Noventa minutos con Gay Talese

1 de mayo del 2012

Talese, elegante y formal desde joven, reconocido por su colección de sombreros Durante algo más de noventa minutos Gay Talese habló sobre los secretos y las claves de su labor periodística. A las siete de noche del pasado sábado en un auditorio José Asunción Silva al que no le cabía un tinto, en medio del […]


Talese, elegante y formal desde joven, reconocido por su colección de sombreros

Durante algo más de noventa minutos Gay Talese habló sobre los secretos y las claves de su labor periodística. A las siete de noche del pasado sábado en un auditorio José Asunción Silva al que no le cabía un tinto, en medio del sopor y ahogamiento por un aguacero inesperado, el célebre periodista del New York Times y del Square Times fue entrevistado por Luis Sarmiento. Habló sobre su vida, sus vivencias como reportero y los recuerdos de su infancia. La precisión de sus recuerdos y el ritmo de su narrativa mantuvieron la atención de los asistentes en un estado parecido al hipnotismo: es un gran contador de historias.

Una espera obligada

La expectativa por una de las conversaciones más publicitadas de esta edición de la Feria del Libro se hizo palpable con la larga fila que debimos hacer quienes aguardábamos por el periodista neoyorquino. Unos corrían para no quedar rezagados, otros se colaban con artilugios gastados pero efectivos “— Oye, no nos habíamos visto antes…”. Hasta el escritor Germán Castro Caicedo no escapó a la obligada cola, como un admirador más soportó el frío y la espera. Las personas comenzaron a hablar entre ellas sobre Talese, alguno preguntando quién era, qué había escrito, otros querían comprobar su elegancia histórica. Un joven, con libro en mano fue enfático en su juicio:

— “Es el periodista vivo más importante de Norteamérica, además, Honrarás a tu padre (escrita sobre una familia de gánster italianos, los Bonnano) inspiró la serie Los Soprano…”.

Una mujer rubia en un español atropellado preguntaba con señas si la fila era para la sesión con Talese, otra mujer, morena y pequeña, improvisando el mismo lenguaje no verbal, le confirmaba que sí, que estaba en el lugar correcto.

Todos hablaban del escritor, informándose en capsulas sucintas de frases puntuales y explicaciones lúdicas. Así, en unos minutos los despistados llegaron con conocimientos precisos de Talese para comprender la charla, mientras que los admiradores departían sobre las claves de “Frank Sinatra, tiene un resfriado” supieron un detalle vital, otros preparaban su libreta de apuntes o su cámara para captar la imagen del célebre premio Pulitzer, y uno de los autores más reconocidos de Estados Unidos.

Entramos rápidamente, la fila se esfumó en unos segundos para dar paso a la búsqueda desesperada por un asiento. Varios estaban separados, la mayoría ocupados, delante, en la primera fila estaban los reservados. Un exhausto Caicedo ya descansaba allí. Encontré lugar junto a una amiga que el destino puso en mi camino. De inmediato, se entreabrió la cortina del escenario central, entraron Talese y Sarmiento, y un aplauso cordial fue la bienvenida para Talese, que llevaba un sombrero amarillo ocre de ala ancha color, del mismo tono que el saco, el pantalón y el chaleco abrochado de corte clásico. Se sentó tranquilamente, tomó un vaso de agua y saludó al publicó con un ademán formal.

Ser parte de una minoría

Talese comenzó hablando sobre su familia y su infancia. Su madre nació en Norteamérica y su padre en Italia, en el sur empobrecido por la Primera Guerra Mundial. Llegó en la década de los veinte a Nueva York y empezó a trabajar con conocidos italianos que lo recomendaban como un muy buen sastre. “No hablaba mucho inglés, de hecho creo que siempre hablaba en italiano, su acento era muy marcado”. Comentó. Su madre era más sociable, tenía un muy buen inglés y una simpatía innata que le abría puertas en diferentes espacios y niveles sociales. Por esto ella se encargó de la parte comercial y fue la imagen del almacén familiar de sastrería que la familia Talese abrió en los años treinta. Su padre confeccionaba trajes al estilo inglés, de diversos modelos y formas que eran encargados por las personas más prestantes del pequeño pueblo aledaño a Nueva York donde vivían. “Mi casa se dividía en dos partes: la primera planta en la que estaba la tienda de vestidos, y la segunda en la que la familia vivía”.

Desde niño escuchaba con atención las conversaciones de su madre con los clientes de la tienda, identificaba sus voces y examinaba sus ademanes. Esta perspicacia inicial fue útil más adelante como herramienta infalible de reportero.

Cuando estaba por concluir la preparatoria un cliente de su padre que era el dueño del periódico del pueblo le ofreció al joven Gay escribir unos artículos sobre su vida en el colegio. Él aceptó de inmediato y recuerda la medida de retribución: “1 pulgada de papel se pagaba a 10 centavos”.

Gay Talese fue enfático al señalar que el periodismo es una especie de minoría, pues debe alejarse de las masas, la opinión pública, “aunque ha cambiado en su estilo, su espíritu es el mismo: informar la verdad”. Por eso debe mantener una posición distante, prudente y neutral con la sociedad.

— “La palabra precisa es escéptico, el periodista debe ser ante todo escéptico”.


