Un lobo vestido de oveja

11 de noviembre del 2017

Y no más pitillos ni bolsas plásticas porque lo único cierto es que: no hay planeta B.

Un lobo vestido de oveja

-¿Pitillo? Pero, déjeme recordarle que somos amigables con el medio ambiente.

-Ah claro, no gracias.

El restaurante se “lavó las manos” y el consumidor se fue convencido de que salvó una tortuga de morir asfixiada con el popote, como le dicen en México.

– ¿Le cobro la bolsa?

– Sí, por favor.

El almacén cubrió su huella ambiental con el recaudo y el consumidor no alcanzó a notar la diferencia en la cuenta por pagar… igual necesita la bolsa para la caneca de la cocina.

Las dos iniciativas carecen de espíritu colaborativo, sencillamente le trasladan la totalidad del problema al consumidor final.

Los restaurantes que incluyeron esa pregunta en su libreto de atención, sin ningún miramiento, le dicen al comensal que de él depende que ellos no terminen descargando su basura en los océanos. Lo confiesan implícitamente. No recuerdan que el problema también radica en que ellos hacen una equivocada disposición final; menos aún piensan en ofrecer pitillos biodegradables, (que en Colombia se producen), para mitigar el daño que estos causan a los ecosistemas.

Igual sucede con el dilema de las bolsas… todavía más grave considerando que el impuesto es una ley con cara de fábula: un lobo vestido de oveja.

La justificación es válida, según el Ministerio de Ambiente, en promedio, cada colombiano usa 6 bolsas plásticas a la semana. es decir 288 al año, por 49 millones de colombianos son 14.000 millones de bolsas anuales.

Como si fuera poco, las bolsas plásticas tienen entre 12 y 20 minutos de vida útil, pero se demoran en degradarse entre 150 y 300 años.

Además, el país estaba en deuda de una regulación sobre el plástico. Medidas similares han funcionado en 19 países de África, 15 de Asia, 31 de Europa y en América: Canadá, Estados Unidos, México, Argentina, Chile, Brasil, Haití y Uruguay cobran las bolsas.

Sin embargo, la medida que pretende ser favorable a la naturaleza, no es más que otra forma elegante de sacar dinero de donde sea para cualquier cosa.

La Ley 1819 no define el destino de los recursos recaudados. Se sabe que la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales debe recibirlo, pero, ¿en qué será invertido? Y no es una cantidad despreciable, en el primer año se espera un monto de 145 mil millones de pesos. Algún sentido ecológico tendría la medida si es que ese dinero se usa para limpiar las costas y mares de Colombia… amanecerá y veremos, dijo el ciego…

Ahora, si los almacenes de cadena estuvieran interesados en el medio ambiente, también le hubieran quitado los logos a las bolsas que ahora venden, porque las tintas contienen residuos metálicos dañinos, muchas inclusive tienen plomo o cadmio, que son muy tóxicos. Pero perderían la oportunidad de poner su marca hasta en la caneca de la cocina del desprevenido comprador.

La ley no obligó a las grandes superficies, es decir, a los principales recaudadores, a buscar alternativas biodegradables, ni a reemplazar las bolsas plásticas por bolsas de papel o cartón, que, entre otras cosas, se degradan en un año.

Ni el impuesto, ni la campaña inacabada por el no uso del pitillo, atacan la fuente del problema. la manera en la que consumimos, el modelo mental, la costumbre, la cultura y es que ese cambio es mucho más difícil de lograr, más lento, pero eso sí más efectivo.

Vale la pena hacer las veces de veedores ambientales. Podemos empezar a preguntar para dónde va la plata de las bolsas y por qué no darle paso a materiales biodegradables como alternativas más certeras para tener la conciencia tranquila y el planeta limpio. Tomemos decisiones desde la razón, no sigamos al primero de la fila, que nadie nos engañe que la base de la sostenibilidad social es la transparencia. Exijamos que nos hablen con la verdad.

Y no más pitillos ni bolsas plásticas porque lo único cierto es que: no hay planeta B.

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