Lo que pasó en Colombia el 30 de octubre mostró que los días de terror que habían inundado al país y las horribles noches que invadieron a Bogotá han comenzado a cesar. Derrotar al uribismo electoralmente era la tarea más importante para los demócratas que decidieron complementar la derrota política que ha iniciado el presidente Juan Manuel Santos. Que la ley del más fuerte, la ley del Talión, la ley de la selva, la ley del oeste y hasta la ley de Murphy hayan perdido el protagonismo que adquirieron en los ocho años del gobierno anterior, anuncia que en Colombia renace la esperanza y que su gente está dispuesta a replicar el canto belisarista del sí se puede.
Que Sergio Fajardo y Gustavo Petro, dos versiones de la izquierda centrada, hayan ganado en las dos principales regiones del país deja ver que el sendero progresista es más ancho y más ajeno de lo que algunos piensan y que los odios y los radicalismos van perdiendo la batalla frente a las propuestas amorosas. Amor dijo Petro en su discurso del triunfo, y hay que creerle, y amor viene diciendo Fajardo desde hace varios discursos. Lo ha propuesto Antanas y le queda bien a Gina. A Galán se le ve en la mirada y a Luna le falta un poco, pero en general el amor ha tomado la batuta. Y no como concepto cursi como dirían los románticos de izquierda, sino como esencia de las almas, como grita Fito Páez.
Incluso para no ensañarse con los derrotados y sus propuestas odiosas. El amor después del triunfo implica asumir la inclusión, insistir en la reconciliación, o la reintegración como la llama Santos, el entendimiento y la diversidad como los llama Petro en su discurso, en fin, por la búsqueda de salidas diferentes a las que inspiraron ocho terribles años donde los verbos eran eliminar, desaparecer, infiltrar, perseguir, interceptar, romper la cara y muchos otros de cuyo significado no queremos acordarnos.
No hay que negar que ciertas actitudes de Petro a lo largo de su carrera dan para pensar que aún no estaba listo para asumir el amor, pero la interpretación sobre el origen de su votación y la inspiración del electorado que reflejó en su discurso, dejan ver que Petro crece en comprensión, en humildad y por supuesto que promete crecer en democracia. Si Petro responde a lo que describió esa noche, no solo ganó la alcaldía sino la oportunidad de ser grande. Con el triunfo de la política del amor en Bogotá los verbos ahora son proteger, defender, velar, respetar, sentir, humanizar y otros tantos que en definitiva resumen los sueños de una izquierda que se abre paso contra viento y marea, contra la extrema derecha y la extrema izquierda y aún contra sus vicios autodestructivos que le abrieron la nefasta puerta a la corrupción en Bogotá.
Bogotá es humana porque votó por un izquierdista a pesar del fracaso del Polo, sus carruseles y sus anapistas prestados. Es de izquierda porque castigó con fuerza que el Partido Verde hubiera aceptado el endoso uribista. Y es amorosa porque con el triunfo de Petro demostró que no le come cuento a la política de acrecentar el espiral de la violencia sino que prefiere el del perdón, la coexistencia pacífica y el reconocimiento del otro. Bogotá y Antioquia, que era donde más se temía por el reencauche de la extrema derecha, del uribismo y su cadena de cuentas por cobrar, le dijeron no al odio si al amor. No a los radicalismos, no a la política de acabar los violentos por las vías violentas sino al de llegar a la convivencia por el camino de la inclusión, de la negociación y del diálogo.
Ahora vienen los retos, los presentes, los inmediatos. Los de la urgencia de reparación a Bogotá, física y moral. Los de ponerla al día frente a los retrasos samuelistas, los de rescatarla de las manos de la contratocracia corrompida y los de ponerla a tono con las cosas buenas que pasaron con Mockus, Peñalosa y Lucho. Y esos retos de corto plazo y de extrema urgencia no se pueden dejar distraer por los de largo aliento, los de construir el futuro, los de organizar el progresismo nacional y menos los del escenario presidencial. No se afane Petro que demócratas, progresistas, visonarios, compromisarios ciudadanos e izquierdistas seguirán buscando ese camino. De la distancia que se tome frente al futuro de escenario nacional depende el éxito de la gestión distrital.
En ese sentido hay que aprenderle a Sergio Fajardo que sabe muy bien que es aquí y ahora. Él se va a concentrar en su gobernación a pesar de que los antanistas lo llamen a que tome las banderas nacionales del Partido Verde. Al fin y al cabo los antanistas no aprendieron que fue un error de Mockus cuando por pensar así terminaron tirando la alcaldía por buscar la presidencia. Tiene usted bastante con que se ocupe de Bogotá. Usted, si quiere, puede. Y fresco que si saca a Bogotá adelante, todos los colombianos se lo agradecerán ahora y siempre por los siglos de los siglos.
