Las (y los) pendientes de la paz

Vie, 24/06/2016 - 02:54
Muchos hemos tratado de no dejarnos envolver por los acontecimientos, las noticias y los comentarios sobre el llamado proceso de paz, pero a la larga y en la medida en que se acerca el fin de la negoc
Muchos hemos tratado de no dejarnos envolver por los acontecimientos, las noticias y los comentarios sobre el llamado proceso de paz, pero a la larga y en la medida en que se acerca el fin de la negociación, resulta casi imposible mantenerse indiferente, ausente, alejado y no tomar alguna posición. Desde hace más de cinco años la opinión ha sido bombardeada cada día con legislación, comunicados, noticias, libros, ensayos, entrevistas y artículos de prensa en defensa o atacando el proceso, y el presidente Santos no habla de otra cosa. Hemos llegado al punto en que casi toda la política pública gira en torno a los “acuerdos de la Habana” como si nada más ocurriera en la vida nacional o solo los diálogos tuvieran importancia. Lo anterior no significa que un acuerdo entre el Estado colombiano y las FARC carezca de importancia, que la tiene y mucha, pero la vida y actividad de un país abarca otras esferas que no pueden pasar a segundo plano. Un conflicto de más de medio siglo que ha dejado devastación en muchas regiones, muertes y víctimas en todo el territorio y que evolucionó desde la insurgencia política a varias formas de criminalidad no es tema secundario, pero no es el único. Por ello cada ciudadano debe reflexionar en algún momento sobre lo que se está jugando, y eventualmente, sobre su decisión de abstenerse o de votar en uno u otro sentido el posible plebiscito, referéndum o consulta popular. Muchas personas están pensando equivocadamente que los acuerdos son un proceso ajeno, acordado lejanamente entre las partes y que solo involucra a estas y no a cada ciudadano, por las consecuencias de todo tipo en el cuerpo social y por lo que concierne a cada uno. No es cierto que el asunto haya polarizado completamente a la opinión y que existen solo dos bandos irreconciliables: los que apoyan el proceso y los que lo repudian. Hay un tercer sector que mira las cosas con cierta distancia, con escepticismo y prudencia si se quiere y con expectativa, admitiendo las posibles bondades pero también los riesgos y peligros derivados de lo que se acuerde. Se puede admitir que tanto Santos como Uribe tienen argumentos importantes, lo cual no quiere decir que se deba tomar partido por uno de ellos o que se busque un atajo intermedio, porque no existe. O se negocia o se continúa en el conflicto. Quienes tenemos una visión ecléctica estamos examinando la problemática considerando las llamadas causas objetivas y subjetivas distales y proximales del conflicto, como alguna vez se dijo, o en otras palabras, observando el sustrato existente debajo de los hechos aparentes, ya que existen elementos subyacentes que posiblemente perdurarán más allá de cualquier acuerdo. En Colombia hemos desarrollado una cultura de conflicto, de desconocimiento de la legalidad, de la desconfianza en los demás, de resolución de las diferencias por vía de la justicia propia, de favorecimiento del interés privado ignorando lo común y de aprovechamiento de los vacíos de autoridad, todo lo cual constituye un campo propicio al florecimiento de nuevas formas de violencia. Mientras no se corrijan de raíz esas fallas estructurales cualquier negociación con los insurgentes serán de utilidad temporal y parcial. Es indeseable que la firma de un entendimiento con dejación de las armas se convierta en un distractor y que en la celebración olvidemos que las raíces del conflicto continúan intactas dentro del cuerpo de la nación. El verdadero proceso de paz es el que adelantemos al interior de la sociedad y en cada uno de nosotros, no solo en términos de violencia y conflicto sino considerando elementos como la justicia, la equidad, el respeto por el orden jurídico, la colectivización de los objetivos comunitarios, el aporte a lo común y el interés por el desarrollo y el progreso. La palabra pendiente utilizada para titular este escrito, tiene varias acepciones en nuestra lengua española. Puede significar que falta algo para completar el todo, es decir que existen tareas por cumplir; también se refiere a un plano inclinado donde el ascenso es difícil. (Un camino muy inclinado, una pendiente muy fuerte). La verdadera paz es un camino muy largo, lleno de obstáculos y de nuevas pendientes y debemos prepararnos para el ascenso. Cuando el montañista cree haber conquistado la cima se encuentra con una nueva montaña mucho más alta que la anterior y a veces debe comenzar a escalar de nuevo. Recuperar el estado de paz, es decir un clima permanente de estabilidad, tranquilidad y armonía, implica coronar varias cimas, alcanzar lo alto de varias montañas hasta llegar a la más alta, la final. En un conflicto armado como el nuestro las pendientes son varias: lo primero