Colombia tiene talento (para embrutecer al “teleinvidente”)

Jue, 01/03/2012 - 00:00
Hice el sacrificio. Me sometí a la tortura de padecer durante una hora, alternativamente gracias al zapeo, los mayores síntomas de descomposición cultural que presen

Hice el sacrificio. Me sometí a la tortura de padecer durante una hora, alternativamente gracias al zapeo, los mayores síntomas de descomposición cultural que presenta cualquier sociedad moderna. Me refiero naturalmente a los dos realities más vistos por los millones de colombianos adictos a las drogas más consumidas en el país: “Yo me llamo” y “Colombia tiene talento”. El objetivo principal del ejercicio masoquista era intentar discernir cuál de los dos bodrios realizaba un despliegue más escandaloso de mediocridad.

La popularidad de la reality television hizo explosión global a finales de los noventa. Cuando creíamos que ya nada podía ser peor que las telenovelas o los programas de concurso, el reality show llegó para desmentirnos y recordarnos que siempre es posible caer más bajo para atrapar mayor cantidad de “teleinvidentes” y de este modo rendir culto al rating. Para quienes aún no lo saben, el rating es la técnica estadística más sofisticada que hoy existe para medir la cantidad de estúpidos sin autoestima que tiene un país.

El artilugio del reality consiste en explotar el sueño de éxito fácil más profundamente arraigado en el teleinvidente promedio. ¿Qué podría ser más idóneo para alienar “gente corriente” que ponerla a ejecutar cualquier variedad de monerías y banalidades, con valor agregado gracias a la mise-en-scène que envuelve la televisión, delante de millones de más personas corrientes?

La profesionalización de la “medianía” (participante de reality es una nueva carrera) y la celebridad del “hombre medio” cuando gana son sin duda la cumbre de cualquier televisión: el paroxismo de la vulgaridad. Porque eso es en esencia el reality, un reencauche del mito de “ascenso social” que antes de su aparición era explotado con exclusividad por la telenovela y el programa de concurso tradicional. Sin embargo, lo paradójico del reality es que por la naturaleza del medio donde se desarrolla lo que en principio es “real” (gente corriente en lugar de actores profesionales, diálogos a cambio de libretos), una vez adaptado al formato pierde cualquier viso de realidad y degenera en algo todavía más espurio que la televisión convencional.

“Yo me llamo” de Caracol es un programa donde premian a los individuos por dejar de ser ellos mismos para encarnar mediocremente a otros individuos que gozan de fama porque cantan. Si pretendía ser una alegoría del patetismo implícito en todo teleinvidente consagrado que prefiere desperdiciar su vida sentado frente a un aparato viviéndola en cuerpo ajeno mediante otras vidas recreadas, el programa es incontestablemente un éxito. Desde luego que ver realities resulta tanto más denigrante cuanto más mediocres son los concursantes. Pero de lejos lo más espeluznante de “Yo me llamo” es el talante de los “jurados” encargados de decidir si la imitación fue exitosa: Amparo Grisales, ícono nacional inalcanzable de la mala actuación bien remunerada; un sujeto cartagenero pero con acento cubano que se viste peor que Édgar Perea en sus años dorados, cuyo nombre no retuve y que nadie que conozca ha conseguido descifrar en qué consiste su talento; y Luz Amparo Álvarez, la mejor imitadora profesional del país quien, curiosamente, siendo la única con alguna autoridad para juzgar el performance de los concursantes es quien menos importa en el programa (este podría interpretarse como otro fino detalle irónico de los realizadores que resalta que allí lo que menos importa es el verdadero talento).

El otro bodrio se llama “Colombia tiene talento”. Tan poco talento tienen los “creativos” de RCN que para competirle al reality de Caracol tuvieron que comprar la franquicia de un embutido originalmente británico y luego ensayado con éxito en Estados Unidos: America’s Got Talent. En este programa nuevamente el patetismo desborda los límites de lo tolerable: cantantes, magos, acróbatas, comediantes, domadores, transformistas y toda suerte de payasos hacen gala de la más amplia gama de ridiculeces para intentar convencer de su “talento desconocido” al jurado, compuesto a su vez por tres individuos nacional e incluso internacionalmente reconocidos por su escaso talento: una exreina de belleza, un galán de telenovelas y un revuelto de presentadora con modelo y comediante. (Particularmente abrumador resultó ver a un participante que se puso un caballo de tela alrededor de la cintura, mientras daba saltitos que simulaban el galope, ser aclamado unánimemente al cabo de su presentación como rebosante de talento).

Debido al rating superior que tuvo Caracol con la pasada temporada de “Yo me llamo”, RCN decidió terminar su anterior reality (“Factor X”) y probar suerte con “Colombia tiene talento”. Uno se pregunta por qué la opción escogida fue comprar un programa igual de estéril para el televidente que el de la competencia, en lugar de ensayar algo distinto y si no particularmente inteligente al menos novedoso. Pierre Bourdieu da una respuesta al respecto en su reflexión clásica “Sobre la televisión” cuando señala que la lógica de la competencia y el rating, lejos de conducir a la diversidad (como ocurre en otros ámbitos del mercado), termina por homogeneizar la oferta debido a la identidad de anunciantes y público que hay entre los canales. En otras palabras, en el mercado de la televisión “cada uno de los productores es llevado a hacer cosas que no haría si los otros no existieran”. Prima aquí la lógica de que para decidir qué se va a transmitir hay que considerar primero lo que está transmitiendo la competencia.

Todo indica que la función social (manifiesta y latente) de la televisión colombiana es embrutecer. El cariz de los programas más vistos en Colombia le sigue dando a Fellini la razón: “La televisión es el espejo en donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”.

@florezjose en Twitter

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