¿El país del Sagrado Corazón?

13 de julio del 2017

Comencemos por el principio, hace más de 400 años.

¿El país del Sagrado Corazón?

En estos días el tema religioso está movido por la próxima visita del papa Francisco en septiembre; por los problemas de desmoralización de la sociedad; por la fuerza electoral de las iglesias cristianas diferentes al catolicismo, que podrían inclinar la balanza en favor del posible candidato final del centro-derecha; y por la posible canonización de monseñor Jaramillo, cruelmente asesinado en Arauca por el ELN hace unos años, y del padre Pedro María Ramírez, también asesinado por las hordas frenéticas el 10 de abril de 1948, en Armero. Volvemos a hablar del papel de la religión en la política y en la existencia de los seres humanos.

Comencemos por el principio, hace más de 400 años. Se nos olvida que este país, como la mayoría de los latinoamericanos, se fue constituyendo como nación —en la concepción moderna del término—, desde la conquista y en el largo período colonial, durante más de tres siglos, cuando la Iglesia y el Reino Español eran una misma cosa por cuenta de los tratados entre los papas y la Corona española. Nuestras nacientes dependencias coloniales eran tan españolas como católicas, y por ello fuimos catequizados y educados por la Iglesia durante varias centurias.

Con el nacimiento de las repúblicas americanas poco cambió el panorama, a pesar de la oposición liberal, en varios países, al binomio Estado-religión. En nuestro caso, la Constitución de 1886 puso un punto final a las disputas sobre el papel de la religión, colocando el nombre de Dios en el preámbulo de la Carta, lo cual fue corroborado mediante la firma del Concordato de 1887, donde prácticamente se aceptó que esta república era católica, por fundamento jurídico y por tradición. Desde su origen, el Partido Conservador fue un aliado del catolicismo (y continúa siéndolo), mientras el liberalismo no lo era tanto, aunque la mayoría de sus adeptos sí lo eran (y lo siguen siendo). Como reza el refrán popular: los “rojos van a misa de cinco de la mañana, para que no los vean, y los godos a misa de diez, para que los vean”.

La religiosidad de estos pueblos no debería sorprender a nadie: estamos profundamente incrustados en la cultura occidental, marcada por el cristianismo, y aunque muchas personas se resistan a aceptarlo, estos valores han permeado hondo el alma de las colectividades latinoamericanas. Otra cosa es que la sociedad política se haya separado formalmente de la sociedad religiosa, y que hayamos evolucionado —a buena hora— hacia un Estado laico, con libertad de cultos y separación entre Iglesia y Estado, como también sucedió antes en la mayoría de los Estados europeos. Afortunadamente, en la actualidad la Iglesia no señala los candidatos presidenciales, como lo hizo durante mucho tiempo (no olvidemos a monseñor Perdomo en los años treinta), ni se inmiscuye en las elecciones regionales o nacionales, y cada poder va por su lado.

Las cosas han cambiado. El nombre de Dios como tutor supremo de la nación desapareció en la Constitución de 1991, siguiendo el espíritu de la Constitución de Rionegro de 1863. Ahora el catolicismo no constituye un monopolio religioso ni puede imponer un pensamiento hegemónico, por lo menos en Colombia, donde existen más de 5.000 iglesias registradas ante el Ministerio del Interior. Muchas de ellas son entidades de garaje, de origen espontáneo y con evidentes fines de lucro por parte de improvisados pastores; pero otras son más serias y algunas tienen largas tradiciones, nacidas también en Europa o en Norteamérica. La idea de un credo y de una religión no nació propiamente con Adán y Eva —como lo insinúa el Antiguo Testamento de los judíos— sino en condiciones más precarias, tal como aconteció con Jesús en la humilde Nazaret.

La mayoría de esas iglesias nacientes han crecido como crecen las actividades informales, porque la gente busca lo que no encuentra en las instituciones formales a las cuales abandona, sin que ello signifique renunciar a sus valores religiosos básicos. Otros, más sofisticados intelectualmente, se declaran agnósticos o ateos, pero constituyen una “minoría pensante”, nada más. Entre las iglesias llamadas genéricamente cristianas no todas son cristianas, y no necesariamente tienen que ver con el viejo protestantismo ni con los movimientos evangélicos de los Estados Unidos; son de mucho tipo y han adquirido un enorme capital político y económico, que se midió en el pasado plebiscito, y posiblemente querrán participar en la próxima elección presidencial.

Las religiones generalmente son pacíficas, la mayoría de ellas fundadas alrededor del amor y la solidaridad; paradójicamente, muchas de las peores guerras y violencias han surgido, a lo largo de los tiempos, de odios entre religiones. De estas confrontaciones no se escapa casi nadie: son las consecuencias de los fundamentalismos religiosos, de hoy y de ayer.

La inmolación de monseñor Jaramillo, la muerte a golpes del padre Ramírez, el asesinato infame del arzobispo de Cali, o del arzobispo de El Salvador, son hechos que despiertan el espíritu de miles de creyentes ante el martirio y reviven los sentimientos religiosos. De igual manera, la canonización de algunos de estos sacerdotes o monjas en varios países latinoamericanos constituyen acicate para elevar el fervor religioso en la región. Las injusticias sociales, la soledad, la violencia y la presión del consumismo capitalista movilizan a muchas personas hacia la religiosidad, la espiritualidad, o la búsqueda de otras alternativas, inclusive en tradiciones orientales o pseudocientíficas.

Llega el pontífice romano en un momento crítico para Colombia, en el que se han abandonado viejos principios morales inculcados por la educación religiosa, en el que la corrupción ha llegado a un nivel inesperado, en el que la violencia y el odio imperan, en el que un manto de desconfianza e incredulidad se apodera de la gente y la inequidad es más profunda que en los mismos tiempos de la conquista. El pastor nos visita no solo en condición de figura máxima del catolicismo, sino como el principal líder religioso del mundo, el mismo que fue recibido con respeto por el Congreso de Estados Unidos en pleno, para pronunciar allí un discurso crítico a la sociedad norteamericana; el que ante la Comunidad Europea se quejó del anquilosamiento de la vieja Europa; el papa que está intentando renovar las complejas y anticuadas estructuras vaticanas; un pontífice nacido aquí, en nuestra América y que no teme denunciar las injusticias o la corrupción.

Los estadistas colombianos, si los hay, deberían considerar la importancia del espíritu religioso como “cemento que une”, como aglutinador de las familias y de las comunidades, y especialmente como una de las últimas anclas morales que tienen nuestras sociedades. No es verdad, como lo señaló un columnista recientemente, que la religión sea responsable del desorden moral que vive el país. Al contrario, la falta de religiosidad, o de un sustituto cívico, es lo que nos está conduciendo al despeñadero ético.

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