La hoguera de las multitudes

25 de agosto del 2011

Fui testigo de los campamentos que los “indignados” instalaron, durante el pasado mes de junio, en la Puerta del Sol (Madrid), en la Plaza Cataluña (Barcelona) y en la Plaza Sintagma (Atenas). Los recorrí, los observé –vi activistas, ociosos, viciosos, vendedores de comidas rápidas, peatones que simpatizaban con la causa, comerciantes que hubiesen querido convertirse […]

Fui testigo de los campamentos que los “indignados” instalaron, durante el pasado mes de junio, en la Puerta del Sol (Madrid), en la Plaza Cataluña (Barcelona) y en la Plaza Sintagma (Atenas). Los recorrí, los observé –vi activistas, ociosos, viciosos, vendedores de comidas rápidas, peatones que simpatizaban con la causa, comerciantes que hubiesen querido convertirse en flautistas de Hamelín, perros callejeros estrenando amos, sofás con cojines haciéndoles juego…–, los olí  –vaya si olían–, escuché sus arengas –enfurecidas, las griegas–, presencié alguno de los conciertos de esos atardeceres largos del verano y tuve que pegar más de una carrera cuando el cerco de la Fuerza Pública se estrechaba. Alcancé a sentir la calma chicha que presagiaba el desalojo bestial protagonizado por los Mossos d´Esquadra catalanes y el choque brutal entre los manifestantes atenienses y la policía. Uy, con sólo recordarlo se me paran los pelos.

Pero, tranquilos, no voy a escribir una crónica personal de viaje. Solo me tomé unas líneas, a manera de tren de aterrizaje, para intentar llegar a destino con pocos brincos. Qué va, de todos modos caí en plancha en la hoguera de las multitudes que está haciendo arder el mundo y que trae a gobiernos, clases dirigentes y fuerzas del orden por la calle de la amargura; a los agitadores profesionales y a los oportunistas políticos, por la de las delicias; a informadores y analistas, por la del desconcierto; y a los verdaderamente indignados, por la del compromiso. De ellos dependerá que la historia se renueve o se repita, una vez baje la humareda. Para que el esfuerzo consciente que muchos hacen –los hay que no tienen ni idea de por qué están indignados y, menos, de cuáles pueden ser las vías para salir de dicha indignación– no quede convertido en una puesta en escena al aire libre. Sería una gran oportunidad perdida no dejar sentado, al menos, un hecho político, pues de idiotas útiles estamos hartos aquí y allá. ¡Quién sabe adónde irán a parar las cenizas, cuando se extinga la candela!

Yo, como sigo a rajatabla el consejo de un tal Descartes: dudar de todo, menos de la duda, dudo de todo, menos de la duda. Por eso no puedo hacer parte de la ola que celebra el que habitantes de diversos países se pongan los tenis y se boten a las aceras a vociferar, a realizar plantones, a marchar –también he marchado varias veces; y sin antifaz–, a acampar. Guardo mis reservas frente a tanta alharaca, a pesar de saber que en la historia las revoluciones han tenido su motor en las masas y a pesar de casos recientes (Egipto, Libia, Siria) en los que los movimientos, a sangre y fuego, empiezan a recoger sus frutos. Puede ser porque todavía no veo tan clara la posible ocurrencia de una sublevación universal, porque si bien brotes de protestas han surgido en simultánea o en cadena en tres continentes, las razones que los motivan son –tienen que ser– diferentes para cada pueblo.

Me pregunto, entonces: ¿Estaremos frente al advenimiento de la era de las masas que vaticinaba el francés Gustave Le Bon (médico, sicólogo y sociólogo) a comienzos del siglo XX? ¿O estaremos, más bien, frente a una de esas oleadas que forman las redes sociales y que, como tsunamis, arrasan por donde pasan, pero pasan y sanseacabó?

Dice Le Bon en su libro Sicología de las masas: “Como consecuencia de la naturaleza puramente destructiva de su poder, las masas actúan como esos microbios que aceleran la destrucción de los cuerpos débiles o muertos. Cuando la estructura de una civilización está podrida, son siempre las masas las que producen su caída. Es en tales encrucijadas que su misión principal se hace claramente visible y es allí en donde, por un tiempo, la filosofía de la cantidad parece ser la única filosofía de la Historia (…). Su gobierno es siempre equivalente a una fase de barbarie. Una civilización implica reglas fijas, disciplina, un pasaje del estadio instintivo al racional, previsión del futuro, un elevado grado de cultura, condiciones todas que las masas, libradas a sí mismas, invariablemente han demostrado ser incapaces de concretar”. El Apocalipsis.

Así que a ser cautelosos obliga la actual era de las multitudes. Y a no mezclarlas en el mismo talego. Lo digo, no por aguafiestas, sino porque todas las agrupaciones, grandes o pequeñas, en las que las identidades particulares se diluyen bajo la superficie del tropel, me espantan y producen desconfianza. Lo digo, mejor dicho, por culpa de Le Bon, fabricante y propietario de esta papa-bomba con la cual termino: “Un individuo en una masa desciende varios peldaños en la escala de la civilización; será un bárbaro; un grano de arena entre otros granos de arena que el viento arremolina a su voluntad”.

Grano de arena, vaya y venga, pero sin ventarrón, con espacio suficiente para no chuzarnos -como en la parábola del puercoespín- y con discernimiento. Siempre.

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