La decisión de la Corte Constitucional que asumió funciones constituyentes y se burló de la legitima facultad del Congreso para reformar la Carta, nos deja expósitos en la teoría de del exmagistrado Augusto Ibañez cuando espetó con arrogancia que “este es el siglo de los jueces”. Es decir, se materializó la tiranía del aparato judicial, que politizado y corrupto no acepta que nada le controle ni le roce aduciendo que su autonomía es intocable, como si acabar con el desangre que ha sido la sala administrativa del CSJ, asunto del que se ocupó el legislativo en la reforma de la que ahora se mofa la Constitucional, no fuera una prioridad nacional.
Lo peor es que los magistrados usan -como argumento infalible- una noción de inviolabilidad que en su espíritu se refiere a las investigaciones y fallos, pero no a la lógica interacción entre la presidencia que administra el país y la rama judicial que debe garantizar justicia a los colombianos.
La rama judicial es lo más desprestigiado del país hoy en día. Y no se debe solo a que haya sido permeada por guerrilla, narcos, paras, y todo el que usa la codicia maléficamente enquistada en la psique nacional para torcerla, sino especialmente a la distorsión sobre su alcance porque pocos ven la vida dentro de la rama como un proyecto de vida y realización profesional, sino más bien como una serie de peldaños hacia más prósperos destinos.
Fiscales y jueces anuncian decisiones y fallos en entrevistas; se perdió el interés por la prueba en los procesos; para armonizar su capacidad política con resultados mediáticos inventaron un tal “nuevo derecho” que consagra la especulación discursiva como fuente de decisiones; todo se volvió interpretación, la justicia transicional se volvió transaccional para hacer de ella un esquema de delación que conduce a la extorsión, y todo junto ha hecho del aparato judicial una cloaca en la que cuando alguien cae es más difícil salir de esa que de un secuestro. Sí, la justicia secuestra, extorsiona y destruye vidas, familias y el ciudadano expósito no tiene ante quien acudir. Es la distorsión más aterradora del Estado: cuando se vuelve contra el hombre.
Como si fuera poco, en los casos civiles los procesos van en tortuga, ello encarece los negocios y hace que empresas y personas prefieran arreglar todo extrajudicialmente que caer en la arena movediza de una demanda civil. Estamos desprotegidos. No hay justicia. Y nos acostumbramos tanto a vivir sin ella, que cuando entran en “paro” a veces por un semestre completo, en muy poco se afecta la vida de los colombianos. En otra parte, un paro judicial de 8 días paralizaría cualquier nación.
Pero no solo la rama judicial se volvió disfuncional. Colombia toda posee un estado disfuncional. Opera como una monarquía donde un hombre impopular al que nadie quiere puede ejercer como emperador sobre gobernadores y alcaldes populares… No hay autonomía verdadera, y con el sonsonete de que “en la provincia son corruptos” se han robado el país desde Bogotá mientras nos endulzan con eufemismos constitucionales como la tal “Regionalización” que yace por siempre impracticable en la constitución del 91.
Colombia necesita ser un estado federal; con departamentos que tengan verdadera autonomía fiscal. Nuestro sistema presidencial requiere mutar a un esquema parlamentario, donde el que dirija el poder ejecutivo dependa del pueblo a través de sus representantes y gobierne para felicidad y satisfacción de la nación. Nuestro país debe pasar a un esquema unicameral. Y la justicia precisa recuperar su majestad despolitizándola y convirtiendo la magistratura en el fin de una vida y no en una sucesión de peldaños hacia el lucro y el poder.
Si acaso las FARC firman un acuerdo con este gobierno impopular encabezado por un hombre que los colombianos consideran un mal presidente, es vital convocar una Constituyente para sellar ese “acuerdo sobre lo fundamental” que Santos no quiso hacer aconsejado por su soberbia despectiva y una nube de lambones que no conocen el país real.
La Constituyente es un imperativo para construir un marco de convivencia realista que permita la paz. Pero sobre todo, es el único camino para enderezar el diseño arcaico de esta Colombia que se ha envilecido en sus costumbres políticas y públicas sumida en un centralismo que ya no existe en el mundo civilizado. Colombia no es una democracia funcional, es una monarquía por elección popular, que cada cuatro años entroniza un tirano que enriquece a sus allegados y se burla de la supuesta autonomía de las regiones, que es solo electoral, y depende dramáticamente de la chequera del monarca de turno.
@sergioaraujoc
Es urgente la Asamblea Constituyente
Jue, 02/06/2016 - 07:49
La decisión de la Corte Constitucional que asumió funciones constituyentes y se burló de la legitima facultad del Congreso para reformar la Carta, nos deja expósitos en la teoría de del exmagistr
