estratégicos de las economías desarrolladas, así como las políticas sociales para la reducción de brechas entre ricos y pobres, tuvieron su relevo.

En el mundo se produjo una contrarrevolución conservadora que copiosamente se convirtió en literatura económica y manuales técnicos. A partir de la década de 1970 estas políticas produjeron un aumento en la participación en la riqueza por parte del 10% más rico en occidente.

Los nuevos papeles asignados fueron entonces, al Estado, garantizar la estabilidad macroeconómica y abandonar la política social para enfocarse en la disciplina presupuestal y fiscal, y a las agencias financieras y organismos multilaterales formular y evaluar las políticas que llevarán a esa estabilidad.

“Mientras la riqueza nacional (pública más privada) ha crecido de manera notable, la riqueza pública se ha hecho negativa o cercana a cero en los países ricos (las deudas superan a los activos). Esto limita la capacidad de los gobiernos para reducir la desigualdad, y ciertamente tiene implicaciones importantes para la desigualdad de riqueza entre los individuos”, se lee en el informe.

La desigualdad de ingresos (capital y trabajo) una vez más lo confirma. El 10% de los más ricos se hacen con la mitad de los ingresos (el 1% más rico con el 20, y el 9 con el 30% de los ingresos). La mitad más pobre de la población se hace con el 12% de los ingresos. Esto sin contar las desigualdades más agudas por sectores económicos, grupos ocupacionales, género, edad y regiones del país.

Para los profesores Jairo Villabona y Carlos Quimbay, en Colombia, hay un uso excesivo de los beneficios tributarios como instrumento de política económica, lo que reproduce las inequidades en el sistema tributario. En el país sectores como el minero y el financiero son los que presentan los mayores montos de beneficios tributarios, a pesar de no ser tan relevantes en generación de empleo.

No es cierto, como afirman áulicos de financistas y multinacionales, que en Colombia paguen altos impuestos ni que el impuesto de renta a las empresas sea el tercero más alto del mundo.

La tasa efectiva del impuesto de renta para sectores de la economía colombiana entre el 2011 y el 2015 cayó del 19,9 al 13,7 por ciento, lo que redujo los recaudos en casi una tercera parte. La consecuencia es que fueron menores los ingresos percibidos por el Gobierno nacional para atender obligaciones sociales. El promedio de dicha tasa no es de entre 50 y 70%, como han afirmado sectores económicos del país, sino del 17,3%.

Tan solo los beneficios tributarios de los sectores financiero y bancario sumaron 125,5 billones de pesos. Como dicen en su estudio Villabona y Quimbay: “no se está incentivando el desarrollo de los sectores, que, a largo plazo, pueden garantizar un crecimiento sostenido y autónomo de la economía”.

Pero el crecimiento de la desigualdad no es inevitable. Esta tendencia podría revertirse con progresividad en las políticas de impuestos, un registro financiero contra la evasión tributaria, salarios más altos y tasas efectivas de impuesto de renta para sectores de la economía que pueden pagar más y que, como en el caso colombiano, no lo hacen.

Amaury Núñez González | @AmauryNG

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