Carrera séptima, nuestra “main street”

Carrera séptima, nuestra “main street”

11 de agosto del 2017

Casi todas las ciudades nacen como un poblado pequeño que se va alargando y extendiendo, muchas veces alrededor de un camino para caballos y coches construido hace siglos que termina convirtiéndose en una calle o avenida, llamada en numerosas ciudades de Inglaterra y Estados Unidos simplemente “main street”, o calle principal. En las colonias españolas se le denominó calle real, en homenaje a los gobernantes de ultramar, que nunca conocimos en persona ni la usaron, pero que desde el Viejo Continente presidían a distancia la vida social y política de los territorios conquistados. Esa calle suele crecer y alargarse de la mano de la historia de las ciudades, convirtiéndose en una referencia sobre hitos, episodios y períodos importantes en la vida de las ciudades y las naciones. En otras palabras, esta calle o gran avenida, según el caso, suele construir en cada orilla su propia historia y, por ello, no es una ruta más, sino la principal.

En Colombia, cada gran urbe tiene su calle emblemática: Junín en Medellín (o tal vez La Playa), la Avenida del Río en Cali, la Séptima en Bogotá, el Paseo Bolívar en Barranquilla, para mencionar algunas. El caso de la carrera séptima de Bogotá es interesante, pues a sus costados se ha construido en físico parte de la historia nacional, plasmada en edificaciones de enorme significado, las cuales se instalaron desde la fundación en 1538, durante los años coloniales, en la república y en la etapa contemporánea.

La séptima nació en las inmediaciones del barrio Santa Bárbara, y de allí se prolongó hacia el sur y hacia el norte, como testigo de primera mano del inicio de Santa Fe de Bogotá, luego del avance lento de la Nueva Granada y, en los últimos dos siglos, de la Colombia republicana.

De sur a norte, se despliegan en la vía el templo de San Agustín, en lo que hoy es la calle sexta; hacia el norte, la Casa de Nariño, el Congreso de la República, la Plaza de Bolívar, la Catedral Primada con su palacio arzobispal, la Alcaldía Mayor, la Casa del Florero —testigo de nuestro grito de independencia— y la sede de la Rama Judicial; y unos metros adelante, se encontraba el convento de Santo Domingo, demolido en 1939 para erigir el Palacio de las Comunicaciones.

Al continuar nuestro recorrido hacia el norte, se llega a la que fuera la esquina más importante de la ciudad, sede anterior de El Tiempo, de los templos de San Francisco, la Veracruz y la Tercera, y de la Gobernación de Cundinamarca; y unos pasos adelante, en el costado oriental, nos topamos con el Parque Santander, donde se ubica la sede del Banco de la República, en lo que fuera hasta el célebre 9 de abril el legendario Hotel Granada.

El recorrido sigue con el viejo barrio Las Aguas, y de allí hacia la calle 26, mostrando a lo ancho de la vía una serie de edificaciones republicanas, muchas de estilo francés, que expresan el ambiente europeizante que se tomó la ciudad a finales del siglo XIX y comienzos del XX, y que culminan en la antigua Iglesia de San Diego y adelante, en el Panóptico, hoy Museo Nacional.

Desde ese punto hasta la Avenida Chile se levantaron en el último siglo numerosos edificios sin mayor valor arquitectónico —fuera de las hermosas mansiones del barrio La Merced, reflejo de las etapas de la ciudad—; se arriba al Parque Nacional a la altura de la calle 36, y así continua la vía por el caminito que desde el centro conducía a Chapinero y, más hacia el norte, a Usaquén.

Además, la séptima ha sido testigo de manifestaciones populares y de los asesinatos de Gaitán y de Uribe Uribe. ¿Podrá identificarse una calle más cargada de nuestra historia que la carrera séptima?

Recientemente he leído algunos artículos de prensa alusivos a la séptima, relacionados con la idea de pasar por esa vía el Transmilenio, para completar una red integral. Con el ánimo de resolver algunos problemas de movilidad, los diferentes alcaldes no saben cómo aprovechar la estrecha vía, ya sea con un metro elevado, un tranvía o los articulados. Ya Petro, sin ningún escrúpulo, había peatonalizado un trayecto para entregarlo a vendedores ambulantes y ciudadanos de la calle, hasta convertirlo en espectáculo de desorden, suciedad y peligro.

Ahora se habla nuevamente de llenar la angosta vía con rutas de buses articulados, cuando se sabe que estas necesitan espacios anchos para la construcción de estaciones y el paso de los vehículos. Lo triste es que a ninguna administración se le ha ocurrido embellecer la emblemática vía para convertirla en el principal referente de la capital.

Regresamos a lo que Álvaro Gómez llamaba una mentalidad “miserabilista”, que jamás piensa en grande y que no sabe mirar al pasado ni proyectar un futuro importante. No comparemos la séptima con los Campos Elíseos en París, ni con el Paseo de la Castellana en Madrid, ni con las grandes avenidas de Londres, porque están muy distantes. Miremos a nuestros vecinos: la gran Avenida de Mayo en Buenos Aires, que nada tiene que envidiar a las construcciones europeas, o el Paseo de la Reforma en Ciudad de México, construido con visión y gusto imperial. Aquí, entre nosotros, no caben esos proyectos, puesto que pensamos en pequeño, no nos importa el pasado histórico y, por falta de espacio y de recursos, debemos utilizar todos los espacios disponibles con buses, motocicletas y automóviles.

Ya es hora de embellecer a Bogotá para convertirla en una urbe respetable, no solo por su tamaño, sino por su aspecto. La ubicación de la ciudad a lo largo de los cerros orientales y con las edificaciones históricas mencionadas arriba es un punto de partida para crear un paseo exclusivo a lo largo de nuestra calle principal. No se entiende dónde están la Sociedad de Mejoras y Ornato —otrora tan influyente—, ni las academias de historia, ni las facultades de arquitectura, ni los ciudadanos, ni los concejales, ni el Ministerio de Cultura, pues ninguno aparece en el debate sobre la suerte de la principal vía. La discusión se ha limitado a una especie de pequeña consulta popular promovida por contrastistas con algunos vecinos, donde se les han endulzado los oídos hablándoles de la belleza de las futuras estaciones, de la eficiencia de los buses híbridos y de otros “espejitos”.

No todo es funcionamiento: la estética también forma parte del desarrollo. No solo vivimos para transportarnos de un lugar a otro, también es necesario disfrutar de ciudades embellecidas, y Bogotá puede llegar a convertirse en una urbe hermosa si aprovechamos el paisaje que tenemos: los cerros con su parque Nacional, las quebradas y ríos que desde ellos descienden, el maravilloso clima y el cielo, la buena arquitectura de varios siglos y la capacidad de imaginación. La séptima es una buena disculpa para comenzar una discusión seria sobre los aspectos estéticos, históricos y culturales de lo que fue la capital del virreinato y continúa siendo la capital del país.

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