El país de los idiotas felices

Jue, 10/05/2012 - 09:00
Desde 2006 existe un índice global de felicidad (Happy Planet Index, en adelante 

Desde 2006 existe un índice global de felicidad (Happy Planet Index, en adelante HPI) elaborado por la organización británica NEF (The New Economics Foundation) que busca medir el nivel de bienestar humano y el impacto ambiental de los estados mediante tres indicadores: la esperanza de vida, la “huella ecológica” (ecological footprint: una medida del uso ambiental de los bienes y servicios) y el bienestar subjetivo de las personas o “satisfacción con la vida” que, según los autores del índice, “corresponde a hechos objetivos tales como su salud mental y física”.

Colombia fue considerado “el segundo país más feliz del mundo” entre 178  (solo por debajo de Islas Vanuatu) en la primera medición realizada en 2006, donde Francia, por ejemplo, figuró en el puesto 129. En la segunda versión del HPI, publicada en 2009, Colombia se ubicó en el sexto lugar por debajo de Costa Rica, República Dominicana, Jamaica, Guatemala y Vietnam (Francia ocupó el puesto 71), esta vez entre 143 países que cubrió la medición.

A decir verdad, el nombre del índice tiene una buena dosis de demagogia porque la felicidad es un concepto abstracto y subjetivo, por consiguiente imposible de medir en forma objetiva y concreta. Sin embargo el HPI en realidad apunta, más que a identificar el país “más feliz”, a medir el desempeño estatal en términos de “bienestar humano sostenible”, esto es, a mostrar la eficiencia de los estados para convertir los recursos naturales en vidas prolongadas y felices para sus habitantes sin que ello redunde en deterioro ecológico para el planeta.

El estudio parte de la premisa cada vez más aceptada en análisis económicos y estadísticos de que la capacidad de la naturaleza para acompañar el crecimiento demográfico y económico es limitada, y por lo tanto el desarrollo solo resulta sostenible en la medida en que la actividad económica no excede las posibilidades regenerativas de la biosfera. En otras palabras, cuando la producción de bienes y servicios rebasa la capacidad natural de regeneración, la calidad de vida se ve afectada en forma negativa. De ahí que los países más “derrochadores” en términos ecológicos figuren en los puestos inferiores del índice, en especial Estados Unidos, que a pesar de ser la primera economía del mundo ocupó los puestos 150 y 114 respectivamente.

Pero el HPI no es la única medición global de la felicidad que existe: el Instituto de Investigación Social (ISR por sus siglas en inglés) de la Universidad de Michigan publicó un estudio de bienestar subjetivo en 2008, basado en los datos recabados por la World Values Survey entre 1981 y 2007, que evidencia un aumento global de los niveles de felicidad en la mayoría de naciones analizadas. Allí Colombia apareció en el tercer lugar de 97 países estudiados, apenas por debajo de Dinamarca y Puerto Rico, mientras Estados Unidos ocupó el décimo sexto puesto mundial, el Reino Unido el 21, Francia se ubicó en la posición 37, Japón en la 43 y Zimbabue fue considerado el país más infeliz.

Para Ronald Inglehart, director de la encuesta mundial, los resultados muestran que la felicidad de las sociedades varía en función de la libertad de las personas para elegir cómo vivir. Esto explica que Dinamarca, Islandia, Suiza, Holanda y Canadá se cuenten entre los diez países más felices del mundo gracias a las normas sociales tolerantes y los sistemas políticos democráticos que tienen. Por su parte, la felicidad de las sociedades subdesarrolladas sería el efecto de la solidaridad del grupo, la religión y el orgullo nacional.

Más recientemente, el Barómetro Global de Esperanza y Pesimismo, elaborado por la Red Mundial WIN-Gallup con base en encuestas realizadas a 53.000 personas en 50 países, arrojó que Colombia fue el país que más ganó optimismo durante el 2011 con un incremento de 44 % con respecto al 2010: seis de cada diez colombianos creen que el 2012 será mejor que el año anterior. En este informe Colombia fue catalogado como el país más feliz de América Latina y el sexto del mundo.

Que Colombia, uno de los estados más violentos y desiguales del mundo, pase por “un país feliz” es, por lo menos, sorprendente. La explicación del alto puntaje en el HPI como resultado de la moderada huella ecológica es comprensible: el escaso desarrollo tecnológico y el conflicto armado (que al menos algo debía tener de bueno) han impedido que se exploten y de paso arruinen los recursos naturales de buena parte del país. Lo que resulta contra intuitivo es el alto puntaje obtenido en lo relativo al bienestar subjetivo de las personas o “satisfacción con la vida”.

¿Cómo explicarlo?, ¿existe un masoquismo generalizado en el país? En un trabajo anterior, el mismo Inglehart determinó que la felicidad de los estados varía en función de dos parámetros: el “individualismo creativo” o capacidad del hombre para convertir su trabajo en una fuente de realización en lugar de un mero medio de lucha por la supervivencia, en un contexto donde el individuo no se opone al grupo sino que este reconoce su aporte único y dinámico para la construcción de lo colectivo; y de otro lado  la importancia de la religión en la vida de las personas, que en los países que Inglehart denomina “tradicionalistas” les da seguridad frente a las preguntas existenciales más complejas y por lo tanto comodidad (¿felicidad?) respondiéndolas por ellas sin importar lo absurdo de las respuestas. Se trata de estados donde la mayoría de las personas define sus posiciones con base en la religión y por lo tanto condena vigorosamente la eutanasia, el suicidio, el aborto, el divorcio, el homosexualismo, la inmigración y se ubica a la derecha en el espectro político. Por su parte, los países laicos-racionales, en cambio, se caracterizan por posiciones opuestas con respecto a las problemáticas mencionadas y, desde luego, porque no tienen “resueltos” problemas tan serios como si existe algún dios, vida después de la muerte o al menos continuación del “alma”, paraíso o infierno, entre otros, y esta situación, aunque hace a las personas más libres, también redunda en un aumento de la complejidad (¿infelicidad?) para sus vidas.

En definitiva, las personas inclinadas a creer tonterías en lugar de pensar con seriedad los problemas de la condición humana (por duras que sean las soluciones, en caso de haberlas), al menos en términos de comodidad existencial como resultado del autoengaño obtienen su recompensa. En otras palabras, ser imbécil resulta en principio mucho más placentero que ser inteligente.

Nota: para un análisis más profundo sobre las relaciones entre felicidad, suicidio y desempeño estatal les recomiendo visitar mi blog Ius Politicum.

@florezjose en Twitter

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