Aunque para los colombianos nunca ha resultado muy clara la decisión del Constituyente del 91 sobre la necesidad de la figura vicepresidencial, lo que si quedó completamente claro fue que se deslindó específicamente con el sistema anterior del delegado, por el carácter democrático y representativo que se le imprimía a la selección de la persona que reemplazaría en ausencia total o parcial al Presidente de la República.
Es bien sabido que la Constitución del 91 quería democratizar y dar mayor representación y participación ciudadana en muchas decisiones cruciales y una de estas era que no quedara en manos del Ejecutivo, ni del Legislativo, ni de los dos, la escogencia del sucesor o del presidente interino, cuando las circunstancias lo exigieran. La elección a dedo no es muy popular y no es garantista de la voluntad del elector.
Y al contrario de lo que afirman hoy algunos detractores de esta institución los votantes colombianos sí consideran tan significativa la selección de la persona que reemplazaría al presidente en su ausencia como determinante el talante de quien va a acompañar y a impulsar la gestión del primer mandatario durante su periodo constitucional.
Es cierto que la figura ha sido criticada como decorativa, que su labor se ve gris y en ocasiones pasiva. Eso sucede si se quiere. Si lo quiere el vicepresidente o si lo quiere el presidente y éste lo acoge. Pero puede ser activa, que colabore con el presidente y se dedique a asuntos puntuales, no muy visibles o más bien operativos. Y justamente esa libertad que tiene hoy el mandatario para designarle sus funciones es lo que algunos llaman peyorativamente ambigüedad de la figura vicepresidencial para atacarla.
Pero no se puede venir ahora con el cuento de que la gente vota por el presidente sin importarle quién va a ser su reemplazo si las condiciones lo exigen. Los electores están pendientes de quién va en la fórmula porque saben que existen las eventualidades pero también porque para ellos esa persona determina una impronta, un sello político y por lo tanto seduce o no al electorado. No se puede caer en el infantilismo de que cuando nos cae bien el vicepresidente no se cuestiona la figura y cuando nos cae mal sí hay que revaluarla.
Lo que se nota es que esta es una discusión con nombre propio. Angelino despierta temores entre los señoritos de la política como el mismo lo dijo, despierta sospechas entre los santistas que no lo ven como santo de su devoción. Despierta envidias entre los vargaslleristas que lo ven como un rival de peso en el escenario de que Germán sea el man. Y despierta pasiones entre voltiarepistas que no saben cuál va a ser el sol que más calienta y no quieren quemar sus cartuchos en perdigones.
Angelino es un vicepresidente atípico. No es el ventrílocuo del presidente como se vio en la administración pasada, en la que si se destacaba algo de este ejercicio era cuando el vicepresidente resultaba más papista que el papa. No es el símbolo costeño que se inventaron para ganar un electorado regional. No es la figura sustituta que le impusieron a un presidente cuestionado a sabiendas de que se podía caer o que lo intentarían tumbar.
Angelino Garzón es una piedra en el zapato porque es demócrata y defensor de las causas sociales. Es un hombre que goza de aceptación popular y prestigio en los sectores sociales. No va a ser deslucida su presencia en el gobierno y va a opinar, incluso más de la cuenta. Siempre estará en el ojo del huracán porque, como dicen las mujeres, es un arroz en bajo. Es un problema porque puede resultar siendo una fórmula de las izquierdas unidas contra una posible reelección del presidente Juan Manuel Santos. Y es un problema porque puede resultar siendo una fórmula de las derechas unidas alrededor del uribismo contra un segundo gobierno de Santos.
Por eso no es raro que Santos le quisiera pegar un empujoncito para que se fuera para las tinieblas exteriores. Hoy es la OIT pero mañana puede ser cualquier otro organismo internacional, y ojalá si queda en El Congo. Porque Santos tiene claro que lo que puede unir las izquierdas en su contra es el carácter bogotanista, elitista y de club social de su gobierno. Esta no es la administración de la fundación Buen Gobierno sino de la gente bien del gobierno. Y aunque la izquierda democrática sabe que Santos es una de las principales talanqueras contra Uribe, también sabe que lo hace más por aristócrata que por demócrata.
Santos, Lleras, López, Gómez, las familias presidenciales empiezan a preocuparse por el vuelo que pueda tomar esta promesa electoral, que ojalá no lo elijan en ningún organismo mundial para que siga jugando de local. No porque lo fuera a hacer mal como director de una entidad de semejante calado, al contrario va y lo reeligen, sino porque quedaría descabezado para el 2014, caso en el cual la rebelión popular no sería necesaria si eliminan la vicepresidencia, sino para retomar el rumbo de lo social, sin el populismo de las tales casitas sin cuota inicial.
¿Acabar con la vicepresidencia o con el vicepresidente?
Jue, 24/05/2012 - 01:01
Aunque para los colombianos nunca ha resultado muy clara la decisión del Constituyente del 91 sobre la necesidad de la figura vicepresidencial, lo que si quedó completamente claro fue que se deslind
