´Timochenko´ sigue escribiendo cartas, dizque para romper el círculo de la guerra y apostarle a la paz. Y ahora resulta que estar secuestrado durante trece o catorce años es contar con suerte, como si se tratara de ganarse la lotería o ´el impuesto de los pobres´, porque lo único que tienen las clases menos favorecidas es la fe. Mientras tanto y al igual que sus antecesores, niega los recientes hechos de barbarie, argumentando que se tratan de meras construcciones mediáticas y que nuestra imaginación o ingenuidad está siendo asaltada por la inteligencia superior de los militares.
Posiblemente las Farc ya no tengan cientos de secuestrados pero porque los asesinaron y reemplazaron esa cruel fuente de financiación con el narcotráfico y la minería ilegal. Lo que no podemos olvidar es que el 75 por ciento de los secuestros son extorsivos, el 98 por ciento quedan en la impunidad y esa práctica generalizada ya no distingue clases sociales.
Por lo tanto, creerle a las Farc es ignorar la brecha entre la realidad y las expectativas, porque no es que la guerrilla tenga una nueva actitud, sino una nueva estrategia de guerra. Y ahora dicen que piensan acogerse al Derecho Internacional Humanitario (DIH) pero el curso de la guerra está lejos de cambiar.
En otras palabras, con cartas no podrán borrar el hecho de que se tratan de unos sociópatas, es decir, de una organización que históricamente ha agredido a la sociedad civil. Y no será difícil con el transcurso del tiempo seguir verificando sus mentiras, engaños y contradicciones. Porque los únicos prisioneros de guerra en este país somos la mayoría de los colombianos que estamos cansados de sus injustificables vejámenes, amparados en lo que en otrora fue una rebelión.
Quienes dudamos de los comunicados de las Farc, dudamos con toda la razón, porque así como es prácticamente imposible curar a un mafioso acostumbrado a la adrenalina que produce el dinero fácil, a un violador de niños o a un drogadicto, es muy difícil reincorporar a la vida civil a una gente que lo único que sabe es matar.
No estoy en contra de la paz o de los ideales de la Revolución Francesa, pero soy consciente de que no se puede humanizar lo que de por sí ya es completamente humano. Porque la guerra y las variables que hoy degradan el conflicto en Colombia, indican, por ejemplo, que las bandas criminales representan una amenaza mayor que los mismos farianos.
