La gran charada

8 de marzo del 2011

La punta del Iceberg fue la desmovilización de la supuesta estructura paramilitar “Cacica Gaitana” y de ahí en adelante se ha venido sabiendo que con los paras hubo más de circo que de verdaderos procesos de pacificación, y los resultados los estamos sufriendo ahora cuando andan a sus anchas por todo el país grupos no-desmovilizados, camuflados de nuevas bandas emergentes.

Aguilas Negras, Rastrojos, Nueva Generación, son los nombres de los mismos paras de antes, con los mismos métodos sangrientos y la misma fuente de financiación. Que ahora las llamen bacrim o bandas emergentes, no interesa, lo que es verdaderamente importante es que allí están intactos, haciendo un daño inmenso, creciendo en poder y dominio territorial, y que son el gran obstáculo para cualquier proceso de restitución de derechos y devolución de tierras a las víctimas. Basta con examinar el número de líderes campesinos asesinados en los últimos meses para entender que las buenas intenciones y las leyes no atajarán la codicia de estos bandidos.

Pero lo más doloroso es tener que enfrentar el cinismo con que el gobierno de Alvaro Uribe montó un espectáculo lleno de falsedades, para engañarnos y engañar a la comunidad internacional y de paso calificar de terroristas, enemigos de la paz, a quienes se atrevieron en su momento a señalar los errores que se percibían a pesar del enorme montaje mediático.

No sé qué le pasaría a ese gobierno de ocho años que se extravió tanto sus los principios éticos, en la aplicación de los elementos básicos de una buena administración pública, en la justicia social y que cayó en la mentira, la corrupción y la ineficacia. Pero más difícil es saber qué nos pasó a los colombianos que nos dejamos obnubilar por un acto de magia, por una ilusión mediática, por las habladurías de un culebrero paisa.

La gente le creyó a Uribe, pensaba que si había errores era debido a sus ministros y si se producían actos de corrupción eran hechos aislados. Uribe salió del gobierno con un altísimo porcentaje de aceptación, gracias a él fue elegido Juan Manuel Santos y, todavía hoy, Uribe funge de gran elector, tramitando aspiraciones a las alcaldías, concediendo audiencias después de sus talleres democráticos, para otorgar graciosos guiños a sus protegidos.

¿Qué nos pasó? ¿Cuál fue la pócima mágica que tomamos para que creyéramos en ese mesías, que terminó sin generar empleo, persiguiendo a las Cortes, a la oposición, chuzando hasta su sombra, con procesos de corrupción en casi todos los frentes de su gobierno y con la delincuencia y el narcotráfico desbordados, con una guerrilla que ha aprendido a defenderse gracias a alianzas con los que antes eran sus más feroces enemigos, los paras?

Hay que hacer el examen descarnado de los actores en esta gran farsa de ocho años. Los medios de comunicación y nosotros los periodistas tal vez seamos los primeros que debemos pasar al estrado para que se juzgue cómo fue nuestro comportamiento. Con escasas y honrosas excepciones los medios estuvieron arrodillados frente a ese Dios que se subió a los altares de la patria. Solamente en el último período, cuando la ambición de poder o la necesidad de mantener la farsa para ocultar los errores y delitos que se estaban cometiendo, llevó al gobierno a empeñarse en una segunda reelección, empezaron las disidencias. Hasta ese momento los medios aplaudían unánimemente a rabiar todos los actos del gobierno, respaldados por el poder económico que se llenaba los bolsillos gracias a los favores del régimen.

¿Hasta dónde se llegará en el destape de los fracasos del uribismo y, cuánto más es necesario que se sepa para que se llame a Uribe a rendir cuentas? Ya se sabe bastante, que hubo falsos positivos, está probado, que hubo chuzadas, está probado que hubo tráfico de influencias, está probado que el paramilitarismo se tomó al Congreso, está probado. En esa seguidilla de escándalos la gran charada de las falsas desmovilizaciones es otra gota en un mar de mentiras e impunidad que ya no es posible tapar por más tiempo.

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