Confesiones de un azafato

20 de noviembre del 2010

El tiempo se nos pasa volando, con la cabeza entre las nubes casi todo el día y con frecuencia la noche, a veces sin siquiera darnos cuenta que el mundo afuera sigue su marcha sin que nosotros estemos con los pies en tierra. Frases que suenan cliché, pero que en nuestro caso se pueden tomar al pie de la letra. Trabajo como auxiliar de vuelo, azafato, tripulante, comisario, o maldito &%$·*/, como nos llaman nuestros amables pasajeros del mundo.

En este blog/columna lo que voy a hacer es contar algunas intimidades de mi oficio. Me han dicho en ocasiones, cuando algunos se enteran sobre mi trabajo, que su sueño de juventud fue ser azafata/o, aunque son más las mujeres las que lo confiesan, porque desde que empecé en esto, existe la idea de que esta labor es de féminas, o si acaso, de homosexuales. Están equivocados, hay que ser muy macho para aguantar tanta brega y trajín. No me meto con las preferencias sexuales de nadie… confieso que solo un poco para los chismes de galley –cocina y lugar preferido por los auxiliares para reunirse a hablar mal y mamarle gallo a los compañeros y pasajeros del vuelo- o después del viaje, en la piscina o lobby del hotel. Pero es cierto que hay muchas mujeres y con frecuencia compañeros delicados a quienes se les notan las plumas coloridas. Esto es solo una realidad que hace que las anécdotas y situaciones que se presentan sean aún más interesantes y pintorescas.

Les cuento sobre este glamoroso mundo de auxiliares de vuelo, a los que les tomaré prestadas sus historias y eventos, sin consideración al orden cronológico, al nombre o genero de los individuos a los que realmente les sucedieron. Nada de derechos de autor. Aunque digo glamoroso, lo digo en tono irónico, porque este trabajo que a la larga se vuelve una forma de vida, es muy poquitico glamur, y mucho de vivir dando tumbos de aeropuerto en aeropuerto, de hotel en hotel y de un avión a otro, y muchísimo más de trabajo duro, pesado, y muchas veces poco gratificante, dentro del cual la mejor parte es regresar a casa, para en pocos días volver a empezar el ciclo.

Para ser azafato hay que hacer un curso y sacar licencia de vuelo. En este caso dos meses, encerrado en un centro de aprendizaje en Texas, con personas de todas las edades provenientes de docenas de países. El centro es una villa con hotel cinco estrellas, salas de conferencias de primer nivel, piscinas, museo, restaurantes, cafeterías, salas de computadores, televisión, pool y videos, simuladores de avión de todo tipo, áreas verdes y algunos sitios misteriosos, todo confinado en unas hectáreas, limitadas por  dos autopistas gigantescas. Mejor dicho, lo que se puede desear para ser un tripulante feliz. Mi compañero de cuarto y yo también pensamos lo mismo, cuando llegamos al Centro de Aprendizaje de la aerolínea, con otros veinte colombianos, sin tener muy claro lo que nos esperaba.

La madrugada es inevitable. Después de verificar que los zapatos están cepillados, la camisa planchada y el pelo bien peinadito, no sea que nos devuelvan al cuarto a arreglarnos, desayuno tipo americano en la cafetería, donde el huevo, el café y el pan saben todo a lo mismo y engordan  un kilo. Luego, memorizar las siglas y códigos de ciudades mundiales, VVI es Santa Cruz, ¿donde queda eso? En Bolivia, hombre.

Luego la práctica para que el pasajero del asiento 20b, expulse la carne atorada que lo está asfixiando y pasamos a aprender cuantos extinguidores para fuego tipo B, hay en un Boeing 727/300, que por cierto, ya no volamos. Todo esto antes de engullirnos a toda velocidad los 6 kilos respectivos del almuerzo.

Quince días después, un domingo, único día libre, un grupo de fugitivos caminamos por la autopista vía a la tienda/bar de mala muerte que hay al lado de una gasolinera, único lugar habitado fuera del área de influencia del centro, en busca de un poco de LIBERTAD.

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