Durante años gocé y sufrí leyendo la columna semanal de William Safire en el New York Times. Digo sufrí porque la mayoría de los estudiantes de postgrado en los Estados Unidos iniciamos nuestro entrenamiento sin saber del todo inglés. O en mi caso solo con el flaco inglés de un colegio católico de padres españoles, por otro lado excelentes profesores para cualquier otra materia. Como dice un compañero mío de bachillerato: el inglés que puede aprender uno de un gallego no lo lleva muy lejos. Anoto esto porque opino que la gran dificultad de los estudiantes latinoamericanos, particularmente colombianos, para completar estudios de postgrado en el exterior es el idioma. Escandaliza la dificultad de nuestras escuelas primarias y secundarias para enseñar otro idioma, excepción hecha de los colegios privados bilingües. Y nuestras universidades no mejoran el pobre inglés de nuestras escuelas.
La columna de Safire, agudo comentarista ganador del Pulitzer, se titulaba “On language”. Usualmente escogía una palabra discutiendo con erudición su uso y acepciones correctas o incorrectas. En sus argumentos etimológicos y gramaticales entrelazaba perspectivas sociales, históricas, políticas o filosóficas del concepto que la palabra representaba. Me gustaría hacer lo mismo en estas columnas con algunos términos médicos de nuestro lenguaje habitual.
En esta ocasión quiero discutir una palabra que ha salido frecuentemente en nuestras últimas noticias: “cancerígeno”. El Diccionario de la Real Academia Española acepta el término y lo define como aquello que provoca cáncer. También se acepta el parecido término “carcinógeno” como aquello que produce cáncer. Nótese la fina diferencia entre provocar y producir. Una cosa es provocar, incitar una desgracia. Otra cosa es producir, causar una desgracia.
La mayoría de los médicos usamos comúnmente la palabra carcinógeno cuando nos referimos a un agente causal, biológico o no, del cáncer. Puede ser una substancia, por ejemplo el asbesto produciendo cáncer de pleura en el pulmón. O un virus como el virus del papiloma humano (VPH) produciendo cáncer de cuello uterino. En mi experiencia nunca usamos el término cancerígeno.
Pero semanas atrás leí que el presidente Chávez afirmaba no tener una sola célula cancerígena en el cuerpo después de su tratamiento. Y en los últimos días anunciaba que probablemente tenía una nueva lesión cancerígena, o tumor cancerígeno precisaban algunos medios.
Las células neoplásicas malignas no provocan el cáncer, son el cáncer. Un tumor maligno no incita el cáncer, es el cáncer. Acepto que esta discusión de términos parece pedante. Sería frío e inhumano corregir el lenguaje clínico de quien sufre la terrible enfermedad que denominamos cáncer. Pero quiero entender lo que las personas dicen cuando hablan de sus enfermedades. Es importante ir más allá de las palabras y buscar lo que se quiere decir, lo que la persona quiere comunicar y a veces no puede, sus temores, su angustia. Y entiendo al presidente Chávez.
Al usar la palabra cancerígeno se refiere a algo misterioso que lo va a llevar a esa situación temida y dolorosa, el cáncer. Como médico le explicaría que la situación llamada cáncer no es una nube negra o demonio alado que provocado e incitado lo llevará irremediablemente a dolor, limitación y muerte. El cáncer o los cánceres son procesos biológicos fundamentados en células cancerosas que se multiplican más allá de lo normal. Pero pueden ser detenidas y destruidas. El cáncer no es una entidad malévola porque no es un ente, un ser, provocado e incitado por algún cancerígeno (célula, tumor o maleficio).
Eso sí, habría que informar a Chávez que su lesión de casi dos centímetros contiene, allí en ese pequeño nódulo, probablemente más de mil millones de células cancerosas. Desde Virchow hace siglo y medio la medicina entiende, o trata de entender, el cáncer como una población de células descontroladas. Acabar o controlar esas células neoplásicas es labor titánica, pero puede intentarse. Ahora, ni él ni nadie puede afirmar que no tiene una célula cancerosa en el cuerpo. Todos en alguna ocasión tuvimos o tenemos una de ellas dando vueltas por ahí o esperando el descuido de nuestro sistema de defensa para hacerlo. Sobretodo cuando envejecemos.
Hay que ir pensando y conociendo estos procesos biológicos para que no nos sorprendan, aunque casi siempre lo hacen. Por eso nos tomamos citologías vaginales desde el inicio de la vida sexual, mamografías y colonoscopias a su debido tiempo, estamos atentos a cambios en nuestras manchitas de piel y a otros signos o síntomas de cánceres tempranos. Además de abandonar hábitos como el fumar.
Entiendo al señor Chávez: el miedo, la ansiedad, el no saber nos dominan y usamos las palabras que tenemos a mano para enfrentarlos, médicos y no médicos. Pero debemos recordar aquel refrán cervantino: “La verdad, aunque severa, es amiga verdadera”. El cáncer o los cánceres no son un oscuro demonio provocado por lesiones y tumores cancerígenos, son un proceso biológico celular. Esa es la verdad.
