Islamofobia

13 de marzo del 2011

A nadie se le escapa en este imperio en decadencia que las cosas no volverán a ser como fueron. Poco importa si el pasado que se suele idealizar en realidad no fue ninguna maravilla: cualquier cosa es preferible al estado de postración económica e irrelevancia internacional en el que se encuentra la unión.

En su última rendición de cuentas en el Capitolio, el presidente Barack Obama sonó las alarmas: si Estados Unidos no se las arregla para reinventarse y enfrentar los desafíos que se le presenta, quedará rezagado definitivamente. Ojo con China, ojo con India, advirtió armado con estadísticas que daban cuenta de las enormes inversiones y avances en campos estratégicos como la educación y las nuevas tecnologías que estos países han realizado y que los posicionan en lugares privilegiados de cara al futuro. Obama tiró de los libros de historia, recordando la carrera espacial contra la desaparecida Unión Soviética, cuando la administración de John F Kennedy consiguió retomar la iniciativa luego de que los soviéticos se adelantaran con la puesta en órbita del primer satélite, el Sputnik. El mandatario estadounidense invocó el espíritu nacional y la voluntad política que habían hecho posible ese ‘momento Sputnik’, que permitieron a la nación, en contra de todos los pronósticos, recuperar el terreno perdido y llegar al hombre a la luna.

Maestro de las palabras y razonable como pocos, Obama esbozó aquella noche una estrategia para afrontar estos desafíos. Una alternativa que implicaba reflexión, autocrítica, humildad, serenidad.

Pero para qué ponerse en esas si uno puede huir hacia adelante, adentrarse en el marasmo, parapetarse en justificaciones, y buscarse un chivo expiatorio, The American Way. Dejemos de lado el hecho de que Sarah Palin salió lanza en ristre contra el presidente porque, según su versión de los hechos, Estados Unidos había perdido la carrera espacial y por lo tanto la referencia al ‘momento Sputnik’ tenía visos derrotistas (aunque cada derrape de la ex gobernadora de Alaska es susceptible de profundas disquisiciones sociológicas). Hay una tendencia que ilustra a la perfección la reacción descrita más arriba –la necesidad de proyectar el malestar económico y social en un enemigo común, preferiblemente un cuerpo extraño– y que se ha oficializado formalmente con las audiencias que se llevan a cabo en la Comisión de Seguridad Nacional de la Cámara de Representantes a partir de esta semana. El congresista republicano por el estado de Nueva York Peter King, promotor de la iniciativa, ha dicho que las susodichas audiencias versarán sobre la radicalización de la comunidad musulmana en los EE.UU. Si el asunto le suena a macartismo es porque lo es. Pero el congresista ha manifestado que no permitirá que la corrección política se atraviese en su camino, especialmente cuando el 80 por ciento de las mezquitas en el país están bajo el control del ala más radical del Islam, como sugiere.

Quizás la aclaración sea irrelevante, dado que pocos se toman ya el esfuerzo de distinguir entre fundamentalistas islámicos, yihadistas y musulmanes en general. Bill Oreilly, el buque insignia de la cadena de noticias FOX, el presentador más popular de los programas de opinión de la televisión por cable, pregona la teoría de que Estados Unidos “tiene un problema musulmán”.  Recientemente, una periodista de ese mismo canal le preguntó a un Imán durante una entrevista, como si nada, si era terrorista. El mes pasado, un grupo de activistas conservadores del Tea Party de Orange County, en California, se reunió a las afueras de un evento de caridad de la comunidad musulmana local para asediar a los asistentes con toda clase de vejámenes. “Terroristas”, les gritaban; “regresen a casa”; “Alá era un pedófilo”. “Nací en Estados Unidos, vivo aquí”, reclamó uno de los agredidos, “¿a dónde quieren que me vaya?”. El año pasado se formó un escándalo nacional porque un clérigo musulmán, tan tibio que incluso ha colaborado con el Departamento de Estado, tenía planeado edificar una mezquita en el centro de Nueva York, cerca de la ‘Zona cero’, el lugar de los atentados terroristas del 11 de septiembre. La indignación, se suponía, tenía que ver con la proximidad a la locación del World Trade Center, pero reacciones similares en Tennessee o California delataron su verdadera naturaleza: la intolerancia. Estados Unidos es el país de las libertades, siempre y cuando uno sea blanco y cristiano.

Es este un fenómeno que se viene cociendo de tiempo atrás, y que tuvo una de sus primeras manifestaciones durante la campaña presidencial que llevó a Barack Obama a la presidencia, con los rumores que sugerían que el candidato demócrata era en realidad musulmán y no cristiano, como profesaba. En aquel momento sólo hubo una persona que se atrevió a poner el dedo en la llaga: Colin Powell, ex secretario de estado. “¿Y qué si lo fuera?”, se preguntó el general retirado en el programa dominical Meet the Press. Todos los demás se preocuparon por señalar la falsedad de la ‘acusación’, pero no sus bases. Como si de verdad fuera indeseable pertenecer a esa religión.

Más allá del llamado a la razón de Powell, la sociedad estadounidense no ha producido anticuerpos efectivos para combatir la intolerancia. Así, con una recuperación económica titubeante y un ambiente político crecientemente polarizado, la islamofobia, asentada firmemente en una percepción simplista, orientalista, del mundo árabe, ha venido instalándose en el ambiente. Al punto que ya hace parte del mobiliario, y nadie la reconoce como tal. Sólo así se explica, por ejemplo, que columnistas de opinión tan influyentes como Thomas Friedman y Nicholas Kristof, se animaran a ofrecer reflexiones del tipo ‘la democracia de Israel ha sido un factor en las revueltas árabes’, o  ‘el Islam es el culpable del atraso del Medio Oriente’. Textos que destilaban unos prejuicios y un paternalismo que habrían sido considerados inadmisibles si se utilizaran contra otros grupos religiosos o raciales, como los judíos o los negros, pero que en Estados Unidos se confunden con el ‘mainstream’ cuando se dirigen a los árabes o al Islam.

Tan ‘mainstream’ como convocar una audiencia en el Congreso para ponderar los posibles riesgos a la seguridad nacional que representa esta minoría religiosa. O tan perverso que parece sacado de los libretos de los programas del polémico locutor Glenn Beck, en sintonía con sus delirantes teorías de conspiración. “Nos hemos convertido en la República de Weimar”, anunciaba hace poco con tono apocalíptico. Hasta razón tendrá. Una nación asustada ha identificado al enemigo. Islamofobia.

Twitter: @lozanopuche

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