Crónicas de un tipo cualquiera (7) Valores Ciudadanos

Sáb, 19/05/2012 - 09:00
No es frecuente que Aicardo Rodado salga a transitar por Bogotá en su carro. Le molesta la forma irresponsable y agresiva en que se maneja en la ciudad, le incomoda la falta de espacios adecuados par
No es frecuente que Aicardo Rodado salga a transitar por Bogotá en su carro. Le molesta la forma irresponsable y agresiva en que se maneja en la ciudad, le incomoda la falta de espacios adecuados para estacionar, le disgusta la actividad mercantil asumida por los “cuidadores de carros”, le desespera el robo de vehículos; la invasión de autos y motos de los andenes; el ruido de los motores y los pitos, la contaminación ambiental de los carburadores, el abuso en los precios de los parqueaderos, y le obsesionan todos los problemas que causan los vehículos motorizados. Sin embargo, la falta de un servicio público de transporte adecuado, digno y amable lo obligan a sacar el carro de vez en cuando. Es en esta función de conductor cuando más se da cuenta de la falta de valores morales, éticos y de comportamiento que nos rigen a todos hoy en día en esta urbe. El conductor irresponsable que para en medio de la vía a conversar con otro conductor bloqueando el paso sin considerar a los demás, el chofer de bus que lanza su vehículo contra un grupo de jóvenes que atraviesan la calle sin poner atención; sin importarle que pueda atropellar  a alguno, los miles de motociclistas que meten sus máquinas por las áreas peatonales o restringidas sin importarles un pito la seguridad o comodidad de las demás personas, el chofer ebrio que ni siquiera piensa en el posible crimen y las consecuencias que puede echarse encima manejando en estas condiciones, el conductor particular que estaciona el carro en la vía mientras va a hacer compras, y el motociclista que ni siquiera a oído o leído las normas de conducción para sacar el pase, son algunos de los personajes desatinados que hacen que Aicardo dude de los valores que manejamos. En Colombia, o por lo menos en Bogotá vista como conjunto social o grupo de personas que vivimos en un área determinada, tenemos unos valores escuálidos, volubles y débiles. La nobleza, la consideración al prójimo, la dignidad, la honestidad, la buena educación, la humildad y la valentía son únicamente palabras vacías, que no tienen significado para nuestros propios actos y que sin embargo usamos para quejarnos o reclamar a otros. En muchos casos, estos valores que en el mundo ennoblecen a su poseedor, en nuestro medio tan solo son características de unos pocos, y que en algunas circunstancias, por esto mismo son objeto de burla. Afortunadamente aun existen individuos ajenos a este mal, pero sin lugar a dudas son la gran minoría. Nuestros dirigentes políticos y sociales, los grandes empresarios, el ciudadano común y hasta los dirigentes espirituales se rigen por una forma empequeñecida o retorcida de estos valores, si es que se rigen por alguno, y los verdaderos valores engrandecedores del ser humano son considerados obsoletos y pendejos. Muchos de nuestros ciudadanos mienten, roban, estafan, desfalcan  y de una u otra forma cometen ilegalidades o inmoralidades de mayor o menor importancia, que justifica cada uno a su manera. Por esta misma razón el ciudadano de Bogotá vive con miedo, y su respuesta a estas agresiones son el mutismo, el pretender que no es asunto suyo, o haciendose el desentendido. Somos, como mínimo,  cómplices de la constante estafa, robo, y chantaje cometido por todos nuestros compatriotas y ciudadanos en contra de nosotros mismos. Con nuestro silencio somos culpables de complicidad con la guerrilla y los paramilitares y con los entes de poder armados legales cuando actúan en contra de sus obligaciones morales y legales. Con nuestra indiferencia somos partícipes con los dueños de almacenes o de restaurantes cuando invaden el espacio público para instalar sus estacionamientos, mesas o propaganda, o cuando de una u otra forma evaden impuestos sin que nosotros nos demos por enterados. Con nuestra aceptación somos colaboradores del limpiador de vidrios que, utilizando nuestro miedo como su arma de chantaje, nos obliga a entregarle una moneda a pesar de que no queramos que nos limpien el vidrio, o el cuidador de carros en la calle que nos extorsiona y cuya única función es sacarnos a la brava una ¨propina¨ por un servicio que no presta, que no debe prestar y que obviamente no sirve para nada, pero que todos pagamos por simple temor. Los bogotanos vivimos asustados por el medio social que nos rodea con violencia, nos da susto abrir la boca cuando nos coaccionan, nos da cobardía reaccionar ante la injusticia, nos da pánico defendernos. Pero es nuestra propia culpa por haber convertido el chantaje y la falta de valores en algo natural, cotidiano y correcto. La única forma de cambiar esto es dar la cara, enfrentar el miedo que nos embarga y con respeto y decencia no aceptar a los canallas y sus actos por pequeños o triviales que nos parezcan, aun si el canalla somos nosotros mismos.
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