La perspectiva cierta del fin del conflicto armado con las FARC-EP mediante un acuerdo de paz, debe llevar a este grupo alzado en armas contra el Estado a su transformación en una agrupación legal que dispute su participación política mediante la lucha electoral, y a la institucionalidad nacional, al desarrollo de una estrategia de presencia en todo el territorio que elimine la posibilidad de una reedición de las causas estructurales que iniciaron la conflagración armada. La paz es un proceso largo y complejo que exigirá de la sociedad colombiana un esfuerzo titánico pero cuyos dividendos a largo plazo construirán el horizonte de desarrollo social, político y económico que lo colombianos no hemos podido disfrutar por la persistencia del conflicto armado. La paz es costosa, pero es un imperativo ético luchar por su realización.
Los costos de la paz deben ser objeto de reflexión por la sociedad en conjunto, pero no desde la visión simplista de la aritmética que nos pone en la perspectiva del tendero, de la contabilidad, del debe y el haber. La paz cuesta porque implica que debemos abandonar los lugares comunes que la guerra nos había construido para atrincherarnos en la indiferencia frente a las problemáticas sociales. Con la persistencia del conflicto armado los colombianos nos acostumbramos a ver en la movilización y la protesta ciudadana una expresión disruptiva del orden social, un caldo de cultivo para la violencia de supuestos infiltrados. La paz nos constará porque la guerra nos permitió ver el campo colombiano, la Colombia profunda teatro de la guerra interna, como un lugar alejado y primitivo habitado por seres extraños, diferentes de nuestra condición de citadinos.
El campo se simplificó al extremo de reducirse a la periferia de las grandes ciudades y verse como un espacio bucólico de descanso y recreo, pero no como el espacio de la pobreza, la violencia y el abandono del Estado. La guerra fue también el parapeto para la ineficiencia del Estado en muchas de las tareas que debía emprender con prioridad. Estar en guerra nos permitió priorizar inversiones en aspectos tan alejados de las necesidades de la población que algunos llegaron a suponer que la seguridad de los colombianos se resolvía con un gasto militar desproporcionado. Tal vez sea el tiempo privarnos de los beneficios de la guerra y debamos encaminarnos a asumir los costos de la paz.
El primer costo que debemos asumir se expresa en la necesidad de reformular la intervención publica en los territorios. Las acciones de los diferentes niveles de gobierno no deben darse como una acción inercial, desconectada y voluntariosa de los mandatarios de turno sino como una acción estructural, concertada y en línea con las demandas de las poblaciones. Para ello el Estado nacional ha venido avanzando con el desarrollo de los Contratos Plan, que en el marco de la acción institucional para garantizar la paz y el posconflicto en las regiones, se encaminan a convertirse en Contratos Paz. Los Contratos
Paz nos van a costar mucho en los esfuerzos que el Estado tendrá que hacer para ser más eficiente, para atender de manera cierta las necesidades de las poblaciones, de manejar con mayor racionalidad los recursos y de coordinar las acciones de toda la institucionalidad pública. Los colombianos estamos dispuestos a asumir esos costos, a meternos en la difícil tarea de cambiar el lugar cómodo que nos construyó la guerra. A los que llaman a continuar la guerra y a cosechar sus beneficios, tal vez haya que citarles ese viejo aforismo: Dulce bellum inexpertis - Dulce es la guerra para quienes no la han vivido.
Santos Alonso Beltrán Beltrán
Gerente Nacional Contrato Plan
Los costos de la paz y los beneficios de la guerra
Dom, 26/06/2016 - 06:33
La perspectiva cierta del fin del conflicto armado con las FARC-EP mediante un acuerdo de paz, debe llevar a este grupo alzado en armas contra el Estado a su transformación en una agrupación legal q
