Extraño perdón el que concedió el presidente de Ecuador, Rafael Correa, a los directivos del diario El Universo de Guayaquil y a uno de sus columnistas. Un perdón sin reconciliación, repleto de recriminaciones, condiciones y advertencias.
“Perdono, pero no olvido”, dijo muy claro el ofendido, en los últimos minutos del largo discurso que sirvió de preámbulo a la indulgencia. Y en Colombia, sabemos bien qué quiere decir Correa cuando suelta esa frase. (Se nos grabó la mirada de tigre que le clavó al entonces presidente Uribe, cuando este fue a darle la mano, durante un encuentro internacional, luego del bombardeo en Sucumbíos). Por eso es más preciso referirnos al gesto que tuvo con los condenados, como un acto de remisión, cuyas connotaciones son estrictamente jurídicas. Nada personal, el corazón ahí no jugó ningún papel, aunque así lo haya insinuado el mandatario y lo hayan subrayado sus subalternos. Puro cálculo político. De no haber hecho lo que hizo, hubiera quedado como un zapato frente a la comunidad internacional.
Que no se lo merecen (el desabrido perdón), señores periodistas, les dejó muy claro el jefe de Estado de su país, cuando esta semana puso punto final (¿suspensivos?) al episodio más rocambolesco de la historia reciente de Ecuador, que empezó en septiembre de 2010 con un Rafael Correa fuera de sí, abriéndose la camisa en actitud retadora frente a las cámaras y a los uniformados sublevados; que siguió en febrero de 2011 con una columna acusatoria contra Correa publicada en El Universo; que desembocó en un juicio tenso, una demanda exorbitante y una condena de 40 millones de dólares y tres años de prisión para los implicados y que terminó, por ahora, en una absolución pública, amenazante y pendenciera.
“He decidió perdonar a los acusados, concediéndoles la remisión de las condenas que merecidamente recibieron”. Quedaron notificados El Universo y la prensa toda de que si no se autocensuran, los censuran, los callan y los cierran. Inaudito y vergonzoso, pero reflejo fiel de las luchas de fuerzas que vivimos en todos los frentes. T-o-d-o-s. Incluyendo los medios de comunicación que, si de poderes vamos a hablar, es mejor que no se arrimen a la candela. (El que tiene rabo de paja…).
Leí y releí el texto completo del lanzamiento de ese nuevo hombre latinoamericano, llamado Rafael El Magnánimo y, muy a mi pesar –soy periodista hasta mis escasas pestañas–, concluí que si bien la persecución de Correa al trabajo de reporteros y opinadores no tiene ninguna justificación, sí puede ser entendible en algunos aspectos. En el humano, por ejemplo. Si él, tal como asegura en su carta al mundo, se sintió atacado y sin derecho a defenderse, ocupando el puesto que ocupa, qué no podrán sentir los ciudadanos de a pie que no tienen ni voz, ni voto, ni posición, ni plata, ni abogados. Ni los ojos fulminantes de El Magnánimo. “Jamás, hasta ahora, un diario de América o del mundo ha pedido la versión del ciudadano Rafael Correa sobre este caso. Jamás”.
También leí con atención la columna de la discordia titulada “NO a las mentiras”, firmada por Emilio Palacio. Y no me gustó. Me pareció temeraria y arrogante, escrita con una arrogancia equiparable a la que caracteriza al Presidente Correa y salpicada de acusaciones muy graves que, al parecer, no se pudieron comprobar. “El Dictador debería recordar, por último, y esto es muy importante, que con el indulto, en el futuro, un nuevo presidente, quizás enemigo suyo, podría llevarlo ante una corte penal por haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso contra un hospital lleno de civiles y de gente inocente. Los crímenes de lesa humanidad, que no lo olvide, no prescriben”.
Y que no nos traten de convencer de que lo que las partes pretendían era rescatar la Verdad, con mayúscula. Qué va, suena a teoría de la escuela romántica. En este caso el pulso que se libró fue entre dos poderes omnímodos. Igualitos los dos protagonistas: ninguno de los dos tiene idea de lo que la libertad de prensa significa. Entre otras razones, por una muy sencilla: han obrado llevados por el odio antes que por la responsabilidad. De ahí que unos y otros quieran cobrarse el triunfo, sabiendo, como sabemos, que todos perdieron.
Es que en esa relación amor-odio que suelen sostener los emporios periodísticos y los gobernantes, es decir los poderosos, la urdimbre está enmarcada en tantos y tan susceptibles intereses –distintos al de la Verdad, por supuesto–, que siempre terminarán por imponerse el amancebamiento descarado o el estrellón de vanidades. Con el periodismo llevando del bulto, aparando guiños o puñetazos, según ondee el viento. Triste, muy triste para quienes amamos este oficio.
En todo caso, y terminando por donde empecé, lo más desafiante en este aparente perdón –yo, de ser uno de los agraciados por la magnanimidad presidencial, saldría de Quito como una flecha-, no es el perdón en sí mismo; es el tonito castigador con el que fue otorgado.
