Los niños de Tame

22 de diciembre del 2010

La mayor infamia del año que termina corrió por cuenta de representantes de la Fuerza Pública, al haber violado a una niña a quien posteriormente asesinaron al igual que a sus hermanitos quienes fueron testigos del atroz abuso sexual y posiblemente trataron de defenderla.

Si hacer daño a un niño en cualquier forma es inadmisible, lo es peor aún cuando el autor es un servidor público cuya función es brindarnos protección, y en especial a los menores de edad.

En mis recuerdos de niña se encuentran mi primer viaje a Bogotá a los 7 años, cuando una de las cosas que me llamó la atención fueron los parques con columpios y que en cada parque había un policía que cuidaba a los niños y estaba atento para evitar que se cayeran o se hicieran daño.

Al cabo de los años, siendo una joven adolescente, algún día en Londres, en una tarde lluviosa de otoño, buscaba en un barrio apartado una dirección, y fue tanta la desolación y el sentimiento de orfandad que me produjo el caminar y caminar sin resultados, atravesada por un viento frío, que me senté en un andén y me puse a llorar.

De pronto una voz ronca me sacó de mi estado de melancolía al preguntarme por qué lloraba y si podía ayudarme. Miré hacia arriba y vi a un policía de dos metros quien con cara amable me ofreció colaboración y compañía hasta encontrar la dirección.

A raíz de lo sucedido en Tame rememoré estos relatos de mi propia experiencia, que ilustran el sentimiento de confianza hacia esas personas que representan la autoridad y que cubren con un manto de seguridad a los menores de edad, sentimiento que siempre deben guardar todas las personas y de manera especial los niños, hacia los uniformados, cuya única razón de ser es la seguridad de la gente y de manera especial de quienes por su edad requieren el apoyo de toda la sociedad.

Por ello los colombianos no podemos echar en saco roto y pasar la página de horrores como éste que suceden en Colombia cada día, sin advertir que cuando los hechos y las noticias de violencia se atropellan unos a otros, sin darnos tiempo de reflexionar, ni de indignarnos y exigir responsabilidades, estos hechos nunca cesan, sino que se multiplican y anestesian nuestra capacidad de reacción.

Hoy los niños y las niñas de Tame han perdido la confianza, hasta el punto que temen desplazarse para ir al colegio. Ellos y sus padres tienen miedo nada menos que de los miembros de la Fuerza Pública. Porque hubo una falla imperdonable por la persona o personas cuya misión es protegerlos.

Menos mal en este caso los superiores han reaccionado, destituyeron al presunto culpable y han declarado su voluntad de apoyar las investigaciones hasta sus últimas consecuencias; también le han expresado a la comunidad de Tame su condena a hechos tan lamentables. Al igual son reconfortantes los avances de la Fiscalía en la investigación.

Esperemos los resultados de la administración de justicia, pero no volteemos la página mientras no los obtengamos. Entre tanto, en Tame, y en el resto del territorio colombiano, no va a ser fácil recobrar la confianza en la Fuerza Pública, por lo cual es tarea de sus miembros  demostrar que son capaces de brindar a la ciudadanía, y en especial a las poblaciones vulnerables, el amparo que de ellos se espera.

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