E. coli y maremoto en Bolivia

Mar, 28/06/2011 - 23:56
Hay titulares surrealistas.  Fui testigo del clásico “Maremoto en Bolivia” de El Bogotano (autoría reclamada por Yamid Amat) en tiempos del popular “editorial” semidesnudo de aquellos tablo
Hay titulares surrealistas.  Fui testigo del clásico “Maremoto en Bolivia” de El Bogotano (autoría reclamada por Yamid Amat) en tiempos del popular “editorial” semidesnudo de aquellos tabloides setenteros de nuestra adolescencia.  El 13 de junio de este año El Tiempo casi lo supera con otro absurdo desde un punto de vista médico, y cito literalmente: “Las autoridades descartan presencia de la bacteria E. Coli (sic) en Colombia”. El que demuestre ausencia de E. coli en un humano merecería un premio en microbiología y quien lo hiciera en los habitantes de un país sería merecedor quizás de un Nobel.  Porque la bacteria E. coli es un habitante normal y necesario al equilibrio de la flora intestinal humana. Todos sabemos por noticias del mes pasado que existen variedades de esta bacteria (usualmente la  O157:H7 y ahora la O104:H21) causantes en algunas personas de una enfermedad grave, el síndrome hemolítico-urémico, con anemia y falla renal.  En la última epidemia hubo más de tres mil infectados en Alemania, con unos 800 enfermos graves y 37 muertes. Ya pasado el punto álgido de la epidemia debemos aceptar que se hubiera prevenido y controlado con medidas simples: lavarse las manos (al salir del baño y antes de comer) y lavar bien frutas y verduras (sobretodo las cultivadas con fertilizantes naturales o recogidas del suelo).  Quizás valdría también la pena tener cuidado con carne molida mal cocinada y evitar cortar carnes y vegetales con el mismo cuchillo o en la misma tabla de preparación, porque usualmente el punto de origen de la bacteria es el ganado levantado en condiciones poco  higiénicas. En esta epidemia la E. coli patógena surgió no de pepinos andaluces como se especuló al comienzo sino de una granja ecológica en Baja Sajonia.  Además repitamos dos enseñanzas generales: no debemos exagerar el impacto de las epidemias transformando todo “terremoto” infeccioso en “maremoto”, ni “demonizar” sus causas. Para poner en perspectiva la infección por la cepa O104:H21 de E. coli hablemos de microbios patógenos en nuestra comida.  La CDC de Atlanta, los famosos detectives de epidemias, publicó en Emerging Infectious Diseases un reporte de infecciones alimentarias en enero de este año.  En EE. UU. ocurren al año más de 9 millones de enfermedades asociados a patógenos en la comida.  Apenas 1 en 200 requiere hospitalización y sólo 1 en 6000 es mortal. La mayoría (58%) de los episodios se deben a agentes virales tipo norovirus.  Este grupo de patógenos produce el 90% de las gastroenteritis virales y ellas no requieren antibióticos sino sólo hidratación y medidas generales de sostén.  La segunda causa más frecuente son bacterias tipo Salmonella no tíficas, no productoras de fiebre tifoidea, que llevan a la mayoría de hospitalizaciones y muertes.  La E. coli no aparece en los primeros seis puestos de frecuencia.  De tal forma que el género humano no va a desaparecer en una pandemia por E. coli. Por otro lado esta bacteria ha producido grandes beneficios a la ciencia y la humanidad.  Es una maquinita biomolecular de fácil mantenimiento que se ha usado en decenas de miles de experimentos en todo el mundo.  Para tranquilizar a los aficionados a teorías de conspiración, las cepas usadas en laboratorios de investigación son usualmente poco infecciosas o virulentas. Quizás lo más importante es que los estudios de esa humilde bacteria han demostrado similares procesos básicos biológicos, con algunas excepciones, en todos los seres vivos.  La vida es una, podría decirse, con distintos resultados en animales superiores por particulares presiones evolutivas.  O como expresó bellamente el bioquímico y premio Nobel Jacques Monod: “Lo que es cierto para la E. coli es cierto para el elefante”. Esta visión unitaria de la vida, con sus sorprendentes excepciones, es esencial a la ciencia moderna, la ecología y todo el pensamiento moderno.  No hay nada más apasionante para un biólogo actual que describir en que nos parecemos a las bacterias y en que nos diferenciamos. Desde el punto de vista utilitario la E. coli ha participado en importantes desarrollos terapéuticos.  En los años cuarentas del siglo pasado los científicos descubrieron que esa bacteria podía intercambiar material genético.  Hace cuatro décadas se logró insertar el gen de insulina humana en la E. coli y producir así hormona humana recombinante.  Fue un gran adelanto en la terapia de la diabetes y ha llevado a la producción de otras proteínas humanas en microorganismos. Mucho le debemos entonces a la E. coli.  Lo importante es defenderse, sin histeria, contra sus cepas peligrosas.  Tenemos que aprender a vivir con ella como con muchas otras bacterias.  Recordemos para evitar el contagio con variedades patológicas lavarnos las manos, lavar bien nuestros alimentos, vigilar la producción de carne y leche.  Muchas autoridades piensan que estos sencillos consejos son los descubrimientos más importantes de la historia de la medicina.
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