La paz: un tema recurrente y espinoso

Mié, 13/06/2012 - 01:02
En una fabulita decía el poeta cartagenero: “Viva la paz, viva la paz”/Así trinaba alegremente un colibrí/ sentimental, sencillo/ de flor en flor…/ Y el pobre pajarillo/ trinaba tan feliz sob
En una fabulita decía el poeta cartagenero: “Viva la paz, viva la paz”/Así trinaba alegremente un colibrí/ sentimental, sencillo/ de flor en flor…/ Y el pobre pajarillo/ trinaba tan feliz sobre un anillo/ feroz de una culebra mapaná. / Mientras en un papayo/ reía gravemente un guacamayo/ bisojo y medio cínico: /-¡Cuá cuá!”. El ácido humorismo del Tuerto López  pareciera aplicar sus versos al venenoso tiempo de hoy, la era de la incertidumbre y ambigüedad santista, teñida de la concentración del poder en la fronda seudoaristocrática bogotana, el “rolismo” especulador y la superioridad paramuna de las castas derivadas de la antigua colonia española “ñola”. La sociedad humana está siempre plagada de contradicciones e intereses conflictivos. Los grupos o las personas naturales poco son concordantes en sus aspiraciones, pero la experiencia demuestra que también los humanos hemos buscado el método para resolver nuestras diferencias. El mejor es la democracia, aplicable sus elementos constitutivos en el seno de la familia, los partidos y la nación. La democracia es un sucesivo viaje al mejoramiento de la vida en comunidad, que tiende al perfeccionamiento, pero no al mítico perfeccionismo religioso. El diálogo, la toma de decisiones por mayorías, el derecho al disenso, el respeto por las ideas distintas, la defensa del estado justo y de origen constitucional, el monopolio de las armas y de la justicia, la renuncia a la violencia como forma de zanjar la controversia, la legalidad como norma constante, en fin, los atributos de las libertades son las ruedas por donde camina la democracia y  los demócratas. Es cierto, también, que hay ciudadanos que optan por resolver las contradicciones mediante la guerra, la fuerza y la violencia. Cuando una dictadura decreta un gobierno de atraso, de supresión de las libertades y  convertirse en un oscuro tramo de la historia, es posible y dolorosa la rebelión, no habiendo otro  camino. Pero en una democracia, así tenga falencias, es irresponsable, reaccionario y contra natura combatirla. De nuevo aparecen los genuinos defensores de la violencia revolucionaria, dotados de una dialéctica de fuegos pirotécnicos. Y en esta escuela no solo están matriculados los marxistas, los maoístas, sino los teologistas de la liberación, loyolistas ultra cristianos y muchas sectas urbanas deseosas de martirologio. En esas estamos. La paz, en el sentido estricto, es el pacto o acuerdo entre el Estado y los combatientes armados ilegales para cesar la violencia y adaptarse a la ley y al orden republicano. Eso significa que el Estado concede algunos privilegios como actuar en la vida política, subvencionar la tropa desmovilizada y garantizarle la vida y los derechos que no hayan perdido según la ley. La paz que sigue no es la paz, sino la convivencia que nace de la reconciliación y el perdón. La convivencia tiene sus normas que informan y le dan carácter al buen ciudadano. ¿De  que sirve el “marco para la paz”, esa reforma constitucional en boga, si la guerrilla no está interesada en la paz, sino en la guerra? ¿Es una carnada con anzuelo que lanzan los pescadores del santismo utópico para atraer a los farianos y elenos, los guerrillos más curtidos del mundo? Modificar y ahondar las Ley de Justicia y Paz y sus decretos pertinentes hubiera sido más eficaz y menos lacerante. El Ministro del Interior dijo, para estimular el apoyo, que esta nueva reforma sería de aplicación al final del conflicto. Esto ya son palabras mayores, porque ¿cuándo es el final de esta violencia? Llevamos cincuenta años de guerrilla y cincuenta años de aprendizaje de nuestra Fuerza Pública, convertida hoy en la mejor. Por ningún lado las Farc y el ELN han mencionado su determinación de cancelar su fallido propósito de obtener el poder por las armas, de entregarlas y desmovilizar sus estructuras de apoyo narco-financiero, sindicales, comunitarias, partidistas, células clandestinas y comisiones internacionales. A ese paso la llave de la paz que el Presidente Santos dizque tiene en su bolsillo, se le va a oxidar. Y el colibrí, sentimental y sencillo, de la fábula del Tuerto López, seguirá en peligro sobre el anillo de una mapaná, cantando ingenuamente “Viva la paz, viva la paz”.
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