Jeffecito

22 de marzo del 2011

Jeffecito era mi dentista cuando yo vivía en Atlanta. Jeff era alto, con el cuerpo en forma de pera, casi totalmente calvo, los ojos azules muy unidos y una nariz ganchuda. En suma, no muy apuesto. Durante el examen me preguntó por qué tenía la boca tan seca. Le expliqué que mi marido tenía cáncer en el cerebro y yo estaba tomando antidepresivos.

Una semana después Jeff me sorprendió llamándome para ver como seguía. Jamás un médico me había llamado personalmente a hacer un seguimiento. Seguí yendo a su consultorio y el alargaba las citas. Empezó a llamarme a la casa para ver como seguía Enrique. Mientras trabajaba en mis dientes  hacía infinidad de preguntas a las que yo solo podía contestar diciendo aghhhhh o negando con un dedo. Jeff cantaba canciones de James Taylor mientras me tapaba las caries.

Cuando Enrique falleció Jeff vino al entierro junto con sus hijos. A la semana siguiente me volvió a llamar y le dije que quería darme un respiro saliendo de la casa.  Ahí empezó el romance.

Jeff vivía solo en una casa enorme con seis cuartos, cuatro baños y siete televisores que se mantenían prendidos. Jugaba golf viernes, sábado y domingo, lo que me gustaba porque así yo tenía tiempo para leer: mi salud mental se mide de acuerdo a la capacidad de leer más de un libro por semana. Jeff me acompañaba a la sinagoga a rezar por Enrique, me daba regalos, íbamos a comer con su mamá, y a ver campos de golf. Era un apasionado del juego. Normalmente jugaba 36 hoyos en un día pero una vez llegó a los 45. Después decía que le dolía la espalda por culpa mía, por los ejercicios en el dormitorio.

Estaba saliendo de un divorcio con “Joannie”, su segunda esposa, una mujer semi alcohólica que lo llamaba a amenazar con que se iba a suicidar, haciéndolo sentir terriblemente culpable. Había roto todas las fotos donde aparecía la tal Joannie y su mayor terror era que nos la topáramos en el supermercado. Tomó mucho tiempo para liberarse de ella, siguiendo mi consejo de no contestar sus llamadas.

Nuestro romance había empezado en abril y en octubre viajamos a España. Era la primera vez que Jeff salía de Estados Unidos, aunque el contaba unas vacaciones en Puerto Rico como un viaje al extranjero. Fuimos a toros en Sevilla, donde no se sabía que lo había impresionado más, los toros o la fumadera de los españoles. Estaba aterrado con las imágenes en las catedrales, nunca había visto a Jesucristo morir en vivo y en directo. Su paseo preferido era ir a Las Vegas o a Biloxie a jugar. Cuando íbamos yo me la pasaba en el spa o leyendo al pie de la piscina y el jugaba en el casino desde las siete de la mañana.

Jeff quería casarse conmigo. Yo, por mi parte, había tomado la decisión de no casarme en cinco años después de la muerte de Enrique. Quería disfrutar la libertad y el semi internado que tenía con él era ideal. No me veía a mi misma llevando la vida de esposa de un dentista golfista en Atlanta. Yo estaba llamada para más altos menesteres. Jeff insistía y decía que no entendía como yo despreciaba la oportunidad de tenerlo todo y trabajar sólo si así lo quería. La verdad, yo no estaba enamorada de él.

Además, la relación con mis hijos, que en esa época todavía vivían conmigo, era pésima. A Jeff no le gustaba que habláramos en español porque creía que nos burlábamos de él. Le regalé una edición de “Cien años de Soledad” en inglés y no pudo con el libro. En una comida con mis hijos ellos trataron de explicarle que era realismo mágico: esta vez los jóvenes si que se burlaron de él. Mis hijos lo odiaban porque no querían un reemplazo para su papá y les parecía un idiota. Es cierto que con Jeff no había conversación. No teníamos nada en común. Yo era (o soy) una intelectualoide y el un tipo que mantenía prendido el televisor en el canal de golf.

Un día, en contra de sus costumbres, no me llamó a las siete de la mañana y por la tarde sacó una excusa para no verme. Al día siguiente me llamó por la tarde y entendí que estaba rompiendo conmigo. Le dije que no se preocupara, que no tenía que llamarme más. Respiró aliviado. Debo confesar que me dio duro.

Meses más tarde, cuando me había mudado a New York, me contó por teléfono que estaba viviendo con una mujer llamada June. Tenía muchos problemas con ella porque era alcohólica. Sin embargo se casó con ella en un viaje a las Vegas.

Años después me llamó a contarme que se estaba divorciando y quería que volviéramos cuando hubiera finalizado el proceso. Por esa época yo ya estaba lista a casarme por plata con alguien medianamente decente, después de todas las horripilantes aventuras que había tenido en New York. Le dije que sí.

No obstante, después un mes de no oir de él lo llamé. Me dijo que había vuelto con su esposa y que su nombre era Joannie, no June. Era la mujer de la que se había divorciado, la que lo amenazaba con suicidarse y de quién había roto todas las fotos.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO