El espectro Petro

24 de diciembre del 2012

La total ausencia de criterio administrativo del alcalde Petro ya no admite dudas. En él se ratifica una verdad que ronda de tiempo atrás a la izquierda colombiana, que le dificulta aún más constituirse en alternativa real de poder: son buenos para hacer oposición pero no para gobernar. Seguramente, ni electores ni opositores tenían cálculos […]

La total ausencia de criterio administrativo del alcalde Petro ya no admite dudas. En él se ratifica una verdad que ronda de tiempo atrás a la izquierda colombiana, que le dificulta aún más constituirse en alternativa real de poder: son buenos para hacer oposición pero no para gobernar.

Seguramente, ni electores ni opositores tenían cálculos del grado extremo de ineptitud administrativa de quien como senador y como orador aparecía como un personaje capaz e inteligente.

El día a día de su alcaldía da prueba de la falta de manejo que lo embarga. Pero si hay algo que lo retrata de cuerpo entero es la conducción dada a la problemática de las basuras.

Un buen administrador habría asumido las acciones pertinentes desde hace por lo menos un año, como se lo dijo la Contraloría Distrital, para poner en marcha el proceso licitatorio que escogerá a los nuevos operadores. De esa manera hubiera tenido el margen suficiente para capitalizar con facilidad el respaldo ciudadano a las nuevas condiciones bajo las cuales aspirarían los actuales u otros distintos (con inclusión de los recicladores. Tal como él ha sido consciente de hacerlo y tal como lo ordena la Corte Constitucional), y a su empeño por librar a los bogotanos de pagos injustificados como el del medio billón de pesos que según la contralora general, Sandra Morelli, venían cobrando los operadores con contrato vigente desde 1993 hasta este mes (¿el alma del modelo económico pasada de agache por anteriores alcaldes?). Con toda esa papaya, ¡qué mal, Petro!

Un administrador con tino y racional, se hubiera evitado el régimen de transitoriedad bajo el cual Petro creó a la forzada Aguas de Bogotá, empresa advenediza con resultados lamentables hoy y seguramente en el futuro. Porfiar en crear un nuevo ente sin requisitos y a contrapelo con la histórica ineficacia que define a las entidades estatales es adoptar un remedio que a sabiendas resultará peor que la enfermedad. No es serio incurrir en tantos costos tratándose además de una empresa provisional.

Los riesgos de salubridad, ambientales, financieros y jurídicos, a los que quedó abocada la capital con la oleada de procederes improvisados y carentes de la más elemental técnica en que el Alcalde incurrió, recrudecen aún más su impericia.

Negarse a ver la realidad del cuadro patético de unos operarios excediendo su capacidad física para superar los tres metros de altura que implica vaciar las canecas de basura en las volquetas es la campana que suena y que no se quiere oír. Esa escena repetida, con el reguero de lixiviados y sólidos en la propia cabeza de los recolectores, no puede evidenciar más la falta de respeto de la administración con una ciudad como Bogotá.

Para completar, como cualquier político tradicional se auto engaña al pretender minimizar el saldo en rojo de su experimento. En lugar de asumirlo como la consecuencia lógica de la insuficiencia logística y técnica del mismo, lo soslaya insistiendo en invocar la lucha entre ricos y pobres como la causa detrás del descontento general.

Obligado a firmar nuevamente con los privados, aunque a un menor costo económico, con inclusión de la población recicladora, y por el año que demorará el proceso licitatorio que escogerá a los nuevos operadores de aseo, lo más seguro es que el problema continúe siendo crítico, por razones de esa inadecuación e inexperiencia, en las zonas que siguen a cargo de Aguas de Bogotá. No pocos serán los padecimientos de las habitantes de Barrios Unidos, Teusaquillo, Santa Fe, Chapinero, Candelaria, Mártires, Antonio Nariño, San Cristóbal, Rafael Uribe y Usme. La emergencia sanitaria propiciada por la incapacidad de la nueva empresa distrital es un lastre que amenaza a estos barrios de la ciudad.

Lo primero que debió haber tenido claro Gustavo Petro cuando decidió lanzarse a la Alcaldía de Bogotá es que de su demostración como buen administrador al frente de la capital no solo dependía el futuro de la ciudad y el suyo propio sino el de la izquierda democrática. El desequilibrio de un sistema político como el nuestro, cada día más unanimista y contaminado por vicios, necesita de la presencia de una izquierda democrática además de ética, competente. Petro no lo entendió. Con frustraciones como la que él está consolidando, ese equilibrio se imposibilita más.

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