La paradoja colombiana de la doble moral

9 de marzo del 2011

A María Paula Romero, la controvertida y valiente periodista de la W, le escuché decir que en nuestra querida colombiana teníamos tanta, pero tanta moral, que habíamos logrado tener dos. Horas después, por pura coincidencia, Pirry escribió lo mismo.  Hoy, sin caer en atrevimientos, quiero unirme al coro y refutar tan desafortunada verdad: en esta paradoja […]

A María Paula Romero, la controvertida y valiente periodista de la W, le escuché decir que en nuestra querida colombiana teníamos tanta, pero tanta moral, que habíamos logrado tener dos. Horas después, por pura coincidencia, Pirry escribió lo mismo.  Hoy, sin caer en atrevimientos, quiero unirme al coro y refutar tan desafortunada verdad: en esta paradoja de nación, la doble moral parece haberse insertado en nuestra cultura.

No se trata de armar escándalos. Ni de lloriquear por este trágico hecho. Estas palabras solo buscan invitar a la reflexión criticando la hipocresía con que los colombianos nos hemos acostumbrado a vivir. Hipocresía presente desde el simple hecho de escandalizarnos por la patada a una lechuza, mientras disfrutamos de la fiesta taurina, o sencillamente asumimos con indiferencia la muerte por hambre y violencia de más de 30 mil colombiano cada 365 días.

Sin entrar en detalles tomemos como muestra de tal desfachatez a los supuestos representantes del pueblo: los políticos, sus partidos, el gobierno y los gremios.

Últimamente he visto con pinta de estadista y predicador moral al dirigente de la bandera roja en Colombia. El doctor Pardo con gran elocuencia critica con vehemencia las costumbres del pasado gobierno y plantea soluciones extraordinarias para el país. Lo curioso del tema es que el dirigente liberal pretende corregir los vecinos sin arreglar su casa. No se ha escuchado una sola declaración oficial del Partido sobre las irregularidades de la administración pública en Bucaramanga dirigida hoy por un alcalde avalado por los rojos. Muy fiel don Rafael al viejo refrán de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. El ex candidato presidencial se adueña de la crítica contra el mal gobierno, mientras sus inquilinos, concejales y alcaldes, no parecen ser los mejores defensores de los principios del buen gobierno.

La inconsistencia de Pardo es común en muchos empleados del Capitolio, en huéspedes de palacios departamentales y municipales y aun peor en aspirantes al poder. Es risible como algunos honorables congresistas del oficialismo tratan de demeritar, con burla e ironía, el proyecto verde mientras sus copartidarios duermen en la picota, cabalgan en los carruseles de la contratación y manejan las entidades del estado bajo el criterio arcaico y despreciable de las cuotas políticas. En el mismo sentido es motivo de desilusión la diplomacia babosa de buenos líderes políticos que prefieren “no tocar los callos” de sus copartidarios corruptos, para no generar conflictos. Por la misma línea no deja de ser condenable la debilidad de candidatos que pretenden presentarse como alternativa política coqueteándole a las maquinarias, sin marcar diferencias claras y públicas frente a los malos gobernantes y los políticos poco amigos del bien común.

De la doble moral tampoco se escapa el popular gobierno de los tecnócratas. A la canciller Holguín le admiro su habilidad para recomponer relaciones e incluir al país en el escenario internacional con mucha dignidad, no obstante debo reclamar, con tono de exigencia de cambio, que parezca ahora “la nueva mejor amiga” del clientelismo diplomático.   La señora Canciller, que renunció hace no muchos años a su puesto de embajadora ante la ONU por distanciarse de los lazos entre politiquería y la diplomacia, hoy parece cómplice de la mala costumbre de entregar embajadas a personajes no especializados en el tema. Deja serias dudas el envío de funcionarios con presuntos nexos con la parapolítica y la ilegalidad, amigos de la política tradicional que desplazan a los profesionales del sector.

Los gremios también son invitados al baile de la doble moral. Les ha faltado contundencia a las agremiaciones para corregir y ajuiciar a muchos empresarios contratistas, que como lo denuncio la revista Semana, se han convertido en patrocinadores de la corrupción en el país. Entregando porcentajes a los funcionarios públicos o permaneciendo en la complicidad del silencio para no afectar sus intereses, el poder económico ha sido en ocasiones el gran ausente en la defensa del patrimonio público y la lucha por exigir un gobierno al servicio de todos.

No quiero caer en el pesimismo aburrido y destructor. Invito a una reflexión, a una revolución moral, personal y colectiva, para comprender que las cosas se pueden hacer bien. Que para construir país y lograr nuestras metas no se necesita ser cómplices de lo incorrecto y lo ilegal, al contrario se requiere valor, coraje, perseverancia y decisión, para trabajar con coherencia y rectitud por una Colombia justa, con oportunidades, con políticos al servicio del bien, con futuro promisorio para las futuras generaciones. Miren por la ventana, en este país algo no está funcionando, la doble moral es una mala acompañante.

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