El día que se salvó la democracia

Mié, 03/10/2012 - 09:02
A pocos días de la iniciación de los diálogos, en Oslo, resulta conveniente recordar un hecho histórico que es un homenaje a la capacidad de reacción de los colombianos frente a la adversidad.

A pocos días de la iniciación de los diálogos, en Oslo, resulta conveniente recordar un hecho histórico que es un homenaje a la capacidad de reacción de los colombianos frente a la adversidad. Corría el año 1997 y el país se preparaba para elegir a sus autoridades regionales. En un principio, todo parecía normal, hasta cuando empezó a hacerse evidente el designio criminal de las Farc de impedir la celebración de las elecciones. Algunos creyeron que se trataba de un episodio más, en la larga lista de acciones dirigidas a ensombrecer con el terror el día electoral. Pero, poco a poco, fue quedando claro que el propósito que tenía esa organización era el de infringirle una herida mortal a la democracia colombiana. Con ese fin, incrementaron las acciones terroristas y asesinaron, secuestraron y obligaron a renunciar a candidatos en todos los departamentos. El pánico se apoderó de los aspirantes, primero, y, paulatinamente, de los gobernantes locales, después. Lo mismo sucedió en el Congreso, cuyos integrantes, en lugar de apoyar la tarea del gobierno, se dedicaron a poner en tela de juicio la capacidad de las autoridades para garantizar el orden. Todo empezó a conspirar contra la viabilidad de celebrar la jornada electoral. En el entretanto, las Farc intensificaban la violencia y muchos de quienes habían puesto su nombre a la consideración de los votantes declinaban formalmente sus aspiraciones. Como consecuencia del temor, distintos sectores del país empezaron a reclamar a gobernadores y alcaldes que demandaran el aplazamiento de los comicios. No exagero si digo que ese fenómeno se presentó en cerca de la mitad del país. El gobierno nacional, por su parte, seguía haciendo inmensos esfuerzos para dar confianza a los colombianos. Sin embargo, el empeño no tenía eco. Los medios registraban el terrorismo de las Farc, tanto senadores como representantes ensayaban su elocuencia para señalar la debilidad de las autoridades, y las cartas de renuncia de los candidatos seguían llegando en cantidades crecientes. Para poder capotear la tormenta, no quedaba opción distinta a la de notificar, con cierto dramatismo, si se quiere, que los ciudadanos podrían expresar sus preferencias políticas el día previsto. La decisión que se tomó fue la de no aplazar la jornada en ninguna parte, señalar que las dimisiones no tenían efecto por ser extemporáneas y desplegar una presencia inusitada de la fuerza pública, que cumplió su deber con el patriotismo de siempre, en todos los rincones del país. Por fortuna, esas determinaciones tuvieron el acompañamiento de movilizaciones espontáneas y autónomas de los ciudadanos en contra de la violencia. No obstante, la incertidumbre seguía siendo muy grande. Cuando llegó el día, era imposible dejar de sentir dudas acerca de lo que sucedería durante aquellas horas dramáticas. Se había hecho todo lo posible, sí, pero la dureza de la ofensiva terrorista impedía tener la certeza de que viviríamos momentos sin sobresaltos. Pese a los presagios pesimistas, una vez se inició la jornada, cada minuto que transcurría hacía posible recuperar la confianza en la celebración exitosa del proceso. Y así fue, a lo largo del día, hasta el cierre de las urnas y, posteriormente, durante los escrutinios. Colombia votó en paz, dijeron los medios. Aquel día de octubre de 1997 se salvó la democracia. Todavía hoy tengo dudas acerca de si los colombianos se dieron cuenta de ese hecho histórico, pero lo cierto es que se impidió una fractura irreparable del sistema. ¿Cual es la razón para traer este episodio a colación ahora? Sencillamente, lo hago con el fin de recordarle a las Farc, dedicadas a hacer declaraciones arrogantes e intimidatorias, la capacidad que tiene el pueblo colombiano para hacerle frente a los desafíos.
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