es poder iniciar unas conversaciones, luego establecer reglas y un procedimiento para negociar, sigue el acuerdo y su cumplimiento, llamado período de posconflicto, y finalmente se puede o no llegar a ese estado permanente y consolidado donde la paz predomina y es difícilmente alterada. Sin embargo, un acuerdo puede limitarse únicamente a un cese de hostilidades, o al fin al conflicto entre las partes que lo suscriben y no a la base firme para dar por terminados o superados otros conflictos subyacentes. Mirando los últimos treinta años podemos afirmar que con ciertas dificultades los representantes del Estado y los insurgentes, en este caso las FARC, han estado dispuestos a iniciar diálogos o conversaciones apuntando a buscar y lograr procedimientos y reglas para iniciar una posible negociación. Es justo reconocer que pocas veces se ha avanzado tanto hasta esta cima intermedia como durante este gobierno. Inclusive antes de iniciar las conversaciones de la Habana se logró establecer una “hoja de ruta” que en general ha funcionado. Las conversaciones iniciales y luego los diálogos formales duraron más de cuatro años y por fin de se ha llegado a un acuerdo sobre el fin del conflicto, la dejación de armas y el cese del fuego bilateral. Una vez situados dentro de un proceso de diálogo y definidos los puntos de negociación que están conduciendo a un entendimiento, se comienza un nuevo ascenso, más pendiente que los anteriores y consiste en negociar alrededor de diferencias para llegar al acuerdo definitivo firmado por las partes. En el caso colombiano, el acuerdo se viene adelantando en cinco o más frentes: el tema agrario; el narcotráfico; confesar la verdad sobre los delitos cometidos, reparación a las víctimas y expresar perdón ante ellas; el sometimiento a un tipo de justicia especial y transicional; participación de los insurgentes en la vida política y la dejación de las armas y fin de hostilidades. La siguiente pendiente se llama posconflicto, concepto ambiguo pues puede referirse a los mecanismos que implementarán o desarrollarán los acuerdos una vez suscritos o a un proyecto colectivo de largo plazo. Esta etapa, posterior al acuerdo, puede llegar a ser accidentada por los posibles incumplimientos tanto de parte de la guerrilla como de los gobiernos, o porque surjan fuerzas enemigas que desde fuera combatan contra lo acordado, como ya sucedió durante el proceso de Betancur y podría repetirse tal como lo han temido los cabecillas de la guerrilla. ¿Cómo cuidar a los desmovilizados para evitar lo sucedido con la Unión Patriótica? El posconflicto inmediato es toda una tarea que debe cubrir varios campos: el cuidado de las zonas de reclusión especiales, la reinserción a la vida civil normal y a la actividad económica de los exguerrilleros y la garantía de que podrán adelantar actividades políticas legales con miras a la búsqueda del poder, por un lado, y la reparación a las víctimas y su retorno a la actividad anterior por otro, fuera de una serie de cambios en las regiones sonde ha operado la guerrilla como es la sustitución de la economía cocalera por otros tipos de producción agropecuaria y la eliminación de la actividad ilícita de los narcotraficantes. No en vano se ha designado al doctor Rafael Pardo como superministro para el posconflicto y éste ya tiene una propuesta completa que cubre a 100 municipios, con una “estrategia de respuesta rápida” que se concreta en 26 proyectos y unas 300 tareas en las áreas de atención socio-económica, gobernabilidad, justicia transicional y seguridad, con actividades de construcción de vías, desminado inicial de 20 municipios y en una segunda etapa de otros 200, reparación colectiva en 30 lugares e indemnización a 30.000 víctimas. Todo eso entendible, y ¿qué sucedería si el próximo mandatario tiene ideas diferentes sobre el postconflicto? Ojalá el superministerio para el posconflicto adelante una tarea concreta y no se convierta más adelante en fortín electoral. Adicionalmente, para el plazo medio se ha anunciado un documento CONPES materializado en contratos- paz que implica cambios institucionales como la creación de la Agencia de Renovación del Territorio, la Comisión para la Paz Territorial y el Fondo Colombia en Paz. La última pendiente es la más larga y difícil, algo así como conquistar el Everest al alcanzar un estado permanente y consolidado de paz edificado sobre los cimientos de una sociedad justa, tranquila, reconciliada, respetuosa de la ley, solidaria, equitativa, progresista, trabajadora, con valores cívicos arraigados y con el objetivo común de construir una gran nación. Esa pendiente será alcanzada en varias generaciones si comenzamos a trabajar desde ahora, intensamente y con seriedad, dentro de unas reglas que procuren el orden, la libertad y el progreso social. ¿Será que la sociedad colombiana es capaz de alcanzar todas las pendientes?
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