Brujas carroñeras, envidiosas y amargadas

5 de diciembre del 2013

Esto es lo que opino sobre el plagio de Catalina Ruíz-Navarro

Cizaña, malicia, envidia, amargura, sevicia… Buitres, carroñeras, como las gaviotas en la playa que sobrevuelan los grupos de gente que come y bota paquetes de basura, esperando que se vayan para comerse las sobras.

A Catalina Ruíz-Navarro le hicieron una cacería de brujas, se dedicaron a lapidarla con un odio indiscriminado, confundiendo su paso por la revista Soho con un tema que nada tenía que ver con sus tetas. Estaban esperando a verla caer para terminar de hundirla. No se necesita ser cercano a Catalina para saber que está muy preparada, que es brillante, sedienta de conocimiento y con más ganas de enseñar. Quien diga que es arrogante no la conoce, y me atrevo a afirmar que quien dice esto supura envidia. Y si no es envidia es intimidación. Catalina por Dios intimida. Confieso que cuando converso con ella memorizo palabras que salen de su boca que no entiendo y luego las busco en el diccionario. Yo quiero ser como ella.

Para comenzar esta columna, y aunque ya sabía su significado, consulté la definición de “plagio” en el diccionario de la RAE y encontré lo siguiente: Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias. Según esta definición, en su columna La demoledora, en Pulzo.com, mi amiga Catalina Ruíz-Navarro plagió ideas de un artículo original de la socióloga Lisa Wade. Es una lástima que la definición no tenga en cuenta cuál es la intención de quien comete el plagio. Como, por ejemplo, cuando alguien mata a otro por accidente. Lo que es un hecho es que el primero le quitó la vida al segundo, que es una gran pérdida, pero –a la hora de un juicio–, ¿cómo no tener en cuenta las intenciones de quién mató?

En En favor de Gómez Buendía, un texto para la edición #147 de noviembre de la revista El Malpensante, Mario Jursich iluminó mis ideas en la forma clara e impecable que lo caracteriza: “A la hora de juzgar un plagio existen ciertos criterios estándar como preguntarse si hubo una intención deliberada para cometerlo y, de ser ello cierto, qué beneficios materiales o de prestigio se derivan de esa intención” (que se refiere al criterio que tuvo en cuenta la Comisión Ética de la Revista Semana cuando absolvieron a Gómez Buendía). “El doctor Hernando Gómez Buendía cometió el error de omisión que no conlleva a ninguna grave falta a la ética”.

Quienes la leen y quienes conocemos a Catalina tenemos muy claro que, como a Hernando Gómez Buendía, no le hace falta plagiar a nadie. La cabeza de Ruíz-Navarro es una caja de Pandora. Una persona tan preparada no necesita copiarse de nadie. Una persona con el prestigio del que goza Catalina no corre el riesgo pendejo de plagiar a consciencia y ser descubierto. El hecho de que haya mencionado a Lisa Wade en su texto, habiendo omitido las comillas, es para mí indicio de que ahí no hubo malicia alguna. Cualquier persona intrigada por el nombre de la socióloga la hubiera investigado y se habría encontrado con el texto que escribió. Que fue lo que sucedió. Pero no, la mujer que se dio cuenta de este tremendo error arremetió contra ella. Y luego de ella comenzaron a brotar, como granos purulentos en la cara, otras brujas sedientas y envidiosas.

Alguna se atrevió a decir que Catalina es una “trepadora social e intelectual”. Por favor, imbécil quien no trepa. Yo me he pasado la vida trepando, y es que a mí me criaron para evolucionar. Con el paso de los días comenzaron a aparecer más argumentos ridículos. Otro se atrevió a comparar el plagio de Catalina con el atraco con pistola, cuchillo y granada que cometió la estudiante de diseño Gabriela Salazar en el libro de Pilar Castaño. No seamos tan pendejos. Aquí no hay punto de comparación porque Salazar en ningún momento mencionó los nombres de a quienes les estaba robando, y pretendió que se imprimiera un libro y se distribuyera de manera masiva sin que nadie se diera cuenta de lo que hizo. Si Ruíz-Navarro hubiera querido plagiar jamás hubiera mencionado el nombre de Wade. Esto es sentido común. Pero además, ¿qué tanto hay para decir en un análisis sobre el comportamiento de Miley Cyrus y la industria del pop desde el punto de vista del feminismo? Ya todo se ha dicho. Un profesor de mi maestría en escritura creativa me dijo: “Luego de Romeo y Julieta, todas las historias de amor son plagio”.

Pero nada de eso importa, y también parece ser inverosímil que Catalina haya admitido su error y haya rectificado, porque vivimos en un país sádico e infame donde la gente concentra sus energías en perseguir a una mujer brillante que cometió un error estúpido –en el que creo firmemente que hubo total ausencia de mala fe– en lugar de perseguir a los hijos de puta del gobierno que nos roban y nos ultrajan a diario.

@Virginia_Mayer

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