El placer de ejercer la medicina

Sáb, 26/05/2012 - 01:00
Comienzos del segundo semestre del año 1969. Luego de un viaje en bus urbano por la entonces y todavía hoy transitada Avenida Caracas en Bogotá, nos apeamos en la calle 10 y recorremos a pie, por c
Comienzos del segundo semestre del año 1969. Luego de un viaje en bus urbano por la entonces y todavía hoy transitada Avenida Caracas en Bogotá, nos apeamos en la calle 10 y recorremos a pie, por calles de comercio variopinto, tanto de enseres como de seres humanos, las ultimas cuatro cuadras que nos separan del anhelado edificio donde pasaremos los próximos cinco años. No internos, no las 24 horas del día en sus claustros, aunque si todas ellas, las horas, días y meses, con mente y emociones compenetradas entre sus gruesas y antiguas paredes. El hospital de San José, se yergue majestuoso al final del recorrido. Allí, en ese momento se materializó el placer que venía previendo desde hacia algunos meses. El placer de estudiar y ejercer la medicina. El placer que hoy casi 43 años después, continúa incólume. Incólume sí, así cada día traiga momentos de éxtasis, alegría, sonrisas u otros de dolor y unos más allá de decepción. Todo esto compone el placer, al fin de cuentas. Porque uno es médico desde el primer día que toca los suelos de la facultad y se deja acoger por sus paredes. Por ello el placer permea todos los instantes en que nos sentimos completamente compenetrados con nuestra vocación. Se oculta cuando nos alejamos de ella. Pero en el fondo permanece para surgir ante la más mínima sensación de empatía con el enfermo. Poco hay que nos de más placer que un diagnóstico acertado, porque conduce a una posible cura, a un tratamiento bien dirigido. El placer se magnifica cuando en las visitas de control, el paciente nos va expresando su gratitud. Se oculta si los resultados no son los esperados. Y se disfraza, el placer, cuando la enfermedad es incurable. Se disfraza hasta el momento en que la máscara se retira al descubrir que detrás de esa enfermedad incurable, respira el ser humano que descubre nuevos rumbos en la vida. Rumbos a los que la enfermedad lo lleva. También nos provee placer el intercambio de opiniones con otros colegas, sean estas coincidentes o no, ya que ambas amplían nuestro conocimiento y el bagaje para atender se multiplica. El placer viene de la mano de familiares que una vez la persona ha fallecido, se nos acercan y nos dejan el legado de los recuerdos que quien se fue, tenía de nosotros. Incluso al reconocer las fallas que hemos tenido, nuestro cuerpo se tensa al comienzo, para luego dar paso a la humildad de sabernos seres que yerran y que aciertan, lo cual al final da el placer de encontrarnos a nosotros con nosotros mismos. El punto más alto del placer, es la despedida con firme apretón de manos o estrecho abrazo, cuando la persona que nos consultó sigue ya su camino sin nosotros. Es innegable, el ejercicio de la medicina es un opioide en el buen sentido de la palabra, o de sus efectos. Recordemos que los opioides alivian el dolor en justa dosis, pero son catastróficos en exceso. Así es el ejercicio de la medicina, nos eleva a cumbres insospechadas si le dedicamos el tiempo y esfuerzo justo, si lo combinamos con las artes, con la lectura creativa, con la escucha musical y realmente logramos un balance entre diversas actividades del ser humano. Este equilibrio interior, del médico, no puede sino resultar en un servicio precioso para el ser aquejado que nos busca. Entonces, el placer se renueva en nosotros y se expande a nuestro derredor. El placer ilumina entonces, refulge y da calidez. La gratitud de poder ejercer tan bello oficio permanecerá por siempre. Fin del primer semestre de 2012. El viaje continúa, posibles nuevos rumbos, posibles formas diferentes de ejercer la medicina se comienzan a dibujar en el cielo. El placer permanecerá. Gracias.
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