Hasta cuándo pagará el liberalismo

25 de noviembre del 2010

La decadencia del Partido Liberal ha sido mala para el país. Sus ideales son fundamentales en la construcción de la democracia, la justicia y la modernidad. Esta fuerza histórica a la que he pertenecido durante décadas jugó papel principal en la historia de Colombia desde la mitad del siglo XIX hasta finales del siglo XX.

La pérdida definitiva de rumbo y la consecuente ruptura con la ciudadanía fue el “Proceso 8000”. El gran responsable de esos delitos no cayó y por su culpa la sociedad pasa sin contemplaciones factura de cobro al liberalismo. En la última elección presidencial la cuenta fue cruel.

Ernesto Samper cometió el crimen madre del 8000. Él era quien iba a reuniones con capos del narcotráfico de las que resultaban financiaciones para sus causas políticas. El cinismo de haberse sostenido en la Presidencia de la República a pesar de sus faltas hizo que los colombianos se sintieran humillados, iracundos y empujaran al Partido Liberal al abismo.

Espero que la herida tenga sanación aunque Samper siga rondando por ahí. Es injusto pero la ciudadanía identifica al Partido con él y no con personalidades y jornadas gloriosas que quedan borrosas en la memoria colectiva.

La política tiene fines pero primero tiene principios. Se escalan metas mientras se mantengan los pies parados en valores. Cuando la política se hace con objetivos pero sin principios, se viene a pique.

Al Partido Liberal le ocurrió. Perdió conexión con su inspiración ética y doctrinaria y no la reencuentra.

En los últimos tiempos he visto descartar por ser liberales a infinidad de personas que hubieran sido excelentes servidores públicos. La sociedad les pone la marca injusta de ese episodio nefasto y de su protagonista.

Algo más. Como el protagonista emblemático de esos delitos se escurrió de la justicia, en el Partido Liberal quedó la idea de que todo es lícito siempre y cuando se burle el castigo. Narcotraficantes, paramilitares y otras alimañas se aprovechan a lo largo y ancho del país de la insignia liberal para patrocinar personajes siniestros a los que usan para enajenar el poder público.

En ese patrón de poder tienen sitio por derecho propio traiciones, trampas, transfuguismo y demás manifestaciones de corrupción que arruinan la calidad y credibilidad del liberalismo.

Es absurdo que trabajadores con ideas y buenas intenciones no pueden competir en el liberalismo por oportunidades para servir a la sociedad. El dinero y la marrulla llevan las de ganar aunque los poderes que engendren sean despreciables, castrantes y sirvan a intereses protervos.

Mientras el Partido Liberal no tenga dirigentes dispuestos a romper con esa lógica perversa de poder, continuará desperdiciándose para la sociedad colombiana su músculo de desarrollo social. Por desgracia la estructura y los modales que por ahora lo conducen y seducen no dan esperanza de que se rompa el círculo vicioso que lo esteriliza.

No se puede cejar en los intentos de depuración y recuperación de valores en el liberalismo. En cualquier momento el rumbo debe cambiar. Aunque es mala la noticia de que estrecha vínculos con fuerzas que escribieron el capítulo de parapolítica, autoritarismo y corrupción que se abrió en Colombia hace ocho años, del cual no sale aún y que repugna al espíritu liberal.

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