De eufemismos, enredos y mentiras

26 de mayo del 2011

Este alrededor donde nos tocó nacer y vivir es, qué duda cabe, un lugar de evasivas y de embustes. A casi nada se le llama por su nombre y en cambio de tomar los caminos cortos, y sin ambages, se eligen los más enroscados y tan llenos de aristas como sea posible. Con la pretensión de parecer amables, utilizamos una retórica serpentina; somos farsantes y nos recreamos en la patraña; pocas veces le decimos al pan, pan, o al vino, vino, y solemos temporizar con las tergiversaciones y los equívocos. Decir regáleme, en cambio de sírvame o deme, y “recuérdeme su nombre”, en vez de cuál es su nombre, pone de presente cuanto nos gusta la ambigüedad y hace axiomática, en aras de una fingida educación, la habilidad que tenemos hasta para disfrazar el hecho, natural a todas luces, de solicitar algo. Por razones parecidas se le dice cabello al pelo, dentadura a los dientes y odontólogo al dentista. En aras de un pretendido señorío utilizamos el verbo colocar en vez del llano, y mucho más jugoso, poner y se esgrimen otro sinfín de sinónimos que nos parecen más “distinguidos” o que suponemos menos “injuriosos”. ¡Pamplinas! La supuesta galanura lingüística, a la postre, no pasa de ser otro síntoma de un talante de retorcimientos.

Eso sin hablar de la susceptibilidad que también se emparienta con lo mismo. En otros sitios, cuando alguien dice “hola” o buenos días, todos los presentes quedan agasajados, y para todo el día. Aquí no: amén de saludar de forma generalizada es preciso dirigirse a cada persona en particular. En una oficina, por ejemplo, hay que sonreírle y agregar unas palabras “cordiales” a cada quién cada vez que pasa por el lado; en caso contrario, además de ser tildado de desatento, surgen los recelos y las suposiciones. Pocas veces alguien se atreve a expresar de forma tajante su opinión y cuando lo hace, la reacción inmediata del interlocutor es decirle “no se ponga bravo” como si con semejante ridiculez se conjurara la franqueza. La solidez de una voz se confunde, maliciosamente, con un grito y la expresión “no sea grosero”, en la jerga diaria, se le aplica a todo aquel que se expresa sin rodeos, aunque esté lejos de emitir altisonancias y menos aún indecencias. Manifestar un desacuerdo, aunque se haga en tono menor, equivale a ser un malcriado.

Por supuesto que esa supuesta delicadeza hace carrera al unísono con la hipocresía: el eufemismo es la consecuencia de una condición, el sedimento del disimulo y un reflejo de la socarronería. Pocos asumen la responsabilidad de lo que dicen. Rumorearnos parece delicioso pero pocas veces se reconoce lo que se cuchichean. El único freno del chisme parece ser el qué dirán puesto que quedar bien es una necesidad innegociable; cuando se desenmascara a quien urde una patraña el que termina por convertirse en un malvado es aquel que destapa el entuerto y no quien ensambló el comentario. La congruencia parece no existir y la mayoría le saca el quite, con desparpajo, a lo que dice. ¿Cobardía, cinismo o una especie de regocijo en el hecho de simular? Quizá lo que ocurre es que el fingimiento terminó por fundirse con la identidad…

La marrullería,que tal vez comenzópor campearen los ámbitos sociales,acabó por evidenciarse en otros entornosy hace mucho que dejó de ser un juego. Valga citar como ejemploese galimatías deincoherencia, dobles vínculos, amistades a contrapelo de los intereses de la colectividad ysimulaciones de ida y vuelta que se han ido tejiendo alrededor del carrusel de las contrataciones, o de las chuzadas,y que demuestra que, en el fondo, todo es igual: somos incapaces de ventilar verdades y de encontrarlas;la Fiscalía ha de verse en calzas prietas para sortear los telones de humo que ensamblan quienes, a la postre, se arropan con la misma cobija. Está vistoque,cada vez con mayor ahínco, seeligenlos senderos retorcidos por los pingues beneficios que traen consigo.¡Cuanto mejor le hubiera ido al paíssi fuéramos frenteros,si dejáramos de lado los rodeos ysi evitáramos los laberintos que acariciamos con fruición!

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