Cambios sí, extremismos no

19 de marzo del 2016

Reseña crítica del libro “ El maestro Juan Martínez que estaba allí ” de Manuel Chaves Nogales

Foto libro para columna

De esos libros que sin buscarlos caen en nuestras manos y que de inicio no se sabe si leerlos debido a la ausencia de referencia, pero que la curiosidad empuja a su lectura, la que luego de comenzada imposible es detenerla porque su arrebatante contenido la vuelve de gran interés y se constituye en revelación o complemento a un tema cuya profundización ha sido aplazada por años. Es el caso del libro “El maestro Juan Martínez que estaba allí”, escrito de vieja data por el periodista Manuel Chaves Nogales (Sevilla-España, 1897-1944), y ahora reeditado con un excelente prólogo del escritor Andrés Trapiello.

Redactado en un estilo al que no es fácil asignarle categoría literaria, pero que es buena mixtura entre relato, novela, y entrevista periodística; al ser escrito en primera persona, la cercanía a los protagonistas y a los descarnados hechos narrados son puestos en mayor relieve y sujetan con mayor fuerza al lector.

La trama puede recapitularse así: un bailaor de flamenco participa, sin querer, junto con su esposa Sole, a uno de los acontecimientos históricos más importante y dramáticos de la historia universal del siglo pasado. Se trata del español Juan Martínez cuyo único interés es presentarse en tablaos y teatros. Baila con éxito en el París de 1914, lo cual le vale el ser contratado para danzar en Turquía, país en el que logra buena acogida; quiso el azar que este país entrara en la I Guerra Mundial y se viera el bailaor obligado a huir a Rusia en busca de tranquilidad, allí llega en 1917 justo al estallido de la revolución bolchevique. Seis años de horror permanecerá confinado y deambulando en una Rusia devastada al son de dos conflagraciones: la revolución bolchevique que destronó y asesinó al zar Nicolás II y su familia, y que antes de imponerse definitivamente en comunismo reinante degeneró en guerra civil. Un doloroso periodo en donde de ciudad en ciudad –y particularmente en Kiev– frecuenta grandes teatros, así como antros de espectáculo, cabarets, casinos tratando de sobrevivir en medio del fragor de una sangrienta contienda.

Juan Martínez no tiene gran formación cultural ni cultivo intelectual y menos algún sesgo político. Asiste, entonces, con su gran simplicidad, con la misma que narra al escritor la vorágine de espanto vivida en un mundo que desconoce, una revolución y cultura que ignora y un idioma que le es extraño. Participa presencialmente y a su pesar de las atrocidades, de la hambruna y de las injusticias guerreras, de las que logra a la postre salir avante, o al menos con vida, para más tarde referir al escritor Chaves Nogales esta desgracia que no le fue ajena, sino propia, en la medida en que participó de sus sufrimientos al igual que el resto de la población rusa.

Una ocasión de repasar ese funesto periodo, de la boca de un testigo de ocasión y de excepción, que sin ningún afán ni tendencia política da fe de las atrocidades cometidas por los diferentes bandos en contienda. La barbarie infligida a la población civil por las camarillas beligerantes fue enorme (una mortandad que se cifra en decenas de millones de seres humanos), y se saldó con una imposición dictatorial (“la del pueblo” fue llamada) que duraría la mayor parte del siglo XX, e instalaría sistemas émulos en Europa del Este y hasta en América Latina (ie. Cuba y con retraso anacrónico Venezuela).

Un libro del que se deriva una gran lección de todavía difícil aprehensión y que se observa con infortunada frecuencia: cuando los gobiernos de los Estados causan descontentos generales debido a sus excesos de poder, corrupción o mal manejo, son conminados por sus pueblos a un reemplazo; en general, estos se aferran a la permanencia provocando mortandades, aniquilando las riquezas y propinando grandes penurias; logran las masas dominantes y adoctrinadas en muchos casos efectuar un relevo, usualmente después de un largo proceso portador de daños irreparables. Esos cambios suelen ser extremos debido a la falta de mesura engendrada por el entusiasmo del momento, ese que embarga toda lógica y cautela; y entonces el ardor de la contienda hace que el péndulo de la historia vaya al extremo opuesto, ignorando –por soberbia y apasionamiento– el construir sobre lo bueno hecho en el gobierno saliente; todo lo anterior se vuelve nocivo y negativo a los ojos de la masa que para efectos de cambio se vuelve irracional, fanática, cayendo en el extremismo y en un limbo sin cálculo en donde se incurre en nuevos excesos. Es corriente, es lamentable.

El gobierno zarista ruso ciertamente era injusto, su método fue de poca consideración con su pueblo al fomentar instituciones y maneras que creaban gran desigualdad social y económica. Su profunda modificación o reemplazo era necesario. La desgracia fue que el nuevo régimen escogido fue el comunista, en el que se improvisó una teoría marxista que causó tantos o peores daños que los anteriores, además de hacer imperar, como eje rector de su actuar, la pérdida de libertad y la tiranía de algunos pocos en nombre del pueblo. Ese mismo pueblo que dejaría, largas y sombrías décadas más tarde, de reconocerse en tanta arbitrariedad sufrida. Vemos hoy en día que ese invento comunista, en el que con fervor tantos creyeron e impusieron, desembocó en una Rusia llena de desigualdades económicas y abanderando luego un capitalismo salvaje más grande que el de los países que no recorrieron esa ruta sangrienta y desmesurada. Una lección a ver, analizar, repasar históricamente con el claro ánimo de no caer en ese canto de sirenas que arrastra a desbarrancaderos de los cuales se logra salir sólo con larguísimos lapsos de iniquidad y de sufrimiento. Gran aviso para nuestros pueblos, el colombiano actual que parece deslizarse por esos caminos so pretexto “bienintencionado” de igualdad y paz. Los cambios son necesarios, pero sin que sean conducentes a extremos causantes de peores enfermedades que las que intentan resolver. Sin que reine, entonces, lo impensado, la falta de crítica y análisis, la dañina ultranza de los propósitos “liberadores”. La mesura y el debate son siempre buenos consejeros. Qué Colombia lea este magnífico libro.

Evoco a título de colofón un acertado comentario hecho sobre libro, y que ilustra bien el peligro presente y futuro, es esta obra un tratado contra la ingeniería social sin control, la nacida de la no medición de consecuencias, contra los totalitarismos y las buenas intenciones de las que está empedrado el infierno comunista. Es eso lo de evitar a toda costa, al tiempo que impulsar reformas conducentes a una mayor equidad económica de los pueblos; el nuestro, el colombiano, no debe hacer figura de excepción, pero sin deslizarse en las borrascosas pendientes por las que ya otros han rodado y hecho terrible experiencia sin poder realmente salir. No podemos, no debemos permitir ser los nuevos Juan Martínez.

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