El que no venga, pierde

Mar, 10/04/2012 - 01:01
La cumbre de las Américas puede ser un foro más o el comienzo de un gran esfuerzo de entendimiento en el que el poder supremo de Estados Unidos no se tenga que enfren

La cumbre de las Américas puede ser un foro más o el comienzo de un gran esfuerzo de entendimiento en el que el poder supremo de Estados Unidos no se tenga que enfrentar a unos vecinos quejosos y pedigüeños, sino a naciones que no se resignan a ser apenas el patio trasero del imperio, entre otras razones porque han crecido, porque hemos dejado de ser un puñado de Repúblicas Bananas y, con el paso de los años y las experiencias amargas, hemos madurado.

Es cierto que persiste la corrupción, la tentación totalitaria y la improvisación, pero en términos generales las Américas están compuestas hoy por naciones más serias, con mejores posibilidades de crecimiento y con una prevalencia democrática que nos convierte en interlocutores más interesantes.

En Cartagena vamos a ver varias cosas nuevas. Por un lado Obama que no viene con la estupidez de Bush, la arrogancia de Nixon o el  mesianismo de Kennedy. Se trata de un gobernante distinto, aunque todavía preso de esos poderes gigantescos que han hecho de Estados Unidos una potencia, pero también un imperio, poderes obtusos que difícilmente permiten a sus gobernantes entender lo que los rodea. Sin embargo, Obama es distinto, parece más dispuesto a oír, sus posiciones son más flexibles, reconoce errores y se la juega por ideales.

Por otro lado veremos presidentes formados en la izquierda, mucho más autónomos, pero también mucho más sensatos como Dilma Rousseff o Pepe Mujica, acompañados por un grupo de mandatarios alternativos, sedientos de americanismo y autoreconocimiento como Cristina Kirchner, Evo Morales, Ollanta Umala y Chávez, el inefable, con esa nueva retórica mezcla confusa, entre un Dios al que le pide salvación y un Bolívar en el que encuentra inspiración. Y Santos, un presidente que sorprende por su capacidad de liderar temas internos como la paz y pasearse con agilidad por entre tan disímiles colegas.

Y lo mejor, que se vaya a incluir en esta cumbre, gracias al esfuerzo de nuestro presidente, un tema nuevo, por lo menos nuevo en la agenda oficial, porque es tan viejo como viejos son nuestros problemas de violencia y atraso: el tema de la legalización de la droga. Nadie apuesta un dólar a que se llegue a un consenso, ni siquiera a un memorando de entendimiento o a un cronograma de avance hacia la legalización, pero al menos se va a hablar oficialmente del tema y eso ya es un avance.

Los que creemos en la legalización podríamos pensar que es poco para tantos males soportados con el negocio ilegal y maldito del narcotráfico, pero entendiendo la inercia de los países, hablar de algo ya es ir haciendo espacio mental para enfrentar el problema, que resulta más de la resistencia interna en los países que de las realidades políticas, económicas o militares.

Obama en Estados Unidos, por ejemplo, enfrenta una derecha dura y cerrada, que se ha negado reiteradamente a dejar siquiera plantear el tema en el debate público. Los presidentes norteamericanos han tenido tanto miedo a este debate como al de la prohibición de la venta libre de armas. Extrañamente la derecha gringa ha defendido dos consignas contradictorias: mientras aboga por mantener la prohibición de la venta de estupefacientes, defiende la venta libre de armas y ninguno de los temas se puede tocar sin que se produzca una feroz respuesta de esta opinión reaccionaria.

Sentarse dos días juntos, presidentes de tan distintas ideologías, respetándose y escuchándose de igual a igual es un buen avance, un avance del que pueden salir cosas tan provechosas como que se lleve al interior de cada país la discusión sobre la legalización o despenalización de la droga. Que Obama regrese a Estados Unidos y se atreva a seguir hablando, aún en medio de una campaña política en la que se juega su reelección podría significar, sin duda, un avance. Y los que no asistan como es el caso de Rafael Correa, ¡se lo pierden!

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