El debut cinematográfico de Tom Ford

6 de noviembre del 2010

No voy a reseñar el debut cinematográfico del diseñador de modas Tom Ford: A Single Man. Lo que viene a continuación es una mezcla de relato anecdótico, quejas personales, comentarios libres  y algunos elogios que aún sigo divagando después de cinco días de lo que para mí, como entusiasta furibunda de la moda, resultaba ser un evento que esperaba como fan adolescente de los Beatles.

A comienzos de este año recibí con toda la expectativa del caso, una noticia que me hizo caer el maxilar inferior de la emoción; Tom Ford había dirigido una película que ya estaba en rotación. En esta escena particular se involucran dos nombres que para mí resultan situados en una importante escala de valores declarada desierta de competencia dados los altos requisitos que se deben cumplir.

Tom Ford; responsable directo de revivir de manera contundente –a través de un giro radical- la tradicional casa italiana de moda Gucci. Como director conformó un estilo arriesgado en cuanto a una feminidad poderosamente oscura y agresiva. Llena de materiales sugerentes como el cuero, terciopelo y satín, en una paleta de colores que iba del carbón, al cuervo, pasando por el ónix. El resultado: una figura imponente, elegante y tremendamente sexy sin ser vulgar.

Mono Casas; mí ex editor de moda, mentor y amigo, fuente de la noticia, y a quién cada vez que veo, dada su experiencia y conocimiento de todo lo visual y estético, sobre todo moda, siento que podría hacerle la venia que Wayne Campbell y Garth Elgar de la película Wayne’s World, hacen cuando por fin conocen al legendario rockero Alice Cooper: “I’m not worthy! I’m not worthy!”

Mono advirtió claramente: la película es un dramonón, pero visualmente es maravillosa. Recomendada por completo para cualquier enfermo incurable de la información visual. Era un deber verla, y después de una eternidad de diez meses, en los que había perdido todas las esperanzas de verla en pantalla gigante y con balde de maíz, por fin la encontré en la cartelera de estrenos.

Un par de días después entro a la sala de cine con un parche que si no se veían emocionados más bien parecían bien aburridos. Se me pegó el estado anímico y terminé con las expectativas neutras, lo cual estuvo bien o en este momento estaría diciendo que vi una obra maestra del siglo XXI. O algo así de pura fan.

Se apagan las luces y en la pantalla se lee: Fade To Black, el nombre de la productora de cine propiedad de Tom Ford, y me emociono de nuevo. Desde el minuto uno de la primera escena siento una tristeza increíble –confirmado, es un dramonón- y la satisfacción de no creer que los ojos vean imágenes impecablemente diseñadas y selladas con la elegancia y el inconfundible gusto personal del diseñador nacido en Texas.

Es 1962 y Colin Firth como George, protagonista de la cinta, vestido como modelo de anuncio de la marca propia de Ford: camisa blanca, corbata delgada y traje de chaqueta y pantalón ajustados a la silueta, gafas ópticas de montura gruesa. Todo inmaculadamente negro. Traumatizado por una vida homosexual que hacía afuera es deliciosamente estética versus un interior desolado y triste.

Para acompañar sus penas, nada como una mejor amiga llena de fiesta agridulce: Juliane Moore es Charley. Divina como siempre, la actriz se adorna rodeada de sillas de peluche, bronces, filigranas, tules, encajes, arabescos, y toda la opulencia del color y elementos extravagantes. ¡Mucho Rosado! Hasta en los cigarrillos. ¿Dónde los consigo? Femenina e inolvidablemente Hermosa la escena en que se maquilla los ojos al mejor estilo de la modelo ícono de dicha década: Twiggy.

El resto de los personajes, todos notablemente escogidos a dedo por Ford. Son tan bonitos que hasta se puede sentir lo bien que huelen. Obviamente se tenían que colar dos modelos profesionales: la Bardotesca Aline Weber y uno de los favoritos de la gran mayoría de las campañas de Ford: Jon Kortajarena, quien para mí resultaba siendo uno de los hombres más guapos actualmente, hasta que una de las escenas de la película hizo que ahora me parezca lobísimo.

Kortajarena retratando una especial de James Dean/ Marlon Brando joven (en la película The Wild One) fue tan obvio en la personificación que hasta su personaje en la cinta lo cuenta tranquilamente. Como explicando lo que ya no puede ser más evidente. Dean y Brando resultaron convirtiéndose en íconos gay por estos papeles, pero de manera accidental. No por guapos, sino por la combinación de masculinidad y rebeldía que exudaban por cada poro.  Lo cual artistas plásticos gay como Pierre et Gilles explotarían al máximo décadas atrás, con elementos que se volvieron comunes para la comunidad gay como el vestuario del motociclista rebelde forrado en cuero y denim.

Rob Halford vocalista de la banda de metal Judas Priest es un ejemplo contundente de dicho vínculo, pero en el caso del personaje de la corta escena que hace Kortajarena, al verse pre fabricado, pierde el atractivo de la rebeldía por completo. Aparte habla le dice a George (Firth), que habla español perfecto cuando no se le entiende nada.

Vuelvo a enamorarme de Ford cuando vincula elementos particulares con las emociones de los personajes de la historia: Los tajalápices de colores, los Fox Terrier de pelo corto, los labios, el pan de molde, las armas, la nieve, la Madera de la casa suburbana en donde vive George (Firth), el nudo Windsor en la corbata, el cashmere rosado los cigarrillos, el humo de este, y aunque para mí gusto particular, en exceso, las nalgas masculinas…

La experiencia y trayectoria del que ha sido catalogado varias veces como diseñador del año por las revistas Vogue, GQ, Time, ELLE, y el CFDA (Consejo de Diseñadores de Moda de América) de Ford es palpable en toda la cinta, pero siento como si Ford hubiese escogido dirigir una película como excusa  para poder hacer una gran campaña visual que demuestre lo hábil que se siente –y es- a la hora de alimentar a través de imágenes.  Pero lo encuentro predecible en cuanto al tema gay, y pretencioso en cuanto a su manejo visual y estético, aún cuando tiene por qué serlo.

Me encanta un buen editorial de moda pero creo que varias veces la película perdía naturalidad y se volvía curiosamente plana cuando lo que se veía era TAN pulido. La escena en la playa rocosa parece una secuencia de fotografías del gran fotógrafo de moda Herb Ritts, quien se caracterizaba por un blanco y negro lleno de contrastes. Parecía un comercial de Calvin Klein extendido.

Hoy aún no puedo decir si la película es Buena. No es mala, y anoche la compré para tener una copia original de lo que más allá de mis consideraciones, creo que es legado de material visual histórico en el ámbito de la moda y el cine. Lloré el final como una Magdalena –casi siempre lo hago en las películas- y me encontré con un revuelto de emociones hacia Ford. Ahora quiero ver su próxima colección en el campo que domina como el experto que es: las pasarelas, y en un futuro –ojalá próximo- otra cinta que reconcilie y deje dormir tranquilo mí espíritu de fan levemente inconforme.



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