Las mesas de trabajo (2)

7 de abril del 2011

Hace dos semanas, a esta hora y en este mismo espacio, hablaba, hablé, del tic aquel de llamar Mesa de Trabajo a los equipos de periodistas de la radio y empecé a decir lo que opino de ellas, lo que oigo en ellas, incluidas las cojeras de la de Francisco Santos en RCN, cuyas virtudes periodísticas basadas más en el entusiasmo que en la perseverancia siguen sin dar resultados en la radiodifusión.

Con Santos RCN se jugó a fondo. Vendió una radio no en evolución sino evolucionada; le endosó nada menos que la responsabilidad de, aunque fuera, mantener los niveles de audiencia de Juan Gossaín y le abrió para ello el campo a través de una nutrida avanzada que había migrado de Caracol al mando de Yolanda Ruíz y le rodeó de un grupo exótico del cual formaron parte, entre otros, la muy vehemente Alicia Eugenia Silva y el muy sorprendente Mauricio Reina, quien se aburrió muy temprano.

A su inexperiencia en el medio y al compromiso de suceder a Gossaín, Santos tuvo que sumarle el derrumbe de la imagen del gobierno anterior que lo cogió a él al aire. Y Pacho, tan Pacho como siempre, asumió funciones de vicepresidente en retroactividad y ahí lo oímos gastando prestigio y girando sobre la exigua credibilidad que le iba quedando.

RCN, sin embargo, algún provecho ha sacado de esa evolución. Logró hacer un sólido equipo vespertino con Claudia Morales, Rodrigo Pardo, María Elvira Samper y Silverio Gómez, que echa mano de una agenda propia  –y muchas veces tan alternativa que alcanza a ser subterránea–, para tratar de morder audiencia al final de La Luciérnaga y a Hora 20, sus rivales de audiencias imperturbables  del otro lado del dial.

La Luciérnaga, que millones juzgan como el mejor invento radial de toda la vida, ha conseguido sostener un interés a través de un formato básico que ha ido enriqueciendo con una creatividad actualizada, y ha exhibido una impavidez sin declives para afrontar las competencias que le han montado. Las ha ganado todas y más porque no sólo ha mantenido el reinado de la audiencia sino que la ha aumentado. Y aparte de eso ha obtenido un beneficio que en las Juntas Directivas se celebra con una sonrisa teñida de ironía: la que produce hacerle gastar plata y tiempo a la competencia. Eso ha hecho La Luciérnaga, especialmente cuando se abrió la disidencia de Guillermo Díaz Salamanca a RCN y gastaron millonadas en cheques y en expectativas.

En Hora 20, Néstor Morales ha consolidado varios de sus prestigios. Uno de ellos el de ser uno de los periodistas más rigurosos del país. Esa atadura a la perfección le ha merecido, por un lado, credibilidad ante la audiencia, y fama de gruñón ante el gremio. Su reto actual es mantener los niveles no sólo de sintonía sino de influencia cuando de su “Mesa de Trabajo” ha desaparecido un miembro clave, invisible pero omnipresente: Álvaro Uribe Vélez, cuya sola mención  exacerbaba ánimos y hacía hervir la sangre del panel.

A la mesa de Julio Sánchez Cristo acude la paradoja de ser la más inmodificable (en leguaje, en temática), pero la más creativa (en expansión de formatos y alcance). Puede arder, como arde, el rancho colombiano, y WRadio por momentos parece una emisora de Montecarlo. Se desangra el Casanare mientras se le es fiel a la larga conversación sobre el asombroso hotel que acaban de inaugurar en Marrakech. Y que las Bacrim sigan asolando a Córdoba mientras se le da paso a la infaltable clase de inglés de las ocho y media de la mañana.

Para atenuar ese estilo de vida, se acude a los mordiscos de Félix de Bedout que, como los Pitbull, aprieta más la mandíbula en la medida en que el personaje más se resiste. Lo secunda ahora Camila Zuluaga, con investigaciones valiosas aunque a veces de intereses muy reducidos; y siempre Alberto Casas quien legitima certezas o amplía dudas en contextos largos y suficientes como las ponencias.  En el grupo ha engranado bien (muy) Yamid Palacio, sobrio pero incisivo, y la ambición exitosa de Sánchez Cristo se advierte en el poderoso espacio de las tres a las cinco de la mañana cuando el mundo entra a WRadio y WRadio al mundo.

Las otras redacciones radiales, que las hay, tendrán sus méritos, claro que sí, y sus dificultades, desde luego que también. Pero de ellas se poco. De estas y de las que comenté en mi anterior columna, he sido habitual oyente  aunque, para ser franco, ahora menos, mucho menos tal vez, porque estoy acostumbrando los oídos a otros sonidos. Y el corazón a otros pálpitos.

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