La memoria de la dictadura en Chile

30 de marzo del 2011

¿Por qué recordar las atrocidades? Muchos creen que es mejor olvidar y empezar de nuevo como si nada hubiera sucedido, y esperar que el paso del tiempo lo cure todo. ¿Pero cómo pueden las víctimas olvidar y perdonar si no conocen la verdad de los hechos, ni quién los cometió, ni en qué circunstancias? ¿Y cómo lograr la reconciliación nacional si no hay claridad sobre lo que pasó, ni se ha reconocido ni reparado a las víctimas?

Por ello en más de treinta países se han creado Comisiones de Verdad como organismos de investigación no judiciales, que indagan sobre los abusos denunciados, entre éstos Chile, Paraguay, Timor Oriental, Sri Lanka, Nepal, Indonesia, Corea del Sur, Uganda, Sudáfrica, Sierra Leona, Congo, Nigeria, Marruecos, Liberia, Ghana, Chad, Burundi, Yugoslavia, Uruguay, El Salvador, Perú, Panamá, Haití, Guatemala, Granada, Ecuador, Bolivia, Argentina.

Las Comisiones buscan esclarecer las violaciones de derechos humanos,  localizar personas desaparecidas, investigar crímenes como prisión política y torturas; determinan formas de reparación y, en general, buscan la reconciliación de un país, luego de acontecimientos que han generado profundas grietas internas y grandes sufrimientos.

Muchas veces estas comisiones determinan la construcción de memoriales, tales como monumentos, placas, nombres de calles y de instituciones, que recuerdan a los ausentes y buscan dar visibilidad a lo que permanece oculto, así como impedir que crímenes atroces caigan en el olvido y provocar un repudio generalizado para evitar que vuelvan a ocurrir. También se realizan eventos para recordar a los desaparecidos. Hace unos años, el Movimiento de Mujeres por la Vida instaló el centro de Santiago mil figuras humanas de tamaño natural para recordar a los ausentes.

El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, recientemente inaugurado en Santiago, es en sí mismo un monumento a la memoria que invita a reflexionar sobre los atentados contra la vida y la dignidad de las personas, ocurridos entre el 11 de septiembre de 1973, fecha del golpe militar contra Salvador Allende, y el 10 de marzo de 1990, cuando se restableció la democracia.

La Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación creada en 1990 y luego la Corporación Nacional de Reparación y Reconciliación de 1996 concluyeron  que durante la dictadura se cometieron 3.185 casos de ejecución política y desaparición, y la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura de 2004 determinó que 28.459 personas fueron víctimas de prisión política y tortura; de ellas, 3.621 eran mujeres. Estas Comisiones también identificaron 150 menores de edad ejecutados políticos o asesinados en protestas, 39 detenidos desaparecidos y 1.244 niños presos y torturados.

El resultado no podía ser otro cuando la Junta Militar de Gobierno que se instaló en el poder decretó desde el comienzo el estado de sitio; dentro de la nueva institucionalidad, se aplicó la pena de muerte, se clausuró el Congreso, se prohibieron los partidos políticos, se destruyeron los registros electorales, se realizaron detenciones masivas, se restringieron las libertades democráticas, se censuró la cultura.

La represión sistemática, la persecución, las torturas, el asesinato, provocaron un clima de miedo que obligó a miles de chilenos a asilarse en embajadas y a exiliarse, mientras otros fueron expulsados del país.

En 1977, gracias a la acción de los chilenos en el exilio y de muchas organizaciones no gubernamentales, 96 países miembros de las Naciones Unidas reprobaron las violaciones de los derechos humanos en Chile.

A pesar de la represión, en los años ochentas los trabajadores, profesionales, estudiantes, se organizaron para protestar contra el régimen militar y los partidos de oposición se reagruparon para recuperar la democracia. Hubo manifestaciones masivas contra el gobierno, las cuales empezaron a tener cada vez más eco en los medios de comunicación; surgieron formas de expresión culturales y artísticas alternativas.

La Constitución de 1980 previó la convocatoria de un plebiscito en 1988 en el cual los chilenos decidirían si continuar o no, por ocho años más, bajo el mismo régimen; por fortuna, la labor de los opositores tuvo sus frutos en el NO del 54,71 por ciento de los votantes. Es así como, el 11 de marzo de 1990, asumió como Presidente Patricio Aylwin, miembro de la Concertación, coalición de centro-izquierda que gobernó a Chile durante los siguientes veinte años.

Pues bien, el Museo de la Memoria ilustra sobre estos años convulsos de la historia de Chile; organizado de manera impactante, con ayudas audiovisuales y un gran acervo de documentos públicos y privados, muestra testimonios, historias de opositores a la dictadura, el dolor de los niños involucrados, los retratos de los desaparecidos, los hechos de represión, las protestas y la forma como se recuperó la democracia. El Museo está hecho para recordar y deplorar lo pasado, e impedir que se repita. En él se conservará, para las generaciones futuras, un invaluable material de reflexión.

El caso de Chile es interesante para los colombianos. Es un país donde se expresan opiniones muy divergentes sobre cada período de sus últimos cuarenta años de historia: a favor y en contra de Allende, a favor y en contra de Pinochet, a favor y en contra de los gobiernos de la Concertación, a favor y en contra del actual gobierno de centro-derecha. Hay muchas visiones e interpretaciones. Pero lo especial no es que haya disenso. Lo especial es que haya sido posible superar una historia de violencia, intolerancia y actos atroces, y que se haya llegado a un punto de consenso en que, aunque haya desacuerdos, en esa sociedad ya no hay lugar para tiranías ni para violaciones de los derechos humanos.

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