Un gran contador de historias, Talese capturó la atención del publico con sus relatos y recuerdos

El chico de la fotocopiadora

Regresó a su casa en 1953 con el título de periodista bajo el brazo y la obligación de conseguir trabajo. Entre el azar y la ayuda de algunos conocidos entró al New York Times, no como reportero, sino como “el chico de la fotocopiadora”.

Cuando no tenía nada que hacer subía a curiosear en la sala de redacción, los cuartos de fotografía o las plantas de impresión. Hablaba con muchos y preguntaba de todo. “Era muy curioso y quería conocer a fondo el periódico…”.

En esas hizo su primer reportaje. Se trató de un perfil sobre el linotipista del NYT, su labor era la misma: sellar el papel y organizarlo para su distribución. “Lo que me sorprendió era que llevaba desde los veinte haciendo la misma tarea todos los días”. El joven periodista anotó minuciosamente lo que veía y conversaba con su entrevistado. Después de un par de horas éste le dijo que había por ahí una máquina Olivetti que nadie usaba. Talese la buscó y le hizo algunos arreglos, la bajó a su pequeña oficina de copiado y escribió el reportaje. Fueron unos ocho o diez párrafos, algo corto. Y agregó:

— “Prefiero mi máquina Olivetti que cualquier computador”.

Al día siguiente fue hasta dónde la oficina del director del periódico, para que leyera su escrito. Entre impresionado y algo desconfiado dio su visto bueno para que apareciera publicado. Así comenzó su labor como reportero del NYT, que terminó en 1966.

Ahora sí, Sinatra

Era imprescindible la referencia sobre la célebre crónica sobre Frank Sinatra. Luis Sarmiento le preguntó sobre detalles relevantes y el detrás de cámaras de “Frank Sinatra está resfriado” que escribió en los años cincuenta y que fue la punta de lanza del periodismo literario (que creó junto al escritor y periodista Tom Wolfe). Contó minuciosamente su estadía en Los Ángeles tras los pasos del cantante y actor neoyorquino durante más de un mes, recordó haber entrevistado a un sinfín de amigos, abogados, escoltas, amantes, y rivales que conoció en la ciudad y que le permitieron hacerse una idea sobre cómo era Sinatra.

Talese resaltó dos puntos en su relato. El primero que el reportaje debe mirar las cosas como una escena (dónde colocar la cámara o el ojo de la historia), y el segundo que nunca pudo entrevistar al cantante y actor neoyorquino. Del primero destacó la importancia de la ficción, pues es una ayuda para retratar el ambiente y los comportamientos de los hombres y las mujeres de sus reportajes, registrar detalladamente sus ademanes, sus frases: en los detalles se revela la verdad. Este método de escritura causó controversia en sus inicios, pues era casi un pecado escribir literariamente en un periódico.

— “Yo lo que hice fue ofrecer una panorámica al lector, que se sintiera parte de la historia”.

Este descubrimiento es fruto de grandes escritores que retrataron la sociedad en la que vivieron: Tolstoi y la Rusia zarista, Balzac y la París aburguesada, Fitzgerald y la década de los veinte en los Estados Unidos. No hizo nada nuevo, sólo recuperar lo leído. Un fuerte aplauso resonó en el auditorio, mi amiga corroboró en ese instante la importancia de la literatura en la formación profesional:

—“Espera y anoto los nombres para que no se me olvide comprarlos”.
—“No los anotes, recuérdalos y ya”, le dije.
Se acerco susurrándome al oído: — “tengo mala memoria, ¿no lo recuerdas?”.

Sobre el asunto de Sinatra y su refriado Talese contó las minucias de su investigación, las personas oían cuidadosamente a través de los auriculares prestados, un hombre atento a los comentarios del periodista anotaba todo lo que decía con una actitud más parecida a la de un secretario público que a la de un admirador. Al final, tenía unas memorias de cinco páginas. Talese contó que:

—“Busqué a Sinatra en el hotel donde se hospedaba y solicité una entrevista. Sus escoltas me decían que era difícil. Decidí esperar. Unos momentos después salió su asistente y me dijo que Sinatra no podía atenderme porque estaba resfriado. Nadie creyó la excusa. Pero fue suficiente para saber que no lo iba a entrevistar”.

Regresó a Nueva York y escribió el perfil de Sinatra. No esperaba mucho, lo olvidó. Cuando adquirió la resonancia como el mejor perfil de la historia del periodismo estadounidense, el primer sorprendido fue él.

Siempre puntual y elegante

Eran las ocho y cuarenta de la noche, y aunque nadie quería irse se decidió terminar la entrevista. Un aplauso cerrado que duró unos minutos fue el broche de oro para la presentación del periodista y escritor estadounidense. En tanto las personas se amontonaban y atropellaban en el escenario central del auditorio buscando una fotografía o un autógrafo de Talese. No lo lograron, pues de inmediato el personal de la feria les cerró el paso e impusieron el orden castrense de hacer fila y anotar en un papel el nombre a escribir, “para que el señor Talese no se demore y pueda autografiar todos los libros”. Le acercaron un mesón y un par de bolígrafos para iniciar la sesión de nombres y apellidos desconocidos y a veces desconcertantes para él. Con sus anteojos redondos su imagen de viejo zorro del periodismo se asemejó por un momento a la de buen abuelo o añejo esposo.

—“Ya es hora de ir a casa”, fue lo último que dijo.


Talese fue cercano a Bobbano, ganster con quien tenía algunas semejanzas, como su origen italiano o edad de sus hijos

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