El escritorio de mi oficina.

El escritorio de mi oficina.

3 de noviembre del 2010

Yo me pongo a veces a pensar en vainas… en vainas que me pasan, como las varias veces que me han dejado metido porque no mandé el correíto confirmando (confirmándole al otro que yo sí estoy confirmado), como cuando me han dicho que mejor se lo ponga por correo “por si acaso”, las vainas a las que nos han llevado estos tiempos que corren en bytes .

– Hola – quibo – ¿dónde anda?, quedamos de vernos a las dos de la tarde. Ya casi son las tres, ¿qué le paso?
-¿Cómo, dónde, cuándo?
-Pero si lo conversamos hace dos días, quedamos de vernos  hoy a las dos.
-¡Ay carajo! ¿Tú me mandaste un correíto?
-Pues no hombre, no pensé que fuera necesario…
-Ah vaina,  se me pasó, se me borró de la mente.

Sí, si no está en un correo electrónico no existe. Se acabó la palabra, la memoria, el compromiso básico y fundamental de la palabra y la confianza que esta produce, o producía. Gaitán no llegó a la cita con Castro el 9 de abril del 1948 porque se lo bajaron, pero lo tenía bien anotado en su agenda, vaya y la ve en la casa Gaitán- fabulosa pieza de museo-; con su puño y letra la cita estaba pactada para después de almuerzo. Seguro hablaron, o se mandaron un télex, o más increíble aún: se mandaron la razón con alguien y san se acabó, ¡quedó en firme!, sin necesidad de “correítos” detestables, ni ninguna otra formalidad, electrónica o no, para cumplir lo pactado. Haga lo que haga si no lo pone en correo no hay prueba. Ahora resulta que para la vida cotidiana hay una tarifa legal, la del correo electrónico. Esa es la única prueba de que trabajamos, de que hicimos la vuelta, de que hablamos por teléfono con tal o cual persona, de que cumplimos, de que conversamos, de que nos vimos, ¡de que existimos!. Las frases de un correo electrónico pueden comenzar así , “ de acuerdo con  nuestra conversación telefónica”, “como lo conversamos ayer en la tarde”, “como te conté en nuestra reunión de hoy a las 3 (y son las cuatro)”, o “…pónmelo en un correo..”, “… mándame un correíto solicitándomelo”:  pero si se lo estoy pidiendo acá, yá, ¿qué más necesita?, en presencia suya, de frente y con testigos. Hombre, que no estoy renegando de la valiosa ayuda del correo electrónico, fantástico recurso, pero jalémosle un poco más al honroso compromiso de la palabra. Claro, hay otra cara de la moneda; conozco personas hechas de otra madera. Gente a la que si le dicen nos vemos en tal parte el próximo 16 del mes que viene a las 6:30 pm a tomarnos un café aparecen sin que antes medien tres llamadas, dos correos electrónicos y un par de BBM antes de llegar al café: “ya estoy llegando”, “ya cogí el taxi”, “hola, donde estas que no te veo!”. Gente que está sentada a la hora y el día pactados sin necesidad de tanta comunicación que lo único que mide es la falta de esta. Que me dice de la siguiente frase “… ok, entonces hablamos para ver cuando nos reunimos…” o, “mándame un correo y fijamos la fecha..”. Por Dios!!! de nuevo, si nos tenemos enfrente, su agenda la tiene en la mano, nos toma un minuto fijar la hora de la nueva cita- pero no – , “hablemos mañana”.

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