Gasolina: cada vez más... ¡gas!

Jue, 05/04/2012 - 01:02
Ocasionalmente hay una noticia tan grande, que supera la capacidad de los técnicos de explicar su importancia, y de los periodistas de entender sus implicaciones. Es m

Ocasionalmente hay una noticia tan grande, que supera la capacidad de los técnicos de explicar su importancia, y de los periodistas de entender sus implicaciones. Es muy simple: el uso de una tecnología llamada fracking, que consiste en inyectar agua en el subsuelo para sacar los yacimientos de gas natural en depósitos compactos —así como el desarrollo de técnicas de perforación horizontal— hizo algo que nadie se esperaba: que se desdibujara el mapa de las potencias energéticas del planeta. Ahora resulta, que Estados Unidos tiene en reservas de gas natural, el equivalente de tres veces las reservas de petróleo que Arabia Saudita dice tener. Parafraseando al inolvidable Facundo Cabral, los norteamericanos tendrán que seguir su consejo: pásense al gas: millones de taxistas latinoamericanos no pueden equivocarse. Si a ello se suma el que el gas natural no requiere refinerías, tan solo un sencillo filtrado y pasa inmediatamente al tanque automotor, sería un verdadero acto de decadencia gringa no transformar su flota de tractomulas y automóviles de gasolina y diesel a gas. Sobre todo cuando la combustión del gas genera un 20% menos de gases de efecto invernadero que la gasolina. Las implicaciones geopolíticas de esto no las alcanzamos a imaginar, pues Estados Unidos ha sido importador de energía desde los años 50.

Para no hablar de las implicaciones para países como Argentina, con enormes reservas de este tipo, llamado gas de esquisto. Y para Colombia. Mientras los precios de la gasolina no paran de subir —se supone que por los problemas de inestabilidad en Oriente Medio— desde Libia, Egipto, Siria, Yemen e Irán, los del gas natural van a bajar. El descubrimiento de estas reservas en Estados Unidos, México y otros países redujo el precio internacional del gas natural en una tercera parte.

Hay que abonarle al Ministro Cárdenas, el dar la pelea por renegociar los contratos con Chevron y Ecopetrol en la Guajira a partir de 2014 para que esta reducción de precios le llegue lo antes posible a millones de hogares colombianos que cocinan con gas y a miles de usuarios de gas vehicular. Todavía más meritoria es la de Eduardo Pizano, cabeza de Naturgas —el gremio de esa industria— apoyando esta posición y pidiendo que parte de esa rebaja en el precio se invierta en la infraestructura de transporte que se necesita para que el servicio le llegue a todos los colombianos.

Por supuesto, como aseguró el Presidente de Chevron Colombia David Bantz en entrevista reciente en La República, las perspectivas de nuevos yacimientos de gas en Colombia, son positivas. Pero lo más importante es el efecto geopolítico de estos cambios. Hoy, exportamos gas a Venezuela, pero se espera que en un futuro las enormes reservas de gas natural del Oriente de Venezuela se consuman aquí, o se exporten a través del Poliducto del Pacífico al Asia, no solamente petróleo sino también gas licuado, pues los grandes tanqueros no pueden hoy cruzar el canal de Panamá y es estratégico para nuestro vecino tener acceso al mercado de Asia. De concretarse esta obra de infraestructura, sería una especie de pacto de paz definitivo entre ambas naciones, que se necesitarían mutuamente, más allá de lo que pueda pasar en Venezuela después de las elecciones presidenciales del 7 de octubre.

Y eso que no hemos tocado el tema de Brasil, la potencia emergente y uno de los grandes ganadores en el replanteamiento de la geopolítica energética. La visita de Dilma Rousseff  a Washington en los próximos días no solamente podría desactivar la bomba de tiempo de Irán —ofreciéndose como garante para que los persas puedan desarrollar tecnología nuclear pacífica con garantías de no iniciar una carrera armamentista nuclear en el Oriente Medio— sino que a cambio podría recibir acceso libre de arancel al mercado americano de su gigantesca producción de etanol de caña, mucho más económico, amigable con el medio ambiente y sin generar presiones alcistas en los precios de los alimentos como es el caso del etanol de maíz altamente subsidiado de Estados Unidos. Y quizás el codiciado puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Todos estos, objetivos que indirectamente benefician a Colombia.

Nuestro país con el 5,9% ocupó el año pasado el quinto lugar en términos de crecimiento económico a nivel mundial, después de China (8,9%), Argentina (8%), India (6,1%) y Chile (6%). Y no fue precisamente por nuestra genialidad para producir y exportar café, sino por la locomotora minero-energética. Si le apostamos a la infraestructura que nos permita aprovechar el potencial energético y minero para sembrar estabilidad política en todo el territorio, darle oportunidades de emprendimiento y capacitación a nuestra gente de la mano de una política agrícola también enfocada a multiplicar la riqueza y no solo a repartir la propiedad de la tierra, podría convertirnos en un verdadero milagro económico. Es cuestión de dejar de creernos pobres, hacer a un lado las telarañas mentales, los clasismos anquilosados y la mentalidad de víctimas. ¿Seremos capaces de superar la apestosa exclusión que siempre nos ha caracterizado? ¡Gas!, decía mi abuela paisa. Tenía toda la razón.

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