La ruta de la muerte

5 de julio del 2013

El G train, la línea G del sistema de subway de Nueva York, no solo es la más odiada por los usuarios de este servicio. Durante la década de los 80, cuando la ciudad aún no había vivido la mano dura del alcalde Giuliani, el G train era la línea más temida porque pasaba por […]

El G train, la línea G del sistema de subway de Nueva York, no solo es la más odiada por los usuarios de este servicio. Durante la década de los 80, cuando la ciudad aún no había vivido la mano dura del alcalde Giuliani, el G train era la línea más temida porque pasaba por los barrios más miedosos, comúnmente denominados “ghetto”, e infestados de pandilleros. Esta línea, que va desde la estación Church Avenue, en Flatbush, Brooklyn, hasta la estación Court Square, en Long Island City, Queens, es la única (a excepción de las líneas de transbordo) que no llega a Manhattan. Esta quizá es la razón por la cual su servicio es el peor, pues casi no se le hace mantenimiento. Es una línea que la gente tiende a evitar en cuanto sea posible. Sin embargo, hay personas a las que solo les sirve ese tren, ya que después de la medianoche es aún más efectiva que las líneas de buses que cada vez pasan con menos frecuencia, hasta las 4 o 5 de la mañana, cuando todo vuelve a la normalidad.

Durante el primer semestre del año 2005, la gran manzana se estremeció cuando unos trabajadores que arreglaban las vías del subway en la estación de Nostrand Avenue, en Bushwick, Brooklyn, encontraron unas bolsas de reciclaje azules que contenían restos humanos. En una de las bolsas había un brazo y dos piernas, que descubrieron cuando vieron un pie que sobresalía por un hueco de la bolsa. La segunda bolsa tenía herramientas ensangrentadas, aún con sangre fresca. A los pocos días apareció otra bolsa en Greenpoint, Brooklyn, con el bajo torso de un hombre negro de alrededor de 18 años de edad. Estudios realizados a los restos humanos determinaron que se trataba del cuerpo de Rashawn Brazell, un joven de 19 años desaparecido de la casa de su madre en Brooklyn pocos días atrás. Ocho años más tarde, el caso aún no se ha resuelto.

El inicio del año es la época más fría en Nueva York. Oscurece casi a las 6 de la tarde, convirtiendo así a las noches más largas que los días. Mi amigo Greg tenía un amigo que estudiaba artes plásticas en la universidad de Pratt, en su sede de Brooklyn. Este amigo compartía su apartamento con otra joven de poco más de 20 años que estudiaba diseño gráfico. Una noche a principios de febrero, cuando las autoridades aún investigaban los restos humanos encontrados en los rieles del subway en Brooklyn, la joven salió de clase pasadas las 12 de la noche. Iba envuelta en varias capas de ropa que de no evitaban que sintiera el frío en los huesos.

Estaba nevando y en la calle no se oía nada. El silencio típico de una tormenta de nieve. Caminó sin prisa para no resbalarse y llegó a la estación del subway de Clinton–Washington Avenues, a tomar el G train que la llevaría a su apartamento, muy cerca a la estación 15th Street–Prospect Park, a solo 8 paradas de la estación de Pratt, hacia el sur. Esperó el tren durante casi 45 minutos.  Cuando este llegó, se sentó en un vagón que quedaba en todo el centro del tren. A esa hora solo había otras tres personas, dos morenos muy acuerpados con lentes de sol sentados a ambos lados de una joven blanca, flaca, de pelo rubio largo que también llevaba lentes de sol y un sombrero muy grande que casi le cubría la cara. La mujer era más baja que ambos hombres y sus pies se movían pocos centímetros por encima del piso del tren.

Como es costumbre y casi una regla en la gran manzana, una vez que los vio cuando ingresó al vagón, no volvió a mirarlos. Se dice que uno no debe hacer contacto visual con extraños, por no saber con qué clase de loco se pueda topar. La joven se puso los audífonos y se acomodó en su puesto, en la mitad del vagón, con los otros tres pasajeros hacia su derecha, en la otra punta del vagón. En la siguiente estación, Fulton Street, se subió un joven que se sentó en la otra punta del vagón, opuesto a los morenos y la rubia. Enseguida la joven se dio cuenta que el hombre la estaba mirando. Entonces le prestó atención a su cara y pensó que no estaba mal. Él la siguió mirando y con el paso de las estaciones comenzó a moverse, cambiando de puesto mientras se acercaba a ella.

La joven pensó que quizá estaba interesado en ella. No veía otra explicación a que siguiera mirándola tanto y acercándose cada vez más. A la mitad del recorrido el joven se sentó en un puesto frente al de ella, y siguió mirándola cada vez con mayor atención, con los ojos muy abiertos. La joven pensó que era poco disimulado, y esperó a que le hablara. Cuando el tren se detuvo en la estación Smith Street, el joven se sentó a su lado sin dejar de mirarla. Por el rabillo del ojo ella se dio cuenta de que tenía los ojos muy abiertos, lo que le produjo cierta desconfianza. Entonces él puso su mano sobre su brazo, y luego la apretó con fuerza.

–Te vas a bajar conmigo en la siguiente parada. –Le dijo él sin dejar de apretarle el brazo, con los ojos muy abiertos y un semblante muy serio.

–Suéltame. –Le dijo ella en voz baja, usando el mismo tono de voz que él había usado. Estaba casi paralizada del miedo y no fue capaz de gritar.

El joven le apretó el brazo con más fuerza aún e insistió:

–Nos vamos a bajar en la siguiente parada.

El tren se detuvo en la estación 4th Avenue–9th Street y el joven se puso de pie jalándola del brazo, casi arrastrándola. Ella estaba petrificada y salió del tren casi sin oponer resistencia. Las puertas se cerraron y el tren salió de la estación. Entonces el joven le dijo:

–No tengas miedo. Por favor no tengas miedo. No te voy a hacer nada, te lo juro. No te voy a hacer daño. Mira, soy estudiante de medicina de la Universidad de Columbia. –Dijo mientras sacaba su billetera del bolsillo trasero de sus pantalones. Entonces sacó el carnet de la universidad y se lo mostró. –Tranquila, por favor. Te saqué de ese tren porque soy estudiante de medicina y sé diferenciar un cuerpo vivo de un cadáver.

–¿Cómo? –Dijo ella aún paralizada del miedo y sin entender nada. –¿De qué hablas, por Dios?

–La mujer que iba sentada entre esos dos hombres estaba muerta.

@Virginia_Mayer

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