La susceptibilidad de los verdugos

Sáb, 10/03/2018 - 20:45
Ah, que los vuelve sensibles, que los vuelve exigentes, que los vuelve delicados la libertad de la democracia; su falta de práctica los sobreactúa, les arranca los recuerdos y les instala amnesias v
Ah, que los vuelve sensibles, que los vuelve exigentes, que los vuelve delicados la libertad de la democracia; su falta de práctica los sobreactúa, les arranca los recuerdos y les instala amnesias voluntarias y selectivas. Cuántas atrocidades produjeron sus propias manos o emanadas de sus órdenes intentando por la fuerza instaurar sistemas políticos necios, incoherentes, brutales, despóticos y falazmente igualitarios; en nombre de un supuesto bien que sólo engendró desolación, sangre y llanto a torrentes, y que se tradujo en mal porque de bien no se vislumbró ni su sombra, dado que esta avergonzada se esfumó para no ser cómplice de la tragedia que no tiene nombre, de la que abochornaría aún al más infame, de la que a cambio de explicaciones sólo se consiguen silencios e inacciones que tocó, a falta de razón, imponer con leyes amañadas. La lista de estas barbaridades sobrepasa cualquier catálogo de la ignominia, baste citar algo poco, la punta del iceberg: narcotráfico, extorsión, abortos obligados, usurpación de la propiedad privada, reclutamiento de menores para matar, obligación de poblaciones a hacer la guerra, violaciones, estragos ecológicos, esclavitud de sus tropas y de sus “prisioneros de guerra”, pero sobre todo muertes por miles de miles. Que dizque se necesitaba para lograr lo que lograron. ¿Qué lograron? ¿La mortandad y el caos? Y ahora que una delirante benevolencia les permite apartarse de sus muchos yerros y dejarles libre la plaza pública para escupir sus insensateces y prometer imposibles, esparcir populismos sin fundamento económico, resulta que se tornan delicados y ariscos con un pueblo a quien a pesar de las leyes impuestas no le han podido hacer olvidar las desgracias causadas; unas leyes que pueden gobernar los cuerpos, pero que no pueden adentrarse quirúrgicamente en las neuronas para eliminarles razón, recuerdo e ideal de justicia. Y para aumentar el descalabro y acentuar su cinismo se vuelven ahora melindrosos, exquisitos, susceptibles. Sutilezas estas de las que prescindieron mientras asesinaban, torturaban, robaban y destruían un país que mal que bien anhelaba y soñaba con progresos. Y entonces en el ruedo político que improcedentemente les confirieron se escandalizan, juegan a las doncellas asustadizas cuando un proyectil, no de plomo como los que por toneladas tiraron sobre la población, sino en forma de huevo o de piedra les despachan. Insoportable atentado berrean, al tiempo que amenazan con quejarse a las más altas instancias nacionales e internacionales. Tradujeron en sus mensajes populistas este anodino incidente en un atropello a la democracia, a la libertad de expresión: esas mismas que irrespetaron y que nunca fueron ni de sus afectos, ni menos de sus creencias. Arropados ahora con hábitos pseudodemocráticos, en los cuales no creen, intentan hacer creer al mundo que son víctimas, olvidando las muchas reales que dejaron abatidas, sin vida, sin esperanza, sin recursos y, peor, sin ninguna ilusión. ¿Habrán olvidado como atacaron en contubernio con los carteles de la droga, un Palacio de Justicia causando con ello muertes a granel? ¿Habrán olvidado, y valga otro ejemplo de entre los miles de su monstruoso prontuario, cuando sin delicadeza alguna hicieron explotar bombonas de gas en la iglesia de Bojayá en cuyos muros y dioses buscó amparo una multitud que fue incinerada viva? Y que ahora, sin embargo, la sociedad indulgente les paga curándoles el corazón insensible en sofisticadas clínicas para salvarles sus indolentes vidas. En la Francia democrática llovieron recientemente huevos sobre algunos de sus candidatos a la alta magistratura, y estos digna y valerosamente se limpiaron el rostro de ese improvisado omelette, añadieron sonrisas y explicaron que esto hacía parte del juego electoral, sin jugar a las “vierges effarouchées” (vírgenes despavoridas), ni menos vociferar que se trataba de un atentado contra sus venerables vidas; sin duda porque ellos no tienen las manos ensangrentadas y no tienen por reflejo condicionado lo que nuestros personajillos exponen como hechos atentatorios, como esos que ellos sí perpetraron en el pasado reciente, ante la impotencia y vejamen de sus víctimas. Una sensiblería simulada, malintencionada y de la que carecen, pero esgrimida altisonantemente para entorpecer el debate político o evitarlo, lanzándonos en polémicas de banal interés, pero que les permite alejarse de las verdaderas preguntas que el elector se hace sobre sus verdaderas intenciones, sobre lo que pretenden si por desventura llegasen al poder. Preguntas elementales, no obstante fundamentales, a las que no logran contestar sino con engañifas; interrogantes sobre el calco de los arcaicos modelos que predican y que han llevado a la ruina social, política y económica a todos quienes han caído en tal insensatez. Ninguna respuesta aceptable, en su lugar resuena a modo de ingenuo paliativo el ficticio atentado que afirman sufrieron. A estos delicados de ocasión y oportunidad más les vale entrar en los detalles de sus intenciones, vidas, propósitos y fuentes de financiación de las costosas peroratas que explayan con desfachatez y petulancia en las plazas públicas y que ahora aderezan con acusaciones de agredidos, mientras visten lujosas prendas que se les mancillan no sólo con sus propias palabras, sino con los reclamos del pueblo o los inofensivos proyectiles que estos magnifican para mejor soporte de sus insulsas arengas.
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