Un alma, al enterarse de que el Creador la tenía destinada para encarnarse próximamente en Colombia, decidió escribirle, por estos días, una carta al Niño Jesús. En ella le cuenta que ponía unas “condiciones” muy particulares para aceptar ser parte de esta convulsiva nación. Por considerarla de interés general, reproduzco el texto con la ortografía corregida:
“Adorado Niño: cuando supe que el Santo Creador había decidido que yo tomara forma, como varón o mujer, en la Colombia del siglo 21, me pareció muy sugestiva la idea, tanto que me tomo la confianza de compartirte algunas de mis condiciones para acceder a ser ciudadano de allá:
● La primera, hacer parte de una familia con hijos, si puedo y quiero tenerlos, bien avenida, próspera, en la que el amor sea real, recíproco y perenne y se proyecte cada día.
● Contar con un empleo o un trabajo independiente que me proporcione ingresos satisfactorios. Es lo menos que pido una vez haya terminado mis estudios. A propósito, quiero encontrar todas las opciones para formarme debidamente en valores y conocimientos que me ayuden a enfrentar con éxito las exigencias de la vida, sin importarme si es en centros educativos privados o públicos.
● Tener los bienes materiales que me ayuden a ir feliz por el camino de la vida y no esperar hasta el final del viaje. Me refiero, por ejemplo, a disponer de una vivienda con las mejores comodidades, una casa de campo en la cual pase mis días de descanso acompañado de quienes yo quiero, un vehículo motorizado para desplazarme, etc. Además, que me aseguren cada año un buen tiempo de vacaciones y me provean de recursos para gozarlas.
● Abundar en medios para darme gustos en la cotidianidad: tener con qué ir a buenos restaurantes, comprar ropa, viajar por sitios y países, asistir a espectáculos de toda clase, adquirir elementos cotidianos en almacenes modernos, pertenecer a un club social, etc. Lujitos, Niño, lujitos.
● Como el Santo Hacedor crea a las personas de tal modo que es imposible que carezcan de problemas de salud, deseo encontrar una atención eficaz durante las dificultades que llegue a padecer. ¡Ah!, y que se me respete el derecho a una muerte digna, como le dicen allá en la tierra a cierta manera de cerrar la existencia.
● Eso, Divino Niño, se relaciona con la vejez, la etapa a la que muchísimos seres humanos se enfrentan antes de fallecer, prevista por el Creador. Mi condición es que, si llego a tal etapa, pueda contar con los medios para pasarla digna y maravillosamente: gozosa, armoniosa, en paz, rodeada del amor de quienes aún me quieran.
● También viviría en Colombia si a sus gobernantes se les elige de forma democrática y transparente, y son honrados, idóneos, cercanos a la comunidad, conocedores de los problemas y las oportunidades, impulsores del progreso y el bienestar general.
● Si puedo disfrutar de las libertades individuales necesarias para ser feliz, realizarme como criatura y ayudar a otras a serlo, sin reducir o afectar los derechos de las demás.
● Si es una nación sin gobiernos totalitarios, con instituciones sólidas, honorables, cultas, configuradas para el servicio de la sociedad.
● Si es regida por una Constitución digna y sabia, bajo la cual se conciban y expidan normas respaldadas por una justicia proba, pronta y acertada, libre de sospechas, en beneficio de la comunidad, la inclusión, la convivencia y la felicidad de todos sus ciudadanos.
● Si dispone de unas fuerzas armadas corpulentas, prestigiosas y aptas para proteger la soberanía y el orden justo en un país sin mafias y organizaciones criminales, con la seguridad pública garantizada como símbolo del respeto de unos con otros.
● Por último, si desarrolla unas relaciones internacionales constructivas, en procura de una humanidad más fraterna, civilizada, con un presente de mayor calidad y un futuro superior para las nuevas generaciones”.
La carta finaliza con una pregunta del alma: “¿Tú crees, Divino Niño, que, si acepto encarnarme en Colombia, podré encontrar allá todas estas cosas, o incluso más?”.
La respuesta, aparte de afectuosa, fue rauda y breve, con la sinceridad de los niños: “¿El paraíso en Colombia? Ni lo sueñes”.
Palabra de Dios…
INFLEXIÓN. Si en nuestro país es imposible el paraíso, que también lo sea el infierno.
