La goma de los carros viejos

Mié, 01/05/2013 - 01:02
¿Es usted de aquellos que se emocionan al ver un automóvil antiguo? ¿De quienes se detienen a admirar un carro viejito cuando lo ven pasar? ¿O des
¿Es usted de aquellos que se emocionan al ver un automóvil antiguo? ¿De quienes se detienen a admirar un carro viejito cuando lo ven pasar? ¿O destinan al menos un domingo al mes para ir a ferias de automóviles antiguos? ¿O no resiste de vez en cuando el impulso de arrancar un fin de semana a ver con qué se topa en los potreros de Alamos, al occidente de Bogotá? Muy probablemente haga parte del club de gomosos de los carros viejos. Es una característica de un grupo reducido de la población que casi siempre sueña con restaurar un modelo antiguo, con la excusa de que se trata del carro del fin de semana, eso le dicen a la esposa y a todo el mundo. Ese tipo de individuo goza durante horas ilusionado en Internet navegando en procura de un repuesto, emblema original o de la historia del automóvil que mantiene abandonado en el garaje o que aspira a comprar. La desesperación por conseguir un radio original o un “cucuyo” puede llevarlo a hacer llamadas imprudentes a propietarios de modelos similares. No falta el que tiene en el parqueadero del conjunto uno destartalado y desahuciado, imposible de recuperar, pero que se niega a vender una pieza que resulta definitiva para completar la tarea de restauración. Sufre de lo mismo: la convicción de que alguna vez levantará su tesoro. YouTube es una de las páginas a las que se acude. Si tiene suerte, encuentra un video de la propaganda original con la cual el coche fue promocionado, si es más antiguo a la aparición de la televisión podrá observar videos que cuentan la historia de la “nave”. Si no sabe inglés está fregado. Algunos modelos cuentan solo con información de repuestos y piezas en ese idioma. Es muy probable que en esa búsqueda acuda a Facebook y termine publicando avisos o le dé un “me gusta” a la página de gomosos iguales. La búsqueda enfrenta muchas dificultades. Hay que adquirir el vehículo en las mejores condiciones posibles, lo que no es fácil, además a un precio aceptable que no se convierta luego en un dolor de cabeza, dolor que está casi asegurado desde que se toma la decisión de meterse a restaurar un cacharro. Hay que buscar el taller especializado. Si va al concesionario se dará cuenta que dos visitas valen más que el carro que compró, con el sueño de “levantarlo”. Luego, tendrá que comenzar a buscar en las zonas donde se ubican los talleres uno que sea atendido por experimentados mecánicos. Pensará que lo primero es arreglar el motor. Cuando se lo entreguen listo, es cosa de semanas o días para colisionar con un nuevo “gallo”, a veces es de horas. Es el comienzo de una en muchos casos trágica e interminable visita a talleres. ¡Toda una vena rota! Si logra superar la montaña rusa de emociones que suscita la ambición de tener un cacharrito viejo: entusiasmo, preocupación, frustración, entusiasmo, preocupación, frustración, es posible que llegue al mes número 12 en esa tarea y no desfallezca, si lo hace, la cosa puede ser aún peor: pondrá un aviso en tucarro.com.co o en un periódico y pasaran los meses sin que llegue la primera llamada. ¿Quién se va a meter en ese hueso? Solo la férrea voluntad podrá salvar el ánimo del aventurero y contar al final con el premio de un carro viejo o antiguo restaurado. ¡Será feliz! Se dará cuenta que valió la pena el sacrificio y pensará que le quedará a sus hijos, los cuáles usualmente, en silencio y detrás de las puertas, se compadecen del sufrido padre y se burlan de que se pretenda someterlos a un martirio similar con tremenda herencia. Digan lo que digan, la verdad es que hago parte de los que se derriten con uno de esos cacharros. Pero también de los que terminan metidos en tronco de enredo. Aun así, siempre está la esperanza de que al final, algún día, alguien se acercará o le pitará en la calle y le preguntará con admiración por su vehículo. No como me ocurrió con mi Toyota Celica 1981: un atrevido que iba en un modelo más reciente, no tanto (1994), lo trato con displicencia: “cucho”. ¡Esa es la goma de los carros viejos! www.Qimporta.com
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