Dieta de 4 emes: Menos, Mejor, Más despacio y Más acompañado

30 de marzo del 2011

Un buen amigo, médico salubrista prestigioso, preocupado (y se lo agradezco) por mi sobrepeso me regaló hace dos meses un excelente libro de una eficaz dieta con recetas incluidas.  En tres o cuatro semanas he perdido por lo menos cinco kilos de peso, ¡oh alegría, oh satisfacción, oh Nirvana!  Subo las escaleras con más energía, muchos observan que estoy más delgado, duermo mejor, pero no digo el nombre de la dieta evitando caer en esa propaganda dietética tan común en nuestros días.

Es paradójico que en nuestra cultura existan miles de instrucciones nutricionales para bajar de peso mientras sufrimos de una epidemia global de obesidad en países pobres y ricos.  O nuestra naturaleza humana es rebelde a seguir instrucciones sensatas, cosa absolutamente probada en la historia, o hay un grave problema en las instrucciones mismas.  Quisiera adelantar algunos comentarios sobre este último aspecto.

Las recomendaciones dietéticas fácilmente se convierten en normas sectarias: esto sirve para esta enfermedad, comiendo esto no te da aquello, esto ni lo pruebes, sólo comas de aquello o cocinado así, etc.  Convertimos el delicioso yantar en farmacología y se nos olvida que las enfermedades cuya prevalencia intentamos disminuir con cambios nutricionales son multifactoriales.

La evolución nos ha preparado para ser curiosos animales omnívoros.  Sólo así hemos sobrevivido.  Estamos lejos de ser osos pandas y depender nutritivamente de cogollos de bambú.  De hecho los simpáticos pandas también comen pequeños roedores, aves y peces.

Siéntase autorizado por la evolución biológica a comer de todo.  Entonces, ¿qué hacer y cómo nutrirse?  Ya que “Raimundo y todo el mundo” se siente consejero dietético adelantaré mi recomendación.  Es la dieta de las 4 emes: menos, mejor, más despacio y más acompañado.

Menos.  Desde hace más de 70 años se sabe que una reducción marcada en las kilocalorías totales de la dieta produce una sobrevida significante en animales de experimentación.  Una reducción de 40-60 por ciento de las kilocalorías produce un aumento hasta del 50 por ciento en el promedio de vida.  Esto se ha comprobado en ratas, ratones, peces, lombrices, arañas y levaduras.  Recientemente se ha demostrado en primates no humanos.  Lo difícil en nuestra especie es conseguir individuos dispuestos a aceptar una dieta de 1.000-1.200 kilocalorías diarias por tiempo prolongado.

Recuerdo una publicación donde el autor narraba como había voluntariamente seguido esa dieta por mucho tiempo y esperaba entonces vivir más años que su familia y su gato que comían normalmente.  En el artículo se mostraba una foto del emaciado autor con su sonriente familia y uno no sabía sinceramente que estilo de vida escoger: si vivir mucho tiempo con hambre o comer como el gato.

Lo interesante es que los estudios más recientes muestran que el único órgano que no se atrofia con dietas hipocalóricas prolongadas es el cerebro y tampoco se ven en estos casos cambios marcados de envejecimiento cerebral.  Es como si el cuerpo prefiriera sabiamente salvar el cerebro en situaciones de carencia calórica.

Podemos cambiar contra natura esta respuesta adaptativa.  En Estados Unidos se ha puesto de moda dietas rigurosas con inyecciones de hormonas placentarias (hGC) que inducen al cuerpo al engaño haciéndolo creer que está en “embarazo” consumiendo depósitos grasos y preservando la masa muscular.  Algunos atletas masculinos, quizás con atrofia cerebral, han acudido a estas maniobras bioquímicas para perder peso sin perder músculo.  Este dopaje ha sido prohibido por las autoridades deportivas.

La segunda eme de nuestra dieta es Mejor: comer menos y mejor.  Las últimas recomendaciones nutricionales del gobierno estadounidense le recomiendan a los ciudadanos “gozar sus comidas pero comer menos”.  Los estudios han mostrado que la dieta promedio de ese país, globalizada a través de millones de pizzerías y hamburgueserías, obtiene gran parte de sus proteínas de una única fuente: la carne vacuna molida.  Gozar la comida es experimentar, probar cosas distintas, aprender a nutrirse de cosas nuevas.

Lo que lleva a la tercera eme: Más despacio.  Tradicionalmente nuestras madres nos han enseñado que hay que masticar muchas veces.  Puede ser cierto que esto produzca mayor sensación de saciedad pero no ha sido probado científicamente.  Un interesante trabajo holandés publicado en marzo en The Journal of Nutrition muestra que una comida larga y lenta no lleva a disminuir el deseo de comer entre comidas.

Lo que llamamos comer despacio es pensar qué y cuando se come.  Ser  más consciente de lo que ingerimos, casi planeando nuestras comidas.  No comer de pie, caminando entre una labor y otra.  Y menos frente a la televisión, la gran engordadora.

La última eme es Más acompañado.  Debemos comer en grupo o familia compartiendo nutrientes, tradiciones y la misma experiencia del comer.  Los buenos amigos, como aquel epidemiólogo que me puso a dieta, nos pueden enseñar a comer bien.  Entonces sugiero la dieta de las cuatro emes: comer menos, mejor, más despacio y más acompañado, sin sectas dietéticas.